Políticos, escritores y periodistas inmersos en casos de plagio, la guillotina del Siglo XXI

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Políticos, escritores y periodistas inmersos en casos de plagio, la guillotina del Siglo XXI

Julio 09, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Víctor Diusabá Rojas?Especial para Gaceta
Políticos, escritores y periodistas inmersos en casos de plagio, la guillotina del Siglo XXI

Annete Schavan tuvo que renunciar a su cargo de Ministra de Educación de Alemania, luego de que se le comprobara que había copiado parte de su tesis de doctorado en la universidad. El título, claro, también lo perdió.

El pegar y copiar en sus tesis de doctorado ya costó este año en Europa una presidencia de la república, en Hungría, y dos altos ministerios en Alemania. Grupos de investigadores ciudadanos se tomaron el trabajo de seguir pistas hasta dar con las evidencias. El periodismo y la literatura también ponen su papel carbón en remojo.

En 2010, Camilo José Cela se sentó al banquillo, acusado de plagio. Nada dijo en su defensa; en realidad no podía, andaba muerto desde hacía ocho años, aunque eso tampoco le dio para quedar libre. Quien lo salvó fue el fiscal, a lo mejor lector suyo, tras considerar que Cela había escrito ‘La Cruz de San Andrés’ (Premio Planeta en 1994) a partir de su fecundidad e inspiración, aunque eso sí con un matiz: el “aprovechamiento artístico” del original de ‘Carmen, Carmela, Carmiña’, novela de la demandante, Carmen Formoso, texto al que, en apariencia, el autor gallego tuvo acceso.Casi tres años después, el alcance de la situación vivida por un Nobel como el escritor español nacido en Galicia es apenas un asunto menor frente al torrente de seguimientos y demandas que hacen del plagio la guillotina del Siglo XXI. De hecho, un presidente, varios ministros, más escritores y no menos periodistas han sido llevados al patíbulo en Europa y Estados Unidos por el delito de moda: copiar y pegar. La pena no se ha hecho esperar para los culpables, aunque las renuncias han evitado pasar por otro bochorno: el de las destituciones.La paradoja es que ha sido Internet el medio para dar con los responsables, cuando fue también esta red la encargada de servirles para caer en el pecado. Y al frente de la purga no están ni jueces ni funcionarios encargados de velar por los derechos de autor, sino una secta de voluntarios que, como en Alemania, ya tienen a su haber cotizadas piezas que cayeron de lo alto.Ministra en apurosEllos son el ahora exministro de Defensa de Alemnia, Karl-Theodor zu Guttenberg y la también ex de educación Annette Schavan, muy amiga de la canciller Ángela Merkel. La suerte de Guttenberg parece sellada para siempre: su carrera terminó. Al menos la que lo tenía en camino para suceder a Merkel. Todas las apuestas estaban a su favor, pero el hecho de comprobarse que su tesis doctoral tenía un 82% de material ajeno y utilizado como propio no solo lo obligó a dimitir sino que lo persiguió hasta Estados Unidos, donde buscó guarecerse. Hasta allí, en New Hampshire, el desprestigio le pasó factura cuando intentaba dar una charla a estudiantes.A Schavan la siguieron de una forma diferente. Había hecho su tesis doctoral en 1980 en Düsserldorf, cuenta el escritor Fernando Aramburu, con anotaciones de ratón de biblioteca. Un trabajo minucioso que le valió el título con loas. Se graduó y su trabajo no pasó más allá de manos del jurado. Pero en ese barrido que se hace hoy, sin clemencia, a toda la órbita del poder alemán para saber cuántos de los diplomas que adornan y potencian hojas de vida merecen estar colgados en los muros, alguien dio con la obra de Schavan, la desenterró y encontró que tiene muchas afirmaciones que resultaron ser citas no atribuidas. Para ella, un problema de forma. Para sus denunciantes, un claro uso y abuso de trabajos de otras personas. La ministra, con un disimulado apoyo de su amiga y jefe Merkel, se defendió hasta cuando los propios directivos de la Universidad decretaron que ella había dejado de ser doctora. De paso, se convirtió en exministra. Guttenberg y Schavan no fueron los únicos condenados en Europa. Un presidente, Pál Schmitt, de Hungría, terminó por claudicar luego de perder el duelo frente a la prensa y a la opinión pública tras comprobarse que su tesis de doctorado sobre un análisis de los Juegos Olímpicos era en realidad la labor de dos estudiantes: un búlgaro, fallecido, y un alemán. Schmitt copió, según denunció el portal www.hvg.hu, 180 páginas (la tesis sumó 215), incluidos los errores que había en ellas. VroniPlag¿Quiénes son los cazadores en Alemania que dejan al menos otros ocho políticos de oficio tendidos en el campo o contra las cuerdas del plagio? Se hacen llamar VroniPlag, nombre que no es otra cosa que un sarcasmo para evocar a su primera ‘víctima’, Verónica Sass (Vroni es el diminutivo del nombre de la hija de un ex primer ministro), a la que le pillaron 54% de su tesis de derecho