“Yo soy una mala habitación de mí mismo”: escritor Guillermo Fadanelli

“Yo soy una mala habitación de mí mismo”: escritor Guillermo Fadanelli

Septiembre 21, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Margarita Vidal Garcés | Especial para El País
“Yo soy una mala habitación de mí mismo”: escritor Guillermo Fadanelli

El escritor mexicano Guillermo Fadanelli.

El escritor mexicano Guillermo Fadanelli es famoso por su crítica y su humor negro. Dice ser un hombre fatalista. “Es un impulso innato y honrado de mi temperamento”, dice.

La obra del escritor mexicano Guillermo Fadanelli ha sido premiada en varias ocasiones. Famoso por su humor negro y su sentido crítico, el autor colabora en periódicos y publicaciones de diversos países y ha sido traducido al francés, alemán, portugués, italiano y hebreo. Ganó el Premio Grijalbo 2012 con su novela Mis Mujeres Muertas y acaba de lanzar en Colombia su último libro, ambientado en Danzig, Polonia, una ciudad porteña donde desemboca el río Vístula y donde nació Arthur Schopenhauer. ‘El hombre nacido en Danzig’, se llama, y su protagonista es en realidad este filósofo atormentado, arrogante y vanidoso, cuya relación con su madre fue muy difícil. También está allí la propia vida del escritor y es por eso su obra más autobiográfica. A Fadanelli le gusta divagar. Espera que el lector tenga paciencia, porque él siempre llega a donde quiere llegar en medio del desorden aparente. Es la historia de un infiel celoso abandonado por su mujer. Como cree -el ladrón juzga por su condición- que su mujer se la juega, contrata un detective para espiarla. Fatalista irredento, ansía pruebas de que ella lo engaña “con todos los hombres del mundo”, para solazarse en su desgracia. “Utilizo al detective como una vía de autoconocimiento”, dice Fadanelli. Y advierte que no es una novela pedante, ni de ideas, aunque aparezcan filósofos, porque se habla es de la calvicie de Montaigne, del carácter irascible de Rousseau, de la relación de Séneca con el poder, de la misoginia de Otto Weininger. ¿’Humaniza’ usted a esos filósofos?Digamos que sí, me gusta decir que los invito a la mesa como contemporáneos y como personas comunes con todas sus pasiones, sus miedos, sus manías y deseo que sean mis contemporáneos. ¿Por qué Schopenhauer?Porque el libro más bello que he leído de filosofía es: El Mundo como Voluntad y Representación. Un libro fundamental. Freud no añadió nada a lo que ya había dicho Schopenhauer.Perdóneme una digresión, ¿usted ya había venido a Colombia?Es la tercera vez. He estado siempre en Cartagena y mientras yo voy a las entrevistas mi mujer es fascinada por el mar. ¿Cuánto hace que se casaron?No nos casamos y es difícil referirme a ella porque si digo “mi mujer”, suena como apropiación, “amante”, demasiado romántico y tiene connotaciones, “compañera”, demasiado izquierdoso. Risa. Sería más fácil decir “mi esposa”.¿Entonces cómo le dice?Yolanda, como la canción de Pablo Milanés.Si no es indiscreción, ¿por qué Yolanda y usted decidieron no tener hijos?Leyendo las confesiones de Rousseau supe que tuvo cinco hijos que terminó enviando al hospicio. No diré que preferí no tenerlos para evitar hacer lo mismo, sino por algo que puede sonar muy arrogante y también muy vanidoso y egoísta: porque en mi casa el niño soy yo. Quiero seguir siendo un niño y mantener cierto grado de irresponsabilidad. ¿Yolanda es, entonces, una especie de madre para usted. Hay por allí algún Edipo?No, nada de Edipo. Monsiváis decía: “Mamá, soy Edipo, no haré travesuras”. Risa. Nosotros llevamos ya veintitantos años viviendo juntos y no quisimos que un niño perturbara nuestra paz. Todo buen escritor ha sido buen lector. ¿Qué leía de chico?En mi casa no había libros porque mi papá era un obrero y mi mamá, pese a ser una mujer tan sensible, no tuvo una educación esmerada. Comencé leyendo libros sobre la Revolución Mexicana por todo lo que implica de epopeya y aventura. La Revolución es fuente de orgullo para los mejicanos. ¿Se han cumplido sus ideales?La Revolución ha sido importante en la literatura y escritores como Jorge Ibargüengoitia, Carlos Fuentes y muchos otros la tomaron como nudo de sus historias. Pero sus ideales no se cumplieron porque al ser representada por un solo partido -al que Octavio Paz llamaba el Partido Hegemónico y Vargas Llosa la Dictadura Perfecta- crearon una gran burocracia y un sistema sospechoso de alianzas y corrupciones, más que un sistema que transformara, vía instituciones revolucionarias, el país. A usted el caos no lo trasnocha y más bien parece encontrar en él inspiración y cierta seducción... Es que soy un hombre desordenado y quizá lo único que logra ordenarme es la escritura. Cuando escribo ordeno el mundo a mi manera y hay tranquilidad. Las palabras fluyen en cierta procesión un poco milagrosa que vence el caos, al menos momentáneamente, porque creo que el orden es una invención humana y yo no haría desembocar una moral del orden.No me atrevo a llamarlo exhibicionismo, pero en su blog usted se solaza en contar que fue vago, mal estudiante, indisciplinado, maquetas, quejetas, ¿no exagera?Yo sí lo llamaría exhibicionismo y es también la construcción de un personaje. Escribir en primera persona es una forma de ocultarse. Yo tengo ya muchos años en la literatura. He estado ligado a grupos de rock, de punk, underground, y