‘Di su nombre’, la historia de una felicidad interrumpida

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‘Di su nombre’, la historia de una felicidad interrumpida

Julio 15, 2013 - 12:00 a. m. Por:
Catalina Villa | Editora Gaceta

Un cuarentón solitario, excorresponsal de guerra, vaga de bar en bar sin rumbo fijo mientras acumula un historial exuberante de amoríos. Eso hasta que conoce a la mujer de su vida. Aura, se llama. Tiene nombre de novela. Entonces se casan, sonríen, hablan de tener hijos. Eso hasta que una ola en el Pacífico mexicano se la arrebata, este es el eje de la historia de ‘Di su nombre’ la novela del escritor Francisco Goldman.

Basta leer unas cuantas páginas del libro para querer entrar a Google y digitar su nombre y conocer de una buena vez a esa mujer. Aura Estrada. Entonces aparece una joven bajita, de ojos negros, que sonríe a la cámara. Una foto en blanco y negro sobresale por encima de todas: está vestida de blanco, con una botella de tequila en la mano mientras abraza a un burro atado a un lazo; luce radiante. En el otro extremo un hombre mucho mayor que ella también sonríe. Es el día de su matrimonio. Un instante de felicidad congelado para siempre. Un instante de felicidad que, para ellos, duró poco más de dos años. Aura murió el 25 de julio de 2007. Aura. Tenía nombre de novela.Oficio de escritorHijo de un judío estadounidense y una guatemalteca, Francisco Goldman supo desde siempre que quería ser escritor. Siendo muy joven empezó a escribir cuentos que enviaba a revistas como Esquire. Y los cuentos, de amor, eventualmente eran publicados. Eso alimentó su idea de ser novelista. Pero, antes que eso, Francisco tendría que pagar una suerte de ‘servicio militar’ literario. Luego de una visita a su familia de Guatemala, Goldman se convirtió en corresponsal de guerra en Centroamérica para Harper’s y The New Yorker. Y entonces la tuvo difícil.Corrían los años 80. Eran tiempos de exterminio. Ríos Montt a la cabeza. Eso que se suele recordar como el genocidio maya. Hay quienes aseguran que Goldman fue el único que escribió algo coherente alrededor de la muerte del Obispo Juan Gerardi, ese defensor de derechos humanos asesinado a golpes “por fuerzas oscuras del gobierno” al haber sido capaz de darle nombre y apellido al horror guatemalteco. Los hechos los narró en ‘El arte del asesinato político’, un ensayo en el que Goldman ejerció no solo de escritor, dice Jon Lee Anderson, sino de “detective ético y veraz”. El libro ganó el Premio Censorship’s Freedom of Expression.Pero Goldman se cansó de la muerte. Y entonces se dedicó a escribir novelas. Publicó ‘El esposo divino’. Dio clases de literatura en la universidad. Se entregó a ese circuito de conferencias literarias, tragos ocasionales, amores furtivos. Eso hasta que se encontró con la vida. Es decir, con Aura. O quizás sea mejor decir que se encontró con la muerte.“(Hola, soy tu muerte. Hola mi muerte)”.¿Quién era Aura Estrada? Siempre con la sombra a cuestas de haber sido abandonada por su padre, Aura fue criada por su madre, una mujer de clase media que se empleó como secretaria de la Universidad Nacional Autónoma de México para hacer lo que toda madre quiere: sacar a su hija adelante. Quizás más que eso. El éxito profesional de su hija se le convirtió en una obsesión. Luego de graduarse en literatura de la Unam, Aura se paseó con éxito por las universidades de Texas y Brown y Columbia. Y entonces soñó con ser escritora. Fue justamente en Nueva York en donde conoció a Francisco Goldman, un hombre que casi le doblaba la edad: 23 años de diferencia. Para él, encontrarla fue eso que muchos llaman amor a primera vista. Fue “la chica latinoamericana de mis sueños pero diez años más tarde”.Fueron cuatro años de una relación “que ambos disfrutamos muchísimo a pesar de nuestra diferencia de edad que, en realidad no nos preocupaba tanto”. Una relación que se mantuvo a pesar de la oposición de la madre de Aura, quien no vio con buenos ojos esa unión. Quizás intuía que nada bueno podía resultar de ella.TragediaLa muerte llegó en forma de ola. Era el verano de 2007 y ambos, como lo habían hecho tantas veces, llegaron a la playa, en Oaxaca, en la costa Pacífica mexicana. Él solía practicar ‘body surfing’, un estilo de surf que a cambio de tabla utiliza el cuerpo. Atraídos por las olas, entraron al agua. Él salió invicto de la faena acuática. Aura no. “Estaba flotando, totalmente inmóvil, con el rostro hundido en el agua...”