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Diversidad: siete colonias que le dan riqueza cultural a Cali

Abril 25, 2020 - 11:15 p. m. Por:
Hugo Mario Cárdenas López | Reportero de El País

En Cali coinciden más de 20 colonias del Pacífico colombiano. Su cultura, música y gastronomía hace parte de la identidad cultural de la ciudad.

Foto: Archivo El País

Un siglo atrás empezaron a llegar desde diversos rincones de Colombia los hilos, los rodillos y todas las partes del telar con el que se tejió este enorme tapete cultural, folclórico, gastronómico y artístico llamado Santiago de Cali.

Como piezas perfectas, en busca de mejores oportunidades laborales y una mayor oferta académica, miles de migrantes llegaron a la capital del Valle del Cauca desde los años 20 trayendo lo más representativo de su raza, cultura e idiosincrasia como aporte al alma y el progreso de esta ciudad.

La solidaridad de los granadinos, la pujanza de los marinillos y el deseo de superación de los nariñenses y caldenses, sumado al temple de los santandereanos, la persistencia de los tolimenses y la resistencia de los migrantes del Pacífico, entre otros, fueron cruciales para conformar la ciudad que tenemos. Una receta ganadora que tampoco habría sido posible sin la dosis perfecta de nobleza y hospitalidad que caracteriza al caleño.

Ninguna otra ciudad del país tiene franquicia de tantas festividades como el Petronio Álvarez, San Pacho, San Juan y San Pedro, el Festival del Cuy y muchos otros eventos culturales y patronales. Y no es solo diversión.

Las más de 40 colonias de emigrantes conformadas en la ciudad han hecho parte fundamental del engranaje que mueve la economía, el desarrollo y la diversidad de la capital del Valle.

Muchos de ellos convertidos en grandes empresarios y comerciantes que generan buena parte del empleo en la ciudad; pero también otros sectores que se han convertido en fuerza laboral en campos cruciales como la agricultura, la construcción, el comercio y la industria a todo nivel.

Razas y culturas amalgamadas en un mismo espacio geográfico y que no tienen más que agradecimientos con una ciudad que sin recelos ni egoísmo les abrió sus puertas y les permitió ser artífices de esta joya sin mejor nombre que el de la ‘Sucursal del Cielo’.

La solidaridad de los Granadinos

Con hogares conformados por 14 y 18 hijos, la emigración en los pueblos de Antioquia a inicios del Siglo XX no fue el impulso de un espíritu aventurero sino un asunto de simple supervivencia.

Muchos de esos arrieros salieron del municipio de Granada, en el oriente antioqueño, hacia el Viejo Caldas y el Norte del Valle para emplearse en fincas ganaderas y cafeteras.

Las páginas de su historia en Cali las empezaron a escribir, entre los años 40 y 50, Emilio y Francisco Quintero, Carlos Gómez, Jesús Zuluaga, Antonio Duque, Jesús Parra, Emilio Herrera y los hermanos Ramón, Horacio y Heriberto Alzate, entre otros, que llegaron al barrio Popular y a trabajar en negocios de abarrotes en Santa Elena y el mercado central, hoy la Plaza Caicedo.

El comercio se movió luego a la zona del Calvario y varios granadinos pasaron de ser empleados y vendedores ambulantes a convertirse, con sus ahorros, en dueños de tiendas, graneros y distribuidores de abarrotes.

“Yo tengo un dicho que parece chiste, pero es realidad; y es que lo primero que monta un granadino cuando llega a un lugar es una tienda para asegurarse la comida. No lo he validado en la historia, pero parece ser así porque todos llegamos a ese tipo de negocios”, señala Octavio Quintero, presidente de la Colonia Granadina.

El desarrollo en los años 70 desplazó el comercio mayorista del centro a las plazas de mercado como La Floresta, Alfonso López y Santa Elena.
El esfuerzo y la disciplina trajo prosperidad a sus negocios en los años 70 y 80, pero ya no encontraban en la ciudad mano de obra que soportara las jornadas extenuantes de los granadinos de 16 y 18 horas diarias.

Fue necesario importar capital humano desde Granada y llegó esa segunda generación conformada por hijos, sobrinos, nietos y paisanos a ayudar en los graneros, a bultear, empacar y trabajar en las bodegas.

De ese esfuerzo y sacrificio nació en 1986 el autoservicio Mercar y luego el Superinter, Mercatodo, Mercamío, La Gran Colombia, Mercaunión, Belalcázar, Cañaveral y las Galerías, entre otras, con la filosofía del autoservicio, precios bajos y poca burocracia.

“Esa segunda generación tenía capacidad de trabajo, entrega y dedicación; eran jóvenes que no terminaron el bachillerato porque los papás no tenían cómo darles estudio. Llega después de los 90 la tercera generación, que la mayoría nació en Cali y son jóvenes universitarios”, dice Quintero.

“Estamos fomentando también en ellos una filosofía de solidaridad, de gratitud y de devolverle a Cali todo lo que nos ha entregado durante tantos años, que nos abrió las puertas y nos acogió como uno más de sus hijos. Es nuestra patria chica y la defendemos donde nos toque porque es nuestro segundo hogar”, agrega.

La Colonia Granadina genera más de 25.000 empleos en la capital del Valle y es, como la llamó el exalcalde Rodrigo Guerrero, “la multinacional más importante que hay en Cali”.

Siloé, uno de los sectores más populosos de Cali, fue fundado en los años 30 por un grupo de mineros procedentes de Marmato, Caldas, que vinieron a ejercer su oficio en la capital del Valle.

Nariño vivió el 'sueño caleño'

De no haberse propagado la pandemia del coronavirus, este año la fiesta más importante de los nariñenses en Cali, Festicuy, se haría por decreto municipal.

Un detalle simple, pero que dimensiona la importancia alcanzada por la Colonia Nariñense en la capital del Valle, quizá la ciudad que alberga por fuera de su territorio al mayor número de los nacidos en la región del Galeras.

Amaime y el barrio Zamorano en Palmira fueron los primeros lugares en los que se asentaron hace 50 años los colonos traídos a trabajar en los ingenios, como cuenta Janeth Martínez, representante de esta colonia.

Vino entonces una especie de ‘sueño caleño’ para generaciones de nariñenses que quisieron llegar a Cali en busca de empleo. Muchos de ellos se ubicaron en el sector de Siloé y el Distrito de Aguablanca.

A cambio de la hospitalidad recibida, ofrecieron mano de obra en diversos oficios como la carpintería, la latonería y la mecánica automotriz.

De forma paralela llegó otro grupo de personas mayoritariamente de Pasto, La Unión, Sandoná, Policarpa, Samaniego, Túquerres e Ipiales en busca de una mayor oferta académica y otro segmento de profesionales contratados por empresas de la región.

Con ellos varios empresarios que se consolidaron en la economía local mediante actividades como la construcción de vivienda o de vías, la producción de carpas para camiones, el ensamble de carrocerías de ambulancias, la fabricación de colchