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La 'vajilla' comestible que creó un caleño para ayudar al planeta

Mayo 03, 2020 - 07:55 a. m. Por:
Jorge Enrique Rojas - Reportero de El País

Carlos Llanos, emprendedor de platos comestibles,

José Luis Guzmán/ El País

La de Carlos Llanos es una de esas historias que comienzan con un niño caminando de la mano de su padre. Tenía 10 años y su papá era mecánico industrial, cuando lo acompañaba a todos lados. Juntos salían a reparar motores dormidos y máquinas gigantes, como dinosaurios en agonía a los que les devolvían el resuello. Una vez su papá se apareció en la casa con una vieja fotocopiadora en desuso; un armatoste que pacientemente desintegraron para darle vida con sus repuestos a un carro de balineras que se convirtió en el mejor carro de balineras de Comuneros II, el barrio donde al oriente de Cali vivía la familia. Mientras los demás carros necesitaban de la habitual propulsión humana para ser una entretención vertiginosa, el de Carlos era eléctrico: “Le pusimos un inversor para que trabajara con la batería”, recuerda al celular.

Ahora ese niño tiene 39 años y es el fundador de una empresa que desde el 2019 comenzó a producir una singularidad que urge el planeta: platos comestibles. Hasta donde sabe, solo en Polonia existe otro invento de la misma línea, pero aunque es un desarrollo muy bien tecnificado, un cliente de Carlos dice que el sabor es un poco amargo. Los made in Colombia saben a oblea. Están hechos de harina de trigo y su proceso de cocción dura en promedio tres minutos y medio por cada utensilio. La empresa de Carlos se llama Maquinnovación, y además de pequeñas ’vajillas’ que se comen, también fabrican obleas y cucuruchos. Esa es su base productiva. Sin embargo sus próximos proyectos, o al menos los que están en el plan, son un ahorrador de combustible para autos y motos, y un kit casero para que cualquiera pueda moldear ladrillos y levantar paredes, o arreglar muros de forma autónoma y más económica.

El cerebro detrás de todas estas creaciones no tiene ningún título universitario resguardado bajo una placa de vidrio. Aunque se matriculó para estudiar ingeniería mecatrónica, en tercer semestre Carlos se aburrió con tanta teoría y tan poca práctica en función de pensar soluciones para problemas o urgencias, que era su motivación para ir a la universidad. Así que habló con un profesor que lo dejó asistir a talleres de programación y robótica de último año, hasta que un tiempo después abandonó. Para pagar la deuda con el Icetex, o al menos sobrevivir en el intento, conseguía los trabajos posibles: estuvo empleado en Dancali, haciendo helados y paletas, y luego fue contratado como bodeguero en Imporinox, una importadora de acero. Más o menos por esa época entró al Sena.

Con ese empleo llegó a la mitad de una tecnología en mecatrónica. El segundo tramo académico consistía en una práctica empresarial que no hizo. Le pidió a su jefe un préstamo de 16 millones de pesos para darle cuerpo a una máquina que llevaba tiempo diseñando y se retiró del Sena. Siendo niño, cuenta Carlos, su papá había construido un mecanismo para hacer obleas y cucuruchos, que instaló en el patio trasero con la finalidad de que mamá lo trabajara y se hiciera unos pesos.

Lo que ocurrió de esa forma, aunque no por mucho, en consecuencia de las dificultades operativas del invento. Era un aparato duro y pesado no exactamente destacable por su maniobrabilidad. Pero sobre esa base Carlos estaba seguro de que lograría un desarrollo que automatizara el proceso yendo mucho más allá de los moldes de harina. Así que invirtió toda la plata y armó la máquina de sus sueños. Pero la máquina no funcionó…

¿Qué pasó entonces?

La desbaraté siete veces, hasta que la máquina empezó a trabajar. La idea mía no era vender cucuruchos sino vender la máquina. Tener una unidad productiva para que quienes tuvieran ese negocio fueran a mi casa, la vieran trabajar y que se interesaran. Todo eso estaba en la casa de mis papás. Era 2004 y yo tenía 24 años.

¿Al cuánto tiempo la vendió?

A los seis meses. Un señor me dijo que quería esa, y esa le vendí. En la vida nunca había ganado 16 millones. Le pagué a mi jefe y le pedí que me prestara para otra. Entonces hago la máquina, y otra más, pero luego todo se queda quieto, colgado, colgado, y ya había empezado a invertir en el negocio. Un día en el 2008 ya no pude más y decidí devolverme a la tierra. Mis papás son de San Agustín, Huila.

