El corregimiento de El Mango, en el Cauca, es un pueblo poseído por la guerra

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El corregimiento de El Mango, en el Cauca, es un pueblo poseído por la guerra

Julio 14, 2013 - 12:00 a. m. Por:
Jorge Enrique Rojas, Editor Unidad de Crónicas de El País

El Mango es el pueblo más atacado por las Farc en el Cauca. Visita a un lugar donde el miedo es, incluso, capaz de espantar el amor.

En el pueblo de la guerra no hay lugar para el amor. En sus nueve calles de pavimento roto ya no se ven parejas cogidas de la mano. Nunca. No importa que ese pueblo parezca haber sido hecho para amar y no para pelear: las montañas verdes dándole la vuelta, las barbas blancas de la niebla bajando en remolinos que se deshacen en el suelo, el río San Juan bañándolo a un costado. En sus cuatro graneros de paredes agujereadas ya nadie vende osos de felpa; tampoco esquelas para escribir confesiones de noviazgos secretos. En los muros de sus casas reventadas por las bombas no quedan grafittis prometiendo arco iris de algodón, ni leyendas de chicas jurando el infinito. En El Mango, el pueblo más atacado por la guerrilla en todo el Cauca, el amor también es víctima. Acaso un moribundo. En ese lugar de nombre tan dulce, hace más de tres años no se celebra un matrimonio. En sus árboles de ramas despedazadas tampoco quedan corazones tallados por enamorados furtivos.El Mango está al occidente del Cauca. En los mapas de geografía es un corregimiento de Argelia, equidistante entre Popayán y el Pacífico. Hace unos años, no muchos, allí vivían más de dos mil personas. Campesinos. Familias que sembraban café, plátano, caña. Del río era posible sacar sabaletas y nayos, peces tan gordos que no cabían en las manos de un adulto. La mayoría se había extendido sobre parcelas y fincas en las faldas de la cordillera Occidental; hombres, mujeres, niños, crecían entonces allá arriba, a salvo, como frutas silvestres. Abajo el pueblo: las calles estrechas, el parque en el centro, la iglesia blanca, la gente por ahí. El señor D, un campesino de 52 años, recuerda el día en que cambió todo eso. En el pueblo de la guerra tampoco hay lugar para recuerdos poéticos, así que casi nadie tiene su memoria vinculada a detalles que allá resultan pérdida de tiempo: si hacía sol, si llovía, si en el aire revoloteaban mariposas. En El Mango el calendario de la memoria se marca a partir de disparos, estallidos, carreras, dolores, gritos. El señor D, por ejemplo, ya no se acuerda de la última vez que una mariposa se le posó encima. Pero de lo otro sí: en mayo del 2008, Los Rastrojos, esa banda criminal que se alimenta del narcotráfico, la extorsión y la muerte, llegó con 500 hombres. Contar lo que hicieron es una repetición de lo que han hecho en otras partes: torturas, vacunas, desapariciones. Algunas noches, abajo en el pueblo, el eco de sus carcajadas asesinas alcanzaba a escucharse en alguna parte de la montaña.Tiempo después llegó la guerrilla. En los mapas del conflicto, El Mango es un punto negro situado en la jurisdicción del Frente 60 de las Farc. La confrontación entre uno y otro bando dejó decenas de muertos bajando por el río, fincas abandonadas, cafetales destrozados, los primeros desplazados. Los Rastrojos terminaron yéndose. Los hombres del Ejército y la Policía que un año antes habían entrado por primera vez, fueron reforzados; su empeño por devolver la tranquilidad al pueblo desató una guerra que aún no alcanza a ser dimensionada: nadie, ninguna institución oficial, sabe cuánta gente ha perdido la vida desde entonces. No existen listas de muertos. No hay un registro juicioso de desplazados. Apenas cálculos: la mitad de la gente se fue; en El Mango, a lo sumo, ahora quedan mil personas. 98 de sus 350 casas están destruidas. En los últimos tres años las Farc atacaron 70 veces el pueblo.Alejandro Pinzón, comandante de la Brigada 29 del Ejército, dice que todo aquello tiene que ver con la obstinación de la guerrilla por sacar a la Fuerza Pública. En los mapas del narcotráfico, El Mango está ubicado en un paraíso para el cultivo y procesamiento de drogas: el cañón del río Micay, una extensión de tierra retorcida entre la cordillera, que empieza en Nariño y termina en el Pacífico.De acuerdo con el oficial, ese accidente geográfico es una zona donde a las autoridades se les dificulta todo: la localización satelital, la aspersión de cultivos ilícitos, la erradicación manual: “Ellos (la guerrilla), que son narcotraficantes, tienen ahí todas las condiciones. Incluso ríos para sacar la droga hasta el mar. Esa es la razón de los ataques contra el pueblo, contra la policía, los soldados”. Para llegar a El Mango hay que viajar nueve horas desde Cali. Pasar por Popayán, luego El Bordo; y desde allí tomar El Estrecho, una carretera trazada en contravía de la gravedad que en algún momento se convierte en un camino destapado no apto para embarazadas ni enfermos del corazón. El nombre de la carretera no un sarcasmo de la ingeniería. De camino hasta allá, atrás van quedando peñascos, saltos al