Celia Cruz sigue siendo la Reina Rumba de Cali

Celia Cruz sigue siendo la Reina Rumba de Cali

Julio 23, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Por: Lucy Lorena Libreros ! Periodista de GACETA
Celia Cruz sigue siendo la Reina Rumba de Cali

Cali le rinde homenaje a la reina de la salsa, fallecida hace una década.

La ciudad no recuerda a Celia Cruz diez años después de su muerte, simplemente nunca la ha olvidado: desde los tiempos en que la Sonora Matancera llegaba a Cali con su voz grabada en discos de acetato, la Guarachera de Cuba se quedó para siempre en nuestra memoria musical. ¡Azúcar!

Esa voz... Aquella mulata cantaba y desplegaba más sentimientos de los que podía caber en una vida entera. Usted oía esa voz, esa voz tan espesa, tan afinada, y no quedaban dudas de que esa negra guardaba un sol en la garganta. “Era impresionante”. Quien lo dice con notoria emoción es don Olimpo González, un caleño de 68 años que se recuerda a sí mismo como un cortero de caña de no más de 25 por los días en que vio a Celia Cruz cantando, una tarde, en un carnaval de Juanchito. Era la mismísima Celia de la Sonora Matancera que don Alfonso, su papá, solía escuchar con devoción, como tantos otros caleños raizales, en los solares de los viejos barrios de Cali. La misma cubana que dejaba resbalar en las cantinas sórdidas del Obrero y el San Nicolás el trueno de una música vestida de guaracha y de esos boleros poderosos que astillaban corazones. Celia Cruz cantaba y, sin saberlo, ayudaba a descargar el alma de tantas palabras de amor que permanecían atoradas en secreto: “...Dile a tu nuevo querer, que no hay nada que temer, porque hace ya mucho tiempo que te borré de mi mente”... Don Olimpo evoca ahora esa época luminosa caminando por la Calle 23 del barrio Obrero, en el que aún vive con uno de sus seis hijos. Ataviado con zapatos amarillos bien lustrados, como dispuesto para una rumba tempranera de antaño, cuenta que aquella primera vez que vio a Celia Cruz sobre una tarima no quería que el asunto se acabara. “Estaba como hipnotizado”. Así que don Olimpo solo se fue de Juanchito cuando la brisa del río Cauca barrió del lugar las últimas cenizas de la descarga de sones y guarachas que quedaron tras esa memorable presentación, por allá en los años 60. Desde entonces, como muchos otros caleños de varias generaciones, don Olimpo nunca sacó a Celia Cruz de su banda sonora. La cubana, como el ‘azúcar negra’ de su canción, supo quedarse en Cali “en la lluvia, en la hierba, estoy en la nube y la piedra”. Y llegó La Sonora La historia dirá que el espíritu musical de esta sultana pachanguera está finamente tejido sobre la voz de la mujer que el mundo después conocería como la Reina Rumba y de cuya muerte se cumplieron diez años esta semana. La tarde del 16 de julio de 2003, el mundo se enteraba de que la cubana que hizo de ¡Azúcar! el pregón más famoso de la salsa, había fallecido en su casa de Fort Lee, Nueva Jersey, a los 77 años. La noticia llenó también de tristeza a muchísimos caleños. Es que el romance de esta ciudad con la Guarachera de Cuba cargaba más de medio siglo a cuestas. Los sonidos de Celia y la Sonora Matancera comenzaron a llegar a Cali en forma de discos de acetato en los años 50, después de viajar por el océano a bordo de buques de la Flota Mercante Grancolombiana, en medio de telas y cajas de wihsky. Esa música atracaba primero en Buenaventura y después emprendía un largo recorrido sobre el Ferrocarril del Pacífico que la hacía atravesar la cordillera para hospedarse, después de varios días, en bailaderos y lupanares de la Carrera 15 y la 8, en pleno centro. El corazón de la Cali de