Retrato de una madre cuyo hijo fue una víctima de Luis Afredo Garavito

Retrato de una madre cuyo hijo fue una víctima de Luis Afredo Garavito

Enero 25, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Yefferson Ospina | Reportero de El País
Retrato de una madre cuyo hijo fue una víctima de Luis Afredo Garavito

Nohemí Correa, madre de Gustavo Andrés, debe usar respiradores artificiales en las noches debido a los efectos de la tuberculosis. Su esposo Edelberto sufre de una enfermedad visual degenerativa incurable.

El hijo de Nohemí desapareció en 1994. Hace dos meses la Fiscalía le entregó sus restos y le dijo que fue víctima de Luis Alfredo Garavito.

La mujer tiene el cabello claro. Es evidente que hay un color artificial que esconde las canas. La piel es un poco morena, el rostro ovalado atravesado por algunas arrugas y coronado por dos ojos grandes de pupilas negras y un contorno rojizo.

Su nombre es Nohemí. Tiene 66 años y el pasado 21 de noviembre recibió  los restos de su hijo Gustavo Andrés, que desapareció en febrero de 1994 en Buga y que, se enteraría mucho después, fue asesinado por Luis Alfredo Garavito. Nunca supo nada de él durante 20 años, pero siempre albergó la esperanza de que permaneciera vivo.

De repente, mientras habla de su hijo y mira la única foto que conserva, cada rasgo de su rostro, cada giro en las entonaciones de su voz, cada matiz que se lee en sus ojos adquieren un significado trágico y desolador: todo ese cuerpo, cada arruga, parecen ser el resultado de un sufrimiento constante, de una desesperación obstinada año tras año, día tras día, llenos de la misma incertidumbre.

El 22 de noviembre de 2014, antes de enterrar los restos de Gustavo, de su Gustavo, Nohemí lloró de nuevo, acarició el cráneo desnudo, lo besó y tocó cada hueso, imaginando al niño de 10 años, con su cabello negro, su piel blanca, su figura pequeña y regordeta.

Aquel funeral tardío y absurdo fue a la vez el fin de la esperanza de que siguiera vivo y de la desesperación de ignorar dónde estaría.

Luego de los años de asistir cada semana a la Fiscalía para pedir que buscaran a su hijo, el pasado 13 de noviembre recibió una llamada en la que le confirmaron el hallazgo de los restos de Gustavo. Los investigadores cotejaron las pruebas de sangre que le tomaron a Nohemí con el ADN de los huesos hallados entre 1994 y el 2004 en diferentes partes de Colombia de las víctimas de Garavito. Los restos de Gustavo, de acuerdo con la Fiscalía, se encontraron el 21 de enero de 1995 en los cañaduzales de la hacienda San Juanito en Buga. El niño había sido encontrado un año después de su desaparición, pero su madre tardó casi 20 años en saberlo.

Esa comprobación judicial marcó un signo sobre la vida de Nohemí. La mujer ingresó en una de las estadísticas más atroces y aplastantes entre todas las que ha dado este país: pasó a ser la de la madre de uno de los 160 niños torturados y asesinados por Luis Alfredo Garavito, ‘la Bestia’, el mayor asesino en serie de niños de la historia reciente de la humanidad.

Ese día - Nohemí no recuerda exactamente la fecha, solo recuerda que fue hace “como 20 años” y que esos años han sido eternidades de dolor - Gustavo Andrés salió al centro de Buga a vender boletas de una rifa, un trabajo que realizaba hacía algunos meses para ayudarle a su madre y a su hermana Karina, que tenía 2 años.

Gustavo no regresó. Aquella noche y al día siguiente y por varios días Nohemí lo buscó en el centro de Buga, en cercanías de la galería, lo buscó en las escuelas, de nuevo en el parque, pero no lo encontró.

Gustavo desapareció.

Pero decir que Gustavo desapareció es usar una forma retórica que no dice nada, que no explica nada. ¿Qué significó aquella desaparición?

Una de las tantas cosas fue el truncamiento, la brutal frustración de todos los actos diarios y cotidianos que unen a una mujer con sus hijos.

Nohemí no recuerda con exactitud la fecha de nacimiento de su hijo. No recuerda si fue el 31 o el 24 de diciembre. Busca el registro civil de nacimiento entre los documentos que la Fiscalía le entregó y corrobora.

“Ah, sí, fue el 31 de diciembre de 1983. Aquí se lee. Es que mire, apenas le celebré 10 cumpleaños, entonces uno se va olvidando de eso”, dice, como presentando una disculpa.

Aquella desaparición, entonces, fue la destrucción de una madre.

Pero también significó la enajenación. Durante los días siguientes a la desaparición de Gustavo, Nohemí no podía dormir, no comía, ni siquiera pudo volver a trabajar. Fue encontrando en el alcohol y el cigarrillo un evasión para su desesperación.