copiada y pegada. Entre los VroniPlag se dice que hay prestigiosos académicos que trabajan sin cobrar, en su mayoría desde el anonimato, lo que les merece reparos y despierta temores sobre quiénes son en realidad. Barren nombres y tesis con nuevas y más eficientes herramientas, frente a los desafíos que plantean las copias, a su vez, cada vez mejor mimetizadas.Plagio políglotaPero no solo lo hacen ellos, los de VroniPlag, sino la academia misma. En España, un grupo de investigación de ingeniería de la Universidad de Valencia logró armar un programa que le puede comenzar a cerrar el paso a una de las más crecientes formas de plagio, el que se hace desde otras lenguas. Por ahora, ese traductor superinteligente, si así se le puede llamar, sirve para buscar plagios —no siempre va a dar con ellos— del inglés al español, al alemán, al holandés, al francés y al polaco. No se sabe cuándo un arma así contra el plagio podrá estar en manos de los principales damnificados, los profesores que evalúan las tesis. Miguel Ángel del Arco es catedrático de la Universidad de Granada, España, y tiene a cargo un paquete de másteres en los que se ve abocado al reto de descubrir plagios. “En cada tesis se me va al menos el 20% del tiempo en seguimiento a posibles copias”, dice a GACETA desde su despacho en donde, sin saberlo, decenas de tesis son puestas en cuarentena. “Es un problema de nuestros tiempos que achaco, más que a la pereza, como se cree, a la falta de capacidad de reflexión. No se prepara a los estudiantes para ello y, en consecuencia, se incurre en copiar para salir del paso”, remata.En cambio en la literatura sorprende que las detecciones resulten tardías, cuando las evidencias asoman sin rubor. Pasó con Fabio Filipuzzi, escritor italiano, nieto de un reconocido crítico de artes, que se dio el lujo de que le publicaran tres novelas y tres ensayos entre 2006 y 1010. Todas resultaron ‘dobles’ de otros textos, a veces solos, a veces combinados unos con otros. Sus víctimas, aparte de los lectores, incluyen a Philip Roth y a Paul Auster, lo que habla del enorme descuido de sus editores.Autor cuestionadoEl nombre de Alfredo Bryce Echenique también apareció hace tiempo en listas negras de plagio, y en 2012 esas acusaciones reaparecieron en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, en 2012. Un grupo de 109 intelectuales firmaron una carta de respaldo a la vida y obra del escritor peruano, encabezados por la española Almudena Grandes. Ellos llamaron a las denuncias, en las que se le acusaba de copia literal de columnas de opinión por parte del escritor, “persecución moral”. El debate quedó abierto, más aún con una definición lapidaria de Juan Villoro, citada por Elena Poniatowska, en claro mensaje a Bryce Echenique: la “cultura no puede estar al margen de la ética”. En la prensa, el terreno también está minado. Los medios más prestigiosos han tenido que morder polvo en los últimos años por culpa de las licencias que se han tomado periodistas, muchos de ellos estrellas. Le pasó hace varios meses a Time y a CNN con Fred Zakaria. Él tomó prestados apartes de un trabajo de New Yorker sobre el armamentismo ciudadano en Estados Unidos. A su vez, New Yorker había vivido antes en carne propio una situación similar con Jonah Lehrer, quien puso en boca de Bob Dylan esto: “Me encuentro a mí mismo escribiendo una canción, una larga pieza de vómito... Es difícil de describir... Es como un sentimiento de que debes decir algo... No sé de dónde vienen las canciones... Es como si un fantasma escribiera la canción”, que suena probable pero que no fue cierto, de acuerdo al rastreo de un colega. Ambos, Zakaria y Lehrer, se defendieron en principio pero terminaron asumiendo sus culpas. A Zakaria lo sancionaron cinco días. Lehrer, pichón prometedor para seguir los pasos de los grandes, debió decir adiós a New Yorker. Las demandas por plagio no encuentran siempre buen puerto. Así sean tan evidentes los casos, como el de los qataríes que copiaron sin empacho unas modernas farolas callejeras de autoría de la arquitecta Beth Galí, para iluminar el paseo más concurrido de Doha, la capital. No solo porque la denuncia ha sido puesta hace cerca de un mes en Barcelona, sino porque el trámite es muy engorroso.O a veces el tema es de simple y rasa dignidad. Le pasó al diseñador de joyas Andrés Gallardo, a quien le resultaron demasiado familiares los accesorios que una colega suya, Ana Locking, había puesto en los cuellos y brazos de modelos en la reputada pasarela de Cibeles. Sí, son más que parecidos a los de Gallardo, dijeron conocedores de su obra, se diría que idénticos. Gallardo no demandó, apenas se quejó y dijo que dedicaría el tiempo de un potencial pleito a seguir creando, consciente quizás de que hay una delgada línea entre lo original y aquel “aprovechamiento artístico” que le sirvió a Cela, a su espíritu, para librarse de un infierno, el de la condena del plagio.

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