entonces. Apenas una década atrás, tal como lo cuenta Orlando Montenegro, un coleccionista barranquillero que vive en Cali desde hace más tres décadas y edita en esta ciudad la revista ‘Melómanos-Documentos’, la capital del Valle se había empeñado en espantar los acordes de bostezo de los bambucos, zarzuelas y guabinas que se escuchaban en fiestas familiares y grandes salones.Lo hizo para permitir el ingreso triunfal del mambo, el guaguancó y el cha cha chá, pero sobre todo de un ritmo con el que se comenzó a escribir nuestra historia con la buena rumba: la guaracha. Antigua y perfumada de Cuba, pronto la guaracha caló en el alma de los barrios más populares, de la clase obrera, esa que construía, barrio a barrio, la gran ciudad en que se convertiría Cali mucho después. Y estos ‘caleños’, claro, casi todos campesinos o hijos de campesinos que habían sido expulsados de sus tierras por culpa de la violencia política o que llegaron de las entrañas del Pacífico para trabajar en las fábricas de Cali y de Yumbo, fueron los primeros en acoger la propuesta de la Sonora Matancera, una orquesta que apostaba por una música más antillana, más gozona, más del cuerpo y la piel, más pagana. “La Cali de entonces, sobre todo las clases altas, escuchaba a Pacho Galán, a Lucho Bermúdez, la Billos y Los Melódicos, pero en los barrios populares fue la Sonora la que tuvo más acogida porque permitía gozar sin las formalidades de los elegantes salones de baile”, explica Orlando Montenegro. Fue, y eso también lo contó la historia, la génesis de lo que un par de décadas más tarde se conocería como el movimiento salsero que le dio a Cali su más grande identidad cultural. Los que aún viven para narrar los recuerdos musicales de esos años lo repiten como una lección aprendida para que a los demás no se nos olvide: desde la década del 50, los nombres de Cali y de la Sonora Matancera jamás volvieron a escribirse por separado. Uno de ellos es Pepe Valderruten, el caleño que más conoce sobre la agrupación que fundara en Matanza Valentín Cané, en la Cuba de los años 20. El hombre detrás de un espacio radial que acaricia cada sábado el corazón de melómanos nostálgicos: ‘Cita estelar con la Sonora Matancera’.Para Pepe la razón por la cual Cali acogió a la agrupación con tanto fervor “fue la calidad vocal de sus intérpretes, de Daniel Santos, de Bienvenido Granda, de Leo Marini, de Carlos Argentino, de Miguelito Valdés, de Nelson Pinedo, de Myrta Silva y, por supuesto, de Celia Cruz. Ninguna era mala”. Lo que proponía aquel grupo era “melodía para el ‘pachuco’ bailador, para el bailarín de pueblo, que fue la génesis del bailarín de barrio que se convirtió en ícono de Cali”. Eso asegura Óscar Cardozo, melómano caleño que atesora en su casa del barrio La Base varios de los mejores álbumes de la discografía de Celia. “Su propuesta musical suprimía el saxofón, los trombones y las flautas y dejaba como protagonistas a las trompetas. Ese es el formato al que llamamos ‘sonora’ y el que inspiró a muchas orquestas de salsa de Cuba y Puerto Rico que nacieron después”, dice. El primer encuentro de Celia con Cali se daría en 1954. Lo cuenta Umberto Valverde, periodista que durante años, después de verla presentarse en el Teatro Blanquita de México, persiguió a la Guarachera de Cuba para luego, en 1983, publicar ‘Reina rumba’, novela con tintes de biografía que ya va por su séptima edición y más de 500 mil ejemplares vendidos. De eso hace ya 30 años. “Celia llegó a Cali cuando empezaba a cantar con la Sonora”, explica Valverde. Y eso fue muy significativo en una ciudad como la nuestra que recogió la música cubana, a través de la radio y el