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Guaguancó del adiós: la huella que Roberto Roena dejó entre los salseros caleños

Septiembre 25, 2021 - 12:05 a. m. 2021-09-25 Por:
Ossiel Villada, jefe de redacción online
Roberto Roena

Roberto Roena, una de las grandes leyendas de la Salsa, falleció en la noche de este jueves en Puerto Rico.

Especial para El País

"Cariño yo quiero en vida; amores, manos amigas; no después de mi final... Lo que me vayan a dar, que me lo den en vida".

La solicitud que Roberto Roena lanzó por allá en 1977, en uno de los grandes éxitos de su noveno disco, se cumple hoy de forma sentida en Cali.

Aquí, en la Capital Mundial de la Salsa, miles de manos amigas le rinden tributo y le entregan amor desbordado, con la misma pasión que le dieron en vida. Y es que para los salseros caleños, la muerte del gran bailarín, bongosero, director de la orquesta Apollo y leyenda de la Fania, es una pérdida de familia.

“Se fue papá”, escribió Carlos Molina en la noche del jueves, al conocer la noticia directamente de su amiga Brenda, hija del artista. En los últimos tres años Roena se había convertido en el mecenas del Museo de la Salsa, institución que dirige Molina y que tiene su sede en el tradicional Barrio Obrero.

Allí reposan, además de centenares de fotografías de sus actuaciones en Cali, uno de sus discos de oro y las partituras de dos grandes éxitos: ‘Mi desengaño’ y ‘Lamento de Concepción’. Roena las donó como parte de un aporte que le permitió al Museo mejorar sus instalaciones exteriores.

Por estos días, Roena y Molina preparaban una nueva actividad para financiar el proyecto cultural que el Museo impulsa con jóvenes músicos de Cali. Planeaban rifar un bongó firmado por el mítico percusionista. El proyecto sigue en marcha.

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En la Casa Latina, otro de los templos de la Salsa en Cali, el Dj y productor Gary Domínguez, creador del Encuentro de Melómanos y Coleccionistas de Cali, recuerda que Roena mantenía con la ciudad una relación especial. “Su obra aquí es estudiada y escudriñada hasta la saciedad”.

Y Carlos Ospina, creador de la salsoteca La Topa Tolondra, lo enfatiza: “En Cali no hay una fiesta de salseros en la que no suenen sus temas”.
Y es verdad. La historia y la obra del muchacho adolescente que inició su carrera por allá en 1956, como bailarín de la orquesta de Rafael Cortijo, y después se convirtió en leyenda de la música afroantillana, sigue siendo parte integral del paisaje urbano de una ciudad que come, bebe, transpira, baila y respira Salsa las 24 horas del día.

Solo en Cali, los coros de las canciones de Roena pueden conectar y sincronizar automáticamente, sin ningún ensayo previo, a montones de transeuntes que pasan por una calle en la que se escucha su música.

Tal vez, esa enorme admiración del pueblo de Cali proviene de su vida misma. La música de Roena siempre estuvo conectada con las luchas y los anhelos de los más pobres y por ello genera una fuerte conexión con la vida de los barrios populares.

Pero también, esa conexión habla de su inagotable compromiso con la alegría, esa bandera que los caleños levantan en cualquier situación, por difícil que sea. Y Roena era alegría pura. Una condición que lo convirtió en hombre de la sonrisa eterna y en un showman obsesionado siempre con innovar para su público.

“Para su concierto de regreso, en el Teatro Jorge Isaacs, se le ocurrió que él quería llegar al escenario dentro de un ataud, para demostrar que había revivido. No conseguimos ataud, pero se metió en la enorme caja de un contrabajo y de allí salió y el teatro se enloqueció”, recuerda Gary.

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Pero la razón más poderosa del vínculo de Roena con los salseros caleños está en su sonido; en la esencia misma de la propuesta que lanzó el 20 de julio de 1969, cuando emprendió el camino de su exitosa orquesta Apollo Sound, bautizada así por haber iniciado ensayos el mismo día en que llegó el primer hombre a la luna.

El Apollo, como la nave espacial, marcó el inicio de un camino histórico para la Salsa. Su sonido -una equilibrada propuesta que conecta los ritmos afro del Caribe con los ritmos afro de Norteamericanos-, logró diferenciarse de todo lo que se había hecho hasta entonces. Y de todo lo que hacía en Nueva York el sello Fania.

Aunque nunca fue a una escuela de música, Roena tenía una capacidad sobrenatural para conectar con lo que movía el alma del pueblo. Pero a ello le sumaba un oído ecléctico, que le permitía escuchar, disfrutar, aprender y aprovechar las cosas más disímiles: desde la música cubana, hasta el sonido de las grandes orquestas de rock que marcaron el final de los 60. Desde el jazz y el blues hasta el samba y el Bossa. Desde la la bomba y la plena, hasta el bolero y la balada.

La melodía era su obsesión, pero supo rodearse siempre de genios que le aportaron complejidad en las armonías de sus arreglos.

El resultado fue un sonido de gran intensidad para los pies y enorme exuberancia para el oído, pleno de trazos de muchos géneros musicales. Roena no necesitó de la potencia y la estridencia que distinguieron a otras bandas. La sofisticación fue siempre el sello de su sonido.

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Y también su compromiso político. El que pudo expresar de forma contundente gracias a las letras de su amigo y cómplice, Tite Curet Alonso.

Con él llegó a producir himnos contundentes de lo que muchos llaman ‘Salsa protesta’, como ‘Con los pobres estoy’.

Y también piezas sutiles como ‘Guaguancó del adiós’, que tras la fachada de una letra amorosa oculta un poderoso cuestionamiento a la indiferencia ante los problemas sociales.

Roberto Roena se despidió en la noche del jueves, cuando todos pensaban que a sus 81 años aún tenía mucha cuerda para dar en el mundo de la Salsa. Pero su legado, que marcó a varas generaciones durante más de medio siglo de historia, está más vivo que nunca en Cali, donde ayer comenzaron los homenajes en su nombre. Todo el amor que le dimos, se lo seguiremos entregando más allá de la vida.

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