Oda al enriquecimiento, crítica a película Joy
Joy, el nombre del éxito es una de esas odas comerciales que adoran ver los estadounidenses sobre sus héroes modernos: aquellos que superan todas las adversidades y que se convierten en millonarios dignos de imitar.
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7 de feb de 2016, 12:00 a. m.
Actualizado el 20 de abr de 2023, 11:12 p. m.
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Joy, el nombre del éxito es una de esas odas comerciales que adoran ver los estadounidenses sobre sus héroes modernos: aquellos que superan todas las adversidades y que se convierten en millonarios dignos de imitar.
Esta es la historia de una niña que soñaba con ser inventora, pero al crecer se convirtió en madre trabajadora, hija abnegada y ex esposa solidaria.
Nada de aquello, que tanto soñaba, se hizo realidad. Al menos por un tiempo, 17 años en realidad, hasta que un día todo cambió. Tuvo la oportunidad de sacar adelante un invento, que a muchos les pareció necesario y se convirtió en una mujer exitosa, millonaria y muy feliz.
Esto que parece un cuento de hadas podría ser también la anécdota perfecta que animara una conferencia de superación personal, pero es en realidad una historia real protagonizada por una mujer llamada Joy Mangano.
Lo increíble de todo no es la inspiradora aventura, sino lo que ronda alrededor de esta producción, quiero decir, ese aroma a discurso motivacional que impregna la narración desde sus primeras escenas hasta que corren los créditos finales. Cierto es que el cine se alimenta a veces de personajes reales, pero de ahí a que una vendedora de trapeadores por televisión debería ser la protagonista de una película, hay mucho
Pensemos entonces en mujeres cuyas vidas han sido llevadas al cine. Dejando por supuesto de lado a las artistas, cantantes y políticas, nos quedan en el abanico otras que desde sus roles de madres, hermanas o hijas generaron alguna revolución en su contexto y época.
Las vidas de mujeres que son recordadas en su altruista labor de luchar y ganar millonarias demandas contra empresas contaminantes (Erin Brockovich, 2000, protagonizada por Julia Roberts) o de otras que han superado los prejuicios sociales por ayudar a los demás (Un sueño posible 2009, protagonizada por Sandra Bullock).
En este escenario, resulta necesario preguntarse qué atractivo habrá encontrado el director David Russell en esta mujer para convertirla en el argumento de su película. El director, quien en 2012 hizo El lado positivo de las cosas teniendo buena acogida del público y la crítica, la ubico entre las favoritas en el 2013.
Ahora, sin embargo, la propuesta de Russell parece haber empezado a perder el brillo. La repetición del elenco encabezado por Jennifer Lawrence, Robert De Niro y Bradley Cooper no deja de evocarnos aquella familia que pudo causarnos simpatía en su propósito de ayudar al hijo loco de El lado positivo .
Ahora con Joy el nombre del éxito asistimos de nuevo a una escena familiar que si bien no es la misma, en tanto que aquí existen otros personajes en conflicto, comparte con su antecesora una repetida moraleja de que la familia todo lo puede.
En ese sentido poco efectivos resultan los intentos de Russell por hacernos ameno el muy sufrido periplo de una mujer que se sobrepone a los obstáculos y crece como personaje y se empodera frente a una familia que la considera medio tonta.
Un momento: ¿Una mujer buena que se enfrenta a las dificultades de la vida y al final sale adelante? ¿Acaso esto no nos suena a telenovela?
Pues bien, hablemos con evidencias: durante la película, Joy jamás reniega de su condición de madre separada, nunca se manifiesta cansada de ser la única que aporta en su hogar, tolera con amor y abnegación a una madre indiferente que nunca pudo superar la separación y se la pasa tendida en su cama viendo telenovelas.
Además tiene por cómplice y confidente a su abuela, que la apoya y anima a no renunciar a sus sueños. Así como lo hace la nana en las novelas mexicanas o la mejor amiga en las colombianas. Como si esto no fuera suficiente, Joy es una madre ejemplar, una buena amiga y por supuesto jamás le da la espalda a nadie que la necesita. Y si lo analizamos bien, esta descripción podría corresponder a cualquier protagonista de un culebrón.
Sin embargo, el agotamiento que puede producirnos esta película no radica nada más en el modelo melodramático que maneja desde su guión, sino el exceso de obviedad que marca la historia desde su comienzo.
Es fácil suponer, desde el arranque, que esta será otra historia de final feliz, de esas que tanto pueden emocionar al público que se conmueve con las telenovelas de la vida real. Nada para rasgarse las vestiduras, ni más faltaba. Las emociones son necesarias para quienes están tras las narraciones y quien las observan agradece el gesto de conmoverse.
Pero Joy es una sufrida de la protagonista. Así las cosas esta producción nos exige paciencia para asistir a una historia que, de entrada, sabemos dónde va a terminar.
* Docente Universidad Autónoma.
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