¿Qué se puso a hacer?

Había dejado las cosas en manos de Dios. Yo tengo un hijo y para poder pasarle la cuota tenía que trabajar en la calle, vender conos y obleas afuera de los colegios. Entonces me fui a coger maíz y estaba en esas cuando me llamaron para pedirme otra máquina. Ahí me regresé y ya van 35 máquinas vendidas en Colombia.

En casi todos los emprendimientos hay una montaña rusa, ¿usted tuvo la suya?

Hoy somos la empresa más fuerte del sector en Colombia. Ya exportamos a México, Panamá, Costa Rica y Estados Unidos. La empresa sigue quedando en la misma casa donde vivían mis papás: tumbamos piezas, cocina, baños. Era una casa pequeña y ya vamos para el cuarto piso. Pero hubo un punto en que todo se frenó. Empezamos a tratar de reinventarnos vendiendo accesorios y complementos para nuestros equipos, pero la venta empezó a mermar en general.

¿Y ahí cuál fue el camino?

Entramos al programa Valle Impacta, de la Cámara de Comercio, que es de aceleración. Ellos tienen un grupo de mentores, el grupo Crece. Pensaba que la solución era exportar más, pero ellos me recomendaron poner mi propia planta de obleas y conos para tener un flujo de caja diario. De modo que lo hicimos y las ventas de conos y obleas dispararon nuevamente la venta de máquinas.

Andaba en esas cuando el planeta le habló… ¿Fue más o menos así?

Sí. En noviembre del 2018 me fui una playa de Buenaventura de paseo. Cuando me puse a nadar, empecé a recoger basura con un grupo de amigos y el primer día fueron casi cinco tulas. Al da siguiente fue igual.

Pensé que si el hombre no iba a cambiar, había que cambiar otra cosa. Cuando llegué a la casa se me ocurrió hacer un plato en forma de oblea. Inicialmente no lo imaginé para la gente. La mayoría de basura en el mar eran platos y vasos desechables, de modo que yo pensaba en hacer recipientes que sirvieran de comida a los peces. En enero del año pasado presenté el proyecto al grupo de mentores de la Cámara de Comercio, lo vieron viable, y el 8 de junio de 2019 tuve listo el primer plato.

¿Cómo ha evolucionado la vajilla desde ese momento?

En septiembre terminamos la planta, y hoy en total hay doce personas trabajando. Si alguien no puede comer harina por el gluten, ya tenemos platos de harina de arroz. Tenemos platos para sopas y vasos que resisten líquidos por 30 minutos. Y estamos desarrollando el recipiente para domicilio.

¿Qué se puede comer en ellos?

El plato pando es más crujiente porque no va a resistir tanta humedad, y grueso como para que por lo menos aguante 400 gramos de comida. El de sopa es más espeso. Realmente yo no hice los platos pensando que nos los vamos a comer por completo, aunque es posible. Hay gente que les da uno o dos mordiscos y ya, a diferencia de los niños. En colegios hemos hecho demostraciones y se lo acaban, no dejan nada.

¿A dónde han llegado sus platos?

España, Israel, Francia, Canadá. En algunos casos, por personas que se han enterado de la iniciativa y han viajado hasta Cali para comprar los platos y llevárselos.

¿Por qué tiene ese compromiso ambiental? ¿No era más fácil seguir haciendo obleas?

Mi mamá y mi abuela me trajeron siempre a la finca, en el Huila, de donde son ellas. Ahora estoy pasando cuarentena acá, porque todo esto me agarró acá. Acá se siembra, acá se respetan los animales, el amor por la tierra me lo inculcaron acá desde niño. Y también está el hecho de ser padre, que me motiva a dar ejemplo.

¿Con la creatividad se nace?

Cada uno es creativo para algo. Yo se inventarme mecanismos, pero no sirvo para crear otras cosas. Lo importante es que cada uno descubra para qué es fuerte y lo disfrute. Cada uno tiene un espíritu que debe descubrir, ahí está el detalle. A veces el sistema te ocupa tanto que tú no te conoces. A veces hay que estar en dificultad, porque la necesidad te ayuda a pensar de otras formas.

¿Qué quería ser de niño?

Piloto o fabricante de aviones.

¿Y ahora?

Ahora estoy en un proyecto sobre el papel con el que esperamos poder mejorar la movilidad de los vehículos que consumen gasolina para que puedan empezar a ahorrar el 60% de combustible. Quiero hacerle un buen nombre a la empresa, dejar huella, con eso sueño. Un caleño que puso su grano de arena.

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