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La guardiana que ayuda a proteger a la comunidad Inga para que no llegue el Covid-19

Mayo 17, 2020 - 03:39 p. m. Por:
Por Meryt Montiel Lugo, editora de Domingo

La estudiante de tercer semestre de Trabajo Social de la Universidad Santiago de Cali Jessika Espinoza Chasoy presta el servicio voluntario como integrante de la guardia indígena, en turnos de ocho o doce horas varios días a la semana. Generalmente se le ve cordial, pero fuerte de carácter.

Especial para El País

Es llorona y sentimental, por eso Jessika Liseth Espinoza Chasoy considera que para ser integrante de la guardia indígena que vela porque en el alto Putumayo no entre el virus Covid-19, “se necesita tener el corazón muy duro”. Si alguien pretende llegar a ese departamento y no trabaja en alguna de las 41 actividades exceptuadas por el Gobierno para el aislamiento preventivo obligatorio, que les da vía libre para movilizarse por calles y carreteras del país o si es una persona que tiene síntomas de la enfermedad, no puede pasar.

“Es muy duro tener que decirle a la gente ‘lo siento, pero tiene que devolverse porque aquí no entra, pues estamos protegiendo nuestras vidas y nuestro territorio”, dice compungida al otro lado de la línea telefónica, desde su casa en el municipio de Santiago, Putumayo, en el Valle de Sibundoy.

Una vez que fueron suspendidas las clases presenciales, esta joven de ancestro indígena, estudiante de Trabajo Social de la Universidad Santiago de Cali, emprendió junto a su hermano Carlos Sebastián Tisoy Chasoy, quien cursa odontología en el mismo centro educativo, una travesía de doce horas desde Cali para llegar a su pueblo y pasar la cuarentena con su familia y colaborar con su comunidad.

Por ser viajera, se comprometió no a 14 días de aislamiento obligatorio , sino “a 20, para mayor seguridad”. Y pronto se alistó como voluntaria en la guardia indígena inga MANOI KAUGSAIMANDA (que significa defensores del territorio y de la vida), conformada por 21 integrantes, todos mayores de edad, quienes hacen turnos de 8 o 12 horas en grupos de tres personas.

Ellos, ataviados con trajes típicos de su comunidad inga, tapabocas y sosteniendo sus bastones de mando, permanecen en Cascajo, un punto de una vía nacional en el alto Putumayo, muy cerca del puesto de control de los bomberos y el que la Policía Nacional comparte con personal de la Secretaría de Salud Municipal.

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Los controles están localizados a la entrada del municipio y ellos, como guardia indígena y autoridad civil en esta región ayudan a velar porque los vehículos que llegan desde Cali, Pasto y otras poblaciones del país, donde en su gran mayoría ya hay contagiados por el Covid-19, no tengan más de dos pasajeros. Y a estos, al bajar de los automotores, les piden cordialmente que se laven las manos con agua y jabón y se dejen desinfectar las suelas de los zapatos. También los “armonizan con un sahumerio” a base de eucalipto y otras plantas medicinales.

El eucalipto, por ejemplo, explica la joven de 25 años, “es un desinfectante, beneficia los pulmones y sirve para quitar las malas energía”. Muchos pasajeros terminan agradeciéndoles por esas acciones y hasta les solicitan dejarse tomar fotos con ellos.

Sin embargo, quizá, Jessika necesitaría un ‘remedio ancestral’, si lo hay, para ponerle duro el corazón ya que muchas veces ha llorado por lo que le toca presenciar. Como la vez que alguien de la guardia pilló que entre los bultos de papa de un camión venían escondidos cuatro indígenas del cabildo vecino de San Andrés, porque ya estaban cansados de tanto caminar.

Los hicieron bajar y un policía les impuso una multa. Había entre ellos unas niñas de 14 y de 17 años, vestidas “con licra de esas bien delgaditas”, con frío, con hambre. “Yo le decía al agente que no los multara, que la Gobernadora del Cabildo y los de la Secretaría de Salud se harían cargo de ellos, pero me decía que no, que habían incumplido la ley”.

Y se atrevió incluso a replicarle al uniformado, con base en la información que ella ya había obtenido sobre los indígenas viajeros: ¿Usted qué haría si lo echan de su trabajo, le dan $50.000 para que se vaya y que si no lo hace lo matan? Escuchar ese tipo de historias le ablandan el corazón porque “es como mirar en cualquiera de ellos a un tío mío, indígena, que se va a trabajar a otros lugares y podría regresar así, en esas condiciones”.

En otras oportunidades ha llevado comida o agua de panela o cafecito con pan a viajeros que llegan caminando, que se resisten a devolverse y permanecen por varios días en el lugar aguardando una ayuda, una solución. Con el ánimo de guardar las distancias a que obliga esta pandemia, ella o alguno de sus compañeros les dejan lo que les van a regalar en un sitio y luego de que se alejan, les avisan para que los caminantes se acerquen a recogerlas.

