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Calikistan

Junio 03, 2021 - 11:40 p. m. 2021-06-03 Por: Alberto Castro Zawadsky

“Mi Cali bella, mi Cali hermosa, Cali preciosa…”

¿En qué te ha convertido el más inepto de los alcaldes?

Recorrer la ciudad arruga el alma. Donde antes sentíamos una ciudad pujante, organizada, civilizada, alegre, desordenada, llena de verde, donde gracias a la inventiva de la informalidad, era posible solucionar desde un almuerzo, hasta un espectáculo circense, en cualquier esquina, ahora vemos ruinas que nos transportan a Afganistán.

Recorrida por modernos buses azules con aire acondicionado moviendo pasajeros gracias a unas estaciones diseñadas para proteger y facilitar el abordaje a los más necesitados.

Sembrada de mercados, tiendas, panaderías, centros comerciales y parques que sus habitantes usan para nutrir el cuerpo y el espíritu.

Llena de programas sencillos y accesibles a todos, como ir a baño en los ríos aledaños, jugar fútbol en los parques, treparse en bicicleta en sus cerros, subir al 18 a coger aire fresco, bailar en el parrandeadero de la esquina.

Quienes hemos vivido aquí los últimos 50 años, hemos podido ver una ciudad que se transforma y progresa. Mejora sus vías y su transporte público, mejora sus parques, mejora su oferta culinaria y de toda clase de servicios en todos los niveles. Los que conocimos los cinturones de miseria, hemos podido presenciar una transformación asombrosa.

Donde antes había ranchos, ahora hay casas con acabados. Donde antes había casitas, ya hay edificios de 4 pisos, con escalera caracol. Donde antes había lotes de basura, ahora hay un enorme supermercado o moderno colegio, o una gran estación del Sistema de Transporte Masivo MÍO. Donde antes había miseria y desnutrición ahora hay familias recibiendo un ingreso digno y los hijos están subiendo dos o tres estratos, gracias a que recibieron más educación.

Desde luego que estaba lejos de ser un paraíso sin problemas. La inmigración continua del sur, de la Costa Pacífica, de Venezuela, producida por las pequeñas guerras allá montadas. La ciudad de Cali recibe un influjo permanente de migrantes y hacía enormes esfuerzos por incorporarlos.

Pero le cayeron dos pestes: El virus del covid que indujo a un alcalde, incapaz de ver el alcance de sus medidas, a imponer unas restricciones que era obvio iban a generar desempleo y miseria. Puso a la Policía a imponer el aislamiento, generando entre la población más afectada, rechazo y desafecto con la autoridad.

Estando en lo peor de la pandemia, vino la segunda plaga: la invasión de la narcoguerrilla que se alió con las bandas delincuenciales para destruir y adueñarse de las ruinas. Y participó del engaño generalizado de la protesta legítima y pacífica, en la que cayeron tantos.

Se nos salen las lágrimas de recorrer la Cali que nos entrega este Alcalde, incapaz de entender lo que representa la autoridad, de valorar el orden, de proteger los derechos de todos. Obsesionado con el derecho a la protesta, le entregó la ciudad a malandrines de todos los pelambres, que se ocuparon de saquearla y quemarla. Pasará a la historia como el personaje que logró en un mes, revertir la historia de la ciudad 30 años.

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