.La fuerza de la ola, la misma que minutos atrás Aura había declarado como suya, le había partido el cuello y la había enviado, inmóvil, de regreso a la playa. Lo que siguió fue la angustia que se apoderó de los bañistas, el pánico en el rostro de Goldman, la gente gritando que no la movieran, la ambulancia que se tardó en llegar para llevarla mucho después, al hospital de Pochutla, un diagnóstico desolador. - ¿Voy a morir mi amor?, le preguntó Aura a Francisco.- Por supuesto que no, le contestó él.Inmediatamente después de la muerte de Aura, Francisco Goldman cayó en una depresión profunda que lo llevó, a su vez, a refugiarse en el alcohol y el sexo. Ahogando su voz en los bares y coleccionando conquistas de una noche, Goldman vivió literalmente en estado de juerga durante seis meses. Solo un accidente, en el que un carro lo atropelló y casi lo mata, le hizo repensar las cosas. Fue entonces cuando decidió escribir un libro.‘Say her name’ fue publicado en Estados Unidos y a finales del año pasado fue traducido al español y publicado en México y España por la Editorial Sexto Piso. El libro, ‘Di su nombre’, llegó este año a Colombia.¿Sirve un libro para hacer un duelo? pregunto. Goldman dice que no sabe. Dice que, más bien, para él fue una forma de negar la muerte. “Un amigo me dijo que solo cuando terminara de escribir la novela el duelo iba a comenzar. Y tenía algo de razón en eso. Porque cuando lo escribía recordaba todo lo que habíamos hecho juntos, tenía sus objetos a mi alrededor, leía sus diarios. Era revivirla, era negar su muerte. Ya, a través de los años, quizás el libro sí ayuda, porque estoy contento con la recepción que ha tenido entre la gente que conocía a Aura y porque siento que cumplí con un deber que tenía con ella y conmigo mismo. Eso me deja tranquilo”.El libro, una suerte de autobiografía de 430 páginas, narra no solo la vida de Aura desde su niñez hasta su muerte, sino que cuenta la vida del mismo Goldman, un hombre que, al igual que ella, creció en un hogar disfuncional. “No me parecía justo escribir intimidades de la vida de Aura sin contar las mías. La difícil relación que ambos teníamos con nuestros padres nos unía. Así que hablar sobre mi familia era de cierta manera un espejo en relación con ella”.Goldman cuenta en el libro la relación posesiva que tenía la madre con su hija, y de cómo la primera lo acusó de haber sido él el culpable de la muerte de Aura. “Si hubiera estado en el lugar de Juanita (la madre), yo también habría deseado que me condenaran a vivir entre rejas, pero no por las razones que ella y su hermano dieron”, se lee en el libro. Hoy, seis años después, las heridas parecen haberse cerrado. En medio de un extenuante verano, Francisco Goldman escribe. Tiene en camino dos novelas simultáneas de las que prefiere no hablar mucho, pero suelta que una es de ficción y la otra, autobiográfica. “Es sobre mi relación con Ciudad de México. No sé si será una novela o un texto largo o una serie de crónicas. Lo que sí puedo decir es que es una especie de secuela de ‘Di su nombre’”.Será publicada este año. Eso cree.Con la voz serena, Goldman, quien junto a un puñado de amigos creó el premio literario Aura Estrada para estimular a escritoras mexicanas menores de 35 años -que ya va por su tercera edición-, dice que solo hasta el año pasado logró superar el duelo. “Yo enfrenté todo lo que tenía que enfrentar de la manera más honesta, no intenté esconderme de nada. Fue una lucha dura, pero al fin lo logré. Porque después de todo, creo que hay que amar la vida. Y ser fiel a tu oficio, porque al final, el oficio es lo único que tienes”, dice.Quizás por eso Francisco sigue escribiendo. También ha vuelto a frecuentar a sus amigos. Y hace poco se enamoró de nuevo. Está feliz, dice. La vida sigue.

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