Mi cuerpo, mi libertad

Septiembre 09, 2021 - 11:40 p. m. 2021-09-09 Por: Alberto Castro Zawadsky

“El estado no tiene porqué imponer restricciones que limiten mi libertad en el manejo de mi cuerpo.

Quiero circular libremente por donde quiera, a la velocidad que quiera. No me tienen por qué restringir la libertad, con límites de velocidad, obligarme a usar cinturón o limitarme con semáforos que me obligan a parar donde no quiero.

Quiero tener la libertad de tomar todo el alcohol que quiera, donde quiera y no me tienen porque poner horarios, ni sitios prohibidos o exigir conductas decorosas. Es mi cuerpo el que se emborracha.

Quiero fumar todo lo que quiera, de la hoja que yo quiera, en el sitio y cantidades que quiera. No me tienen por qué impedir ni limitar la cantidad o los espacios. Es mi cuerpo el que inhala el humo y eso es asunto mío.

Quiero oír música al volumen que quiera, a la hora que quiera y de la calidad que quiera. Son mis oídos y nadie tiene porqué restringir mi libertad de distraerme como me parezca.

Tengo derecho a celebrar haciendo disparos al aire o al horizonte, sin pensar a dónde o a quién le van a caer esas balas. Es mi cuerpo el que dispara y mi libertad para expresarme no tiene por qué restringirse”.

Podría seguir con una larga lista de libertades que no tenemos y las concesiones que todos hacemos para vivir en sociedad. Una de las más elementales se basa en el respeto a la vida de los demás. No tengo derecho a tomar u omitir acciones que pongan en peligro la vida de otros.

No tengo derecho a inventar o seguir una ficción, para sustentar esa particular forma de defender la libertad. Mis derechos terminan donde empiezan los de los demás.

Mi libre cuerpito puede fácilmente convertirse en un caldo de cultivo de los más variados microbios: virus, bacterias, hongos, parásitos, transmisibles a muchos en variadísimas formas.

Las pestes que diezmaban a la ignorante humanidad, se controlaron cuando los científicos entendieron los mecanismos de diseminación de la extensa fauna microbiana. Las medidas sanitarias (agua potable y alcantarillado) fueron las más elementales y efectivas. Junto con las vacunas, un poco más difíciles de entender, han sido las contribuciones más efectivas al bienestar y longevidad de los humanos.

Solo en esta pandemia se estima que han salvado cinco millones de vidas. La negativa a vacunarse ha frenado el ritmo de prevención en los países que más estaban avanzando. Inglaterra con 63%, Israel con 62% y USA con 52% están todavía lejos de los niveles deseables. Habían logrado bajar sus tasas, especialmente de mortalidad, pero el éxito los llevó a relajarse y todos están subiendo de nuevo.

La negativa a vacunarse en un tercio de la población, no solo mantiene los hospitales y UCI llenas, sino que le da al virus mayor oportunidad de mutar a variantes peores.

Ya estamos viendo los estragos de la Delta y otras, cuya peligrosidad aún se desconoce. En ninguna parte se está vacunando a la brava. Eso es libertad. Solo se establecen límites sociales a quien no se vacuna.

También se les respeta el derecho a morir de covid. Siguiendo el ejemplo de sus más sonoros voceros, lo están haciendo a una tasa 3.000 veces mayor que la de los vacunados. La libertad de abandonar el cuerpo no la restringe nadie.

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