cine mexicano; toda la década del 50 fue dominio de la Sonora Matancera en Cali”. La 'mulata china'. El escritor Medardo Arias cree que la conexión que cultivó Celia Cruz con la Cali popular se debe principalmente a los orígenes mismos, muy humildes, de la artista. “Todos en Cali sabíamos que su voz, esa voz detrás del ‘Yerberito moderno’, de ‘Caramelo a kilo’, de ‘Bemba colorá’, ‘Guantanamera’ y ‘Burundanga’, esa voz diamantina, de tesitura fresca y muy alta, era la de una negra cubana que se había criado en el ambiente del humilde barrio de Santos Suárez donde nació”. Era el mismo ambiente, reconoce Medardo, de los suerteros (vendedores de lotería), las modistillas, los boxeadores sin fortuna y los cubanos pobres que interpretaban trompetas chinas en el festival de Santiago y el jubileo de las mojigangas. “La suya no solo era una voz que les llegaba al alma a los caleños populares, era una voz que parecía casi un instrumento más de las orquestas con las que cantó. Esa voz salía de una ‘mulata china’ —como la llamaban los cubanos por tratarse de una ‘negra clara y de ojos rasgados— dueña de una figura alta y esbelta, que se semejaba a la de las bailarinas del ballet del cabaret Tropicana”.Y luego estaba su risa, y su alegría, y la pimienta que dejaba escapar en cada comentario encima y detrás de los escenarios. Ese rasgo es el que más recuerda Eduardo Márceles Daconte, escritor de Aracataca, autor de ‘Azúcar’, una de las biografías más completas de Celia Cruz. “Ella disfrutaba mucho sus visitas a Cali porque reconocía en los caleños la misma alegría de los cubanos. Y eso le encantaba. Simpática y con un humor a flor de piel, tenía siempre una respuesta original para cada pregunta”, dice Eduardo. En una ocasión— recuerda el escritor— cenando en casa de José Pardo Llada, su amigo y compatriota exiliado le preguntó en qué gastaba tanto dinero que ganaba, pues ella era una de las artistas mejor pagadas de la salsa. Celia, en medio de carcajadas, respondió: “en pelucas hijo mío, en pelucas. Me he gastado una fortuna en pelucas, sino lo hiciera no las tendría en todos los colores y todos los estilos”. Tal vez por ello nuestra ciudad fue, después de La Habana y Nueva York, en orden de importancia, la más visitada por la Sonora Matancera. Valverde recuerda que, aún con la Sonora, Celia repitió concierto en 1971 en la Plaza de Toros por los días en que la ciudad respiraba civismo con los Juegos Panamericanos. Tiempo después, ya con la Fania All Stars, arribó a Cali en dos ocasiones más; la primera, en 1980, de la mano del polémico empresario Larry Landa, que también la presentó en su discoteca Juan Pachanga, de Juanchito, y la llevó de gira por Bogotá y Barranquilla. Y después, en 1996, en un concierto que hizo historia en el estadio Pascual Guerrero. “Al día siguiente de ese último concierto, recuerda Valverde, Celia se despertó en un hotel asediada por toda la prensa, porque alguien había publicado en Nueva York que había muerto. Enterada del inoportuno rumor, ella les respondió a los periodistas en Cali, en medio de risas: “Será muerta, pero de la risa”.Lo de morirse de veras ocurrió 8 años más tarde. Pero Medardo Arias está seguro de que ni siquiera en ese momento Cali asumió la pérdida de la Reina Rumba. “Es que nunca la ha olvidado. En un comienzo nos enamoró con la Sonora, pero después, cuando se unió a Johnny Pacheco, se encargó de hacernos bailar éxitos como ‘Bemba colorá’, pero llevados a la salsa. Y así lo había logrado ya cuando grabó con Tito Puente y con Willie Colón. Y su música seguirá sonando. Siempre será nuestra Reina Rumba”.

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