Entre la valentía y el miedo

Está consciente de que la responsabilidad que tiene ella y cada uno de sus compañeros de la guardia es grande: no exponer a ninguno de los suyos al enemigo número uno hoy de todo el mundo. Y siente miedo, no lo niega.

“El miedo es una emoción normal y propia de cada ser humano. Mi mayor temor es contagiarme y poner en riesgo a mis seres queridos, pero el compromiso con mi comunidad me lleva a tomar diariamente este riesgo. Pero es por ello que también tomamos medidas de protección y cuidado como lavado de manos frecuentemente, desinfección de áreas comunes, suela de zapatos y cuidados propios de mi cultura, como la armonización con sahumerio y la toma de yagé como sanación espiritual y de fortalecimiento”.

Aunque como guardiana le toque soportar largas jornadas de trabajo, bajo condiciones de intensa lluvia o frío, esta trigueña de 1,57 m de estatura, de ojos café y cabello castaño natural se gana la admiración de sus compañeros del voluntariado y de su comunidad en general.

Así lo corrobora el guardián indígena José Chane Ferney Arciniegas Mojonboy, quien la describe como una mujer fuerte, puntual, con carácter, líder, organizada, certera, amable y recochera.
“Ella es fuerte. A la 1:00 de la mañana uno la puede ver tranquila, estudiando o hablando por el celular con sus compañeros”.

Para mí es una guerrera, agrega el hombre de 28 años. “Una vez, en un turno, ya eran como las 5:00 de la madrugada y yo me estaba durmiendo como un caballo, parado. Y Jessika me dijo: ¿tiene sueño? Váyase para el carro, tranquilo. Y ella lo más de serena”, remata riendo.

Resalta Jose Chane que Jessika además de hacer guardia, colabora organizando los turnos, está pendiente de que los compañeros no fallen, les da ánimo para que cumplan, y que como tiene un automóvil “colabora subiendo y bajando al personal del grupo” y si se debe retrasar un poco por las obligaciones de la universidad se excusa.

Por fortuna, su rol como guardiana no ha sido obstáculo para su rendimiento académico. Su amiga de la universidad Laura Daniela Garzón asegura que a Jessika le va muy bien en sus estudios. “Ella es buena estudiante, le gusta participar y cuando hacemos tareas le gusta leer mucho”.

Laura Daniela se siente orgullosa de la labor social y de la forma de ser de su amiga. “Se siente orgullosa y le encanta que se sepa que proviene de una comunidad indígena, habla de su cabildo, de sus experiencias en su comunidad y en clase, cuando tocamos temas indigenistas, ella participa mucho, e incluso, muestra con orgullo los collares, pulseras, manillas típicos de su región. Ella los sabe hacer y yo hasta le he ayudado a ofrecerlos para que venda”.
Es tanto su deseo de ayudar a la comunidad inga de Santiago de Putumayo que Jessika ya tiene planeado que su tesis de grado sea un proyecto en el que combine sus dos profesiones: la Gastronomía, carrera que estudió en el Politécnico Internacional de Bogotá y el Trabajo Social.

Esta joven, también amante de los animales, sabe que las mujeres de su tierra cocinan muy bien, pero no cuentan con los medios necesarios para demostrarlo y sacarle provecho a nivel económico. Por eso desea que ese saber sea la base para un emprendimiento con el que puedan sostener a sus familias.

Orgullosa de su etnia

Con orgullo cuenta Jessika Liseth que los indígenas ingas de Santiago, Putumayo, aún conservan algunas de sus ancestrales costumbres, como celebrar el Año Nuevo en febrero o en marzo. Para ello hacen el Carnaval del Perdón, donde, ataviados con trajes especiales, salen a bailar recorriendo las calles y llegan a las casas y al cabildo. En este último sitio comen. “Cogemos flores y se las ponemos en la cabeza a las personas que queremos pedirles perdón si hemos cometido alguna falla contra ellas”.

Cuenta, además, que despiden a sus difuntos de manera diferente que en las ciudades. “Para nosotros el funeral es como una fiesta, se vela al muerto en la casa y se manda a matar gallinas, vacas, pero los familiares del difunto no pueden cocinar, ya que no deben cortar a los animales porque se cree que están cortando al difunto. Por eso la comida la hacen otras personas y los de la casa vigilan que se haga bien y están pendientes de que se sirva comida a toda la gente que llega.

A cada persona se le da su plato de comida, todas las noches, durante los tres días que se tiene velando al difunto. Y se canta y se toma”.

En inga

Jessika no habla inga como su mamá, la auxiliar de enfermería María Chasoy ni como su abuela, pero lo está aprendiendo.

Con amigos de la ‘U’ comparte términos inga como PAY: que significa gracias. PAY MAMITICA: gracias si es para una mujer y PAY SEÑOR: si es para un hombre. PUANGUECH Buenas. ALLISIA: para contestar el saludo. MANEMA: No. ARRE: Sí. SAMOY: venga. YAICOY: entre.

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