vacío, rocas prehistóricas desmoronadas sobre la trocha, el mundo. También el mundo va quedando atrás: el pueblo está tan lejos que allá no llegan circos ni bancos. Ni siquiera cantantes de reguetón. Lo único que sube hasta allá, dice el señor D, es el miedo. Apenas eso. Antes de llegar, levantadas sobre el rastrojo que crece al lado de la vía, dos vallas metálicas: una anunciando que ese es territorio de Manuel Marulanda, el abatido jefe histórico de las Farc, y otra en honor de Alfonso Cano, sucesor de Marulanda muerto en el 2011. Hoy en El Mango hay una peluquería, una mueblería, un restaurante, cinco tiendas, un almacén agroveterinario, una sala de internet, un taller de motos, un negocio de bolsas plásticas, una estación de gasolina, una farmacia, un fotoestudio, los cuatro graneros, tres cultos cristianos y una iglesia en ruinas. Mucha iglesia para tan poca gente. Poca iglesia para tanto infierno: solo en el 2011, diez policías y seis soldados fueron asesinados allí. Ese año las autoridades desmantelaron cien laboratorios cocaleros en el Cañón del Micay.***El último ataque ocurrió el pasado 8 de junio. Era sábado y la maestra Ana Ilda Gaviria estaba feliz. Ese día había sustentado su tesis en geografía y sociales. Era la único que le faltaba. Durante dos años, quién sabe con cuántos sacrificios, había cursado una especialización a distancia en la Universidad del Magdalena. La maestra celebraba con su familia y algunos vecinos. Pero eso, claro, no tenía por qué importarle a la guerrilla. No podía ser impedimento.A las 7:00 de la noche, una cuadrilla de hombres del Frente 60 decidió atacar a los policías que vigilan el pueblo. Después de tantos ataques, la policía de El Mango ha ido acomodándose entre las casas destruidas. En medio de las ruinas han armado trincheras: sacos de arena reemplazan paredes; lonas de manchas camufladas hacen las veces de puertas. Un laberinto de casas comunicadas entre sí por los forámenes que han abierto explosiones y bombazos, es ahora el hogar de los hombres que intentan evitar que la guerrilla acabe de derrumbar lo poco que queda. Esa noche, las Farc estaban empecinadas en derribarlos a ellos.Así que ubicados a 50 metros del jardín infantil, los guerrilleros lanzaron tatucos, esos morteros hechizos rellenos de tuercas, puntillas, alambres, que al reventar pueden esparcir muerte a 800 metros a la redonda. Las víctimas de ese día fueron la profesora Ana Ilda y sus papás. Miller Díaz, Plinio Imbachí y el sastre del pueblo también murieron. Rocío Galíndez, una enfermera que estaba en la celebración, perdió una de sus piernas. Otras cuatro personas quedaron heridas. Francisco Patiño, comandante de la Regional Cuatro de la Policía, contó que esa noche, mientras los tatucos estallaban, la guerrilla ponía música de fondo. Tras el ataque, las Farc bloquearon la vía impidiendo que subiera la ambulancia. 37 días después de todo aquello, el desastre todavía sigue ahí, tendido en el suelo. En medio de trozos de varillas, vigas dobladas, astillas de madera, puertas rajadas a la mitad, la vida que se fue: la plancha del sastre, retazos de vestidos sin terminar, bolsos despedazados, muñecas de plástico sin cabeza, el aire sucio de polvo de ladrillo que se levanta una y otra vez sobre todo eso. Y sobre todo eso, los vidrios rotos: Crac. Crac. Crac. Caminar sobre El Mango es dar pasos sobre una tragedia que suena en un sitio donde nadie oye nada.Erika Daza dice que desde entonces poca gente duerme en el pueblo. De los 70 niños que antes iban al jardín infantil mientras sus padres trabajaban la tierra, ahora solo van 25. La gente, cuenta la muchacha, va a El Mango para darle vuelta a la casa o lo que quedó de ella. Por las noches, de puro miedo a otro ataque, los que siguen viviendo allí salen con sus niños y una estera bajo el brazo. William Bolaños, un mototaxista que se gana la vida haciendo viajes hasta Argelia, explica que al final del día la gente se va para donde algún conocido, un familiar, alguien que tenga una finca donde les puedan dar posada; cualquier sitio donde sus niños no tengan que dar pasos entre vidrio molido. Con la espalda pegada a una pared, el teniente T también habla del miedo. Del suyo. Del ajeno. Por temor a represalias de la guerrilla, nadie habla con los policías. En la peluquería no los atienden. En la tienda no les venden. A veces, alguien condolido por el hambre, acepta comprarles algo. Entonces la noche es cómplice de eso que en el pueblo es pecado y empacan la encomienda en una bolsa para luego dejarla por ahí, en alguna esquina, junto a los escombros. Crac. Crac. Crac. Mientras habla, el teniente T mira a las montañas; la cara pegada al muro, la voz saliendo en susurros. Los diez policías asesinados hace dos años, cayeron alcanzados por un francotirador. Los policías enviados a El Mango duran seis meses en el pueblo. Al teniente T le quedan dos. En Bogotá lo esperan su esposa y sus hijos. T lleva cuatro meses sin verlos. En ese pueblo, recuerda, no hay lugar para el amor.

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