alrededor de eso se construyó un personaje un poco tolerado por mí. Sin embargo, me gustaría pensar que son mis libros y mis ensayos los que de alguna manera tendrían que reflejar ese otro orden que he querido construir, que es la reflexión, la crítica, el pensamiento. De acuerdo con esas características, ¿qué personaje admira?Varios, pero especialmente a Juan Jacobo Rousseau porque, aunque era un hombre aparentemente detestable por su carácter cambiante, es el iniciador del romanticismo. Los hippies, los punks y los artistas de vanguardia le deben mucho. Al mismo tiempo moldeó los cimientos de lo que sería la idea del Estado y de las sociedades modernas. Cualquiera que lea el Contrato Social se puede dar cuenta de que, aunque era extravagante, hay allí un pensador organizado y riguroso. ¿Por qué lo atrae tanto lo marginal, lo contestatario y lo subversivo? Creo ser un hombre fatalista. Es un impulso innato y honrado de mi temperamento. Nietzsche se mofaba un poco de Schopenhauer y decía que no podemos creer en “un pesimista que toca la flauta”, pero él pensaba que la música y el arte podrían ser vías de salvación en un mundo salvaje, desorganizado y tomado por la voluntad de poder. Por el contrario, yo sería otro tipo de fatalista: un hombre temeroso y siempre a disgusto. Me gusta la frase de André Gide que dice que “un escritor debe ir siempre a contra corriente”, porque ese es un pensamiento mucho más organizado. ¿A qué le teme?Yo creo que a vivir en Ciudad de México, a la que llamo “una mala broma de Dios”. A ser vejado en mis derechos y a no sentirme seguro en el espacio público. Es un temor civil. Luego hay otro, que es íntimo o metafísico, que es el temor a la muerte, a no ser. Yo no parto de la confianza sino de la desconfianza siempre. Luego sí voy a la conversación y a la simpatía y comienzo a establecer amistades. ¿Y cómo registra la simpatía?Es indispensable incluso en la escritura. Yo no tengo demasiadas ambiciones formales. Quizá la más pretenciosa sea el deseo de la sencillez y de la brevedad. Pero acostumbro a decir que un escritor sin gracia, mejor no hubiera nacido nunca. Risa.Winston Churchill decía: “La imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser, el humor los consuela de lo que son”. ¿No le parece que el humor hace que uno pueda convivir consigo mismo?Sí y yo soy una mala habitación de mí mismo. Me cuestiono cada vez que tomo una decisión porque soy inseguro en todos los sentidos. Tal vez soy demasiado reflexivo, cauto, y doy demasiados rodeos a las cosas. Siempre rodeo el objeto y ese rodeo es, justamente, lo que lo hace importante y lo inventa.Pasando a otro tema, ¿cómo ve la globalización que va borrando fronteras, identidades y homogenizando costumbres, música, moda? Yo siempre estaré por la conversación de las culturas y por la ambigüedad de las fronteras porque abomino los límites impuestos. Ciorán decía que “la patria es la lengua”. Canetti hablaba de la patria como una biblioteca. La idea de patria es muy compleja. Pero me gusta la globalización como una transcultura, como lo fue Europa en el Mediterráneo, testigo de cómo una rica cantidad de comunidades coexistieron allí en una forma maravillosa. Pero esta globalización un poco hegemónica, encabezada por el empresario ignorante que solo ve el lucro y al otro país como un paraíso para obtener ganancias, a mí no solamente no me interesa, sino que me parece monstruosa. Veo que la idea de las fronteras físicas es para usted un poco primitiva, ¿por qué?Como soy vago y me gusta pasear, relaciono el conocimiento con el paseo y el hecho de ser juzgado por mi nacionalidad me parece estorboso y grosero. En realidad, lo que uno necesita no es una patria o pertenecer a una nacionalidad, sino tener un lugar habitable, con personas con quienes se pueda conversar y limar las diferencias. Desde mi punto de vista los nacionalismos a veces son invenciones primitivas para albergar los sentimientos más crueles y absurdos del ser humano.El mundo entero está en migración permanente y los jóvenes buscan trabajo sin encontrarlo. El último escándalo es el caso de los 52.000 niños centroamericanos que, sin compañía de adultos, llegaron el último año a los Estados Unidos, ¿cómo ve el tema?Toda migración es consecuencia de una búsqueda y al fin de cuentas el destino es una cultura. Más que culpar a los Estados Unidos, que tiene responsabilidad por su insensibilidad y sus políticas exteriores en muchos casos, deberíamos poner el ojo en los gobiernos que no han logrado construir un lugar habitable para que sus ciudadanos no tengan que marcharse. ¿Por qué cree que hay más de 50 millones de hispano-hablantes en los Estados Unidos? La enorme mayoría fue lanzada a vivir en un país extraño por la pobreza, la falta de oportunidades y la ausencia total de seguridad. El viajero que viaja por su propio gusto es muy diferente al obligado migrante trabajador. Como decía Montaigne, “No sé a dónde voy, pero sé de dónde huyo”. En México, más que quejarnos por los maltratos del Tío Sam, debemos mirar nuestra frontera sur donde los centroamericanos que llegan son aún peor tratados. Ahí hay una política un tanto hipócrita: buen trato por parte de Estados Unidos para nosotros que les damos un pésimo trato a nuestros inmigrantes e ilegales.

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