En menos de un mes, uno de sus hermanos decidió llevarse a la pequeña Karina consigo para El Bordo, en el Cauca. En menos de tres meses, Nohemí ya no tenía una casa para vivir. Recorría las calles de Buga como una indigente, fumando, consumiendo alcohol y drogas para evitar pensar. Sí, así lo cuenta, para evitar pensar: “¿dónde estaba Gustavito? ¿Qué pasó con él? Si se hubiera querido ir de la casa se habría llevado sus cositas, su ropa. Pero no”. Y de nuevo llorar, tratar de encontrar el rostro de Gustavo entre los niños que veía en la calle. Y el cigarrillo y las drogas para dejar de pensar “¿Será que se lo robaron para venderlo a otro país? ¿Será?”. Y esta última pregunta encerraba una trágica esperanza. “Si se lo llevaron para otro país, entonces se debe acordar de mí. Entonces alguna vez de pronto venga a buscarme. Pero, y ¿si no? ¿Si no se acuerda de mí?”, pensaba. Entonces, de nuevo, el cigarrillo, el alcohol, las drogas, el hambre, el frío y el calor de las calles, el completo abandono de la indigencia. No pensar, tratar de no pensar más en Gustavo, en Gustavito.

Nohemí conserva solo una foto de su hijo. Durante los diez años que vivió con él no tuvo suficiente dinero como para haber llenado un álbum.

Tenía dos fotos, una de la escuela, cuando terminó quinto de primaria. Esa se la entregó a la Fiscalía en medio de las investigaciones y luego no la pudo recuperar. La otra fue una foto que se hizo una vecina suya con Gustavo, un día que el chico la acompañó hasta la Basílica a ver la figura del 'Milagroso de Buga’.

Nohemí hizo ampliar el rostro de su hijo en esa fotografía y ahora se ve algo borroso, con los contornos desdibujados, pero legible: un rostro redondo de cabello negrísimo y piel blanca en una actitud algo desafiante.

La foto es una metáfora: la imagen maltrecha que yace en la memoria de Nohemí, pero que sin embargo conserva rasgos imborrables. Por ejemplo, Nohemí recuerda que su hijo quería ser un abogado o un odontólogo para comprar una casa para los tres: para ella, él y su hermana Karina.

Y también recuerda que a Gustavo le gustaba el boxeo. Lo había visto en el televisor de alguna vecina y un día, en unas vacaciones que tuvieron a la casa de uno de sus hermanos en El Bordo, lo encontró boxeando con varios niños mientras un hombre al lado de ellos reía y decía que el ganador se llevaría los billetes que exhibía en su mano.

Gustavo noqueó a dos de los niños.

Aquellas imágenes, borrosas, remotas, pero rotundas, sobrevivieron a todos los intentos de Nohemí por no pensar. Y ella misma, Nohemí, sobrevivió a la locura.

Ocurrió hace siete años, en una noche de lluvia. Nohemí vagaba por el centro de Buga y se encontró con Edelberto.

Le pidió dinero. Edelberto le dijo que no tenía, pero que si quería podría ir a su casa a comer algo. Edelberto vivía en una pequeña habitación en la que pagaba $6 mil diarios.

Nohemí decidió ir. Edelberto dijo que cuando quisiera podía volver y preguntar por él. Así que Nohemí empezó a visitarlo y fue quedándose de a poco en el cuarto mientras él trabajaba vendiendo lotería.

Días después, las noches de dejadez en medio del humo y el alcohol le hicieron un cobro a Nohemí: le diagnosticaron tuberculosis. Los médicos le dieron pocos días de vida debido al mal estado de sus pulmones.

Fue durante la enfermedad que su hija Karina, ya con 19 años y una hija, regresó, y encontró a su madre descompuesta, tanto por la desesperación como por la tuberculosis.

Sin embargo, Karina también encontró una esperanza para su madre: Edelberto estaba enamorado de ella. Así que Karina, que es cristiana, oró por Nohemí y le pidió a ella que se “arrepintiera de lo malo que hubiera hecho”.

En poco tiempo los médicos observaron una recuperación en los pulmones de la mujer y Nohemí se convenció de que se trataba de un milagro de Dios. Hace poco más de un año que la mujer, a sus 66 años, contrajo matrimonio con Edelberto quien sigue vendiendo lotería para el sustento de los dos.

Ambos se convirtieron al cristianismo. Nohemí sobrevivió a la desesperación y ahora tolera el recuerdo de su hijo, tolera la frustración de aquella experiencia de madre cruelmente malograda, y padece el dolor con una calma conmovedora. Mientras habla de él vuelve a llorar. ¿Cómo estaría ahora? ¿Qué sería de él? Pregunta.

Luis Alfredo Garavito fue detenido en flagrancia, mientras torturaba a un niño en 1999. Luego de ser capturado y de varias imputaciones que le hiciera la Fiscalía, Garavito confesó haber asesinado y torturado a 168 niños entre 1992 y 1999 en Valle, Risaralda, Quindío y Ecuador. A pesar de sus confesiones y de su colaboración con la justicia para el hallazgo de más de 70 restos de sus víctimas, aún hay más de 80 niños de los que no se conoce su paradero. Se rumoró que Garavito podría salir de prisión luego de una serie de rebajas de penas por su colaboración con la justicia, pero el Consejo Superior de la Judicatura aclaró en 2011 que aún debe purgar al menos 40 años de prisión.

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