Presentismo

Octubre 20, 2022 - 11:40 p. m. 2022-10-20 Por: Alberto Castro Zawadsky

Consiste en la práctica de analizar la historia con criterios morales del presente. Y como es obvio todos nuestros antepasados resultan ser unos bárbaros, asesinos, clasistas, racistas, misóginos, esclavistas, para no mencionar antropófagos y genocidas si incluimos la ascendencia local. Pocos humanos del pasado, clasifican como buena gente.

Por más pose de sabiduría histórica con que se hacen pronunciamientos que juzgan comportamientos de otros siglos, la práctica adolece de una sandez inmarcesible.

La cultura, los valores, la estructura de poder, las relaciones, las creencias religiosas, cambian sustancialmente en décadas, y no se diga en siglos.

Si hace 300 años alguien tenía el atrevimiento de salir del clóset y declarar su ateísmo, arriesgaba arder en una hoguera, ante un público emocionado, alabando la justicia divina.

Si a un rey se le ocurría que tenía que correr las fronteras para crear un imperio, y lo lograba, matando millares, generando destrucción y sufrimiento inenarrables, se le hacía un enorme mausoleo siendo admirado por muchas generaciones.

Si un Tlatoani, resolvía que para aplacar a los dioses había que machacarle la cabeza a un niño, los asistentes a tan macabra ceremonia se estremecían deseándose los mejores augurios.

Y así se puede recorrer una gran cantidad de personajes y eventos de la historia, que vistos con el criterio moral de la actualidad, resultan censurables o inaceptables.

Por eso es tan evidente la ignorancia y superficialidad de quienes andan tumbando estatuas.

A Sebastián le hicieron una estatua en 1937 para conmemorar los 400 años de la fundación de la ciudad. No se le hizo un monumento a la crueldad que pudo haber ejercido contra los nativos que encontró en esa época.

Sabiendo que algunas tribus eran violentas y antropófagas, es de suponer que en algunas comunidades no fue bienvenido, e hizo lo que en esa época se consideraba apropiado: usar la superioridad tecnológica para imponerse.

Si aún ahora no se respetan en las guerras las más elementales reglas de confrontación, es de suponer que hace 500 años la decencia y delicadeza no eran virtudes muy diseminadas cuando se trataba de conflictos con desconocidos.

Hace 90 años, cuando encargaron la estatua en bronce a un escultor español y la trajeron con gran dificultad a lomo de mula, no se usaba el lenguaje incluyente, ni eran reconocidos los derechos humanos, ni se le daba importancia al respeto de las minorías.

Se les ocurrió hacerle un homenaje al fundador de la ciudad, que terminó convertido en ícono y atractivo turístico. Lo razonable es reconocer ese proceso como apropiado para el momento en que ocurrió.

Es ridículo usar criterios o valores actuales para juzgar al adelantado por los atropellos que cometió, o a los ediles y alcaldes que lo inmortalizaron al crear un símbolo para la ciudad.

Para estudiar y entender la historia, es necesario regresar al contexto y la época.

Las estatuas, además del ornato, nos recuerdan hacer la comparación con el presente, para realizar lo mucho que ha progresado la humanidad, y para darse cuenta que afortunadamente, los avances en civilización, nos permiten mirar el pasado como es, sin necesidad de ‘presentearlo’.

VER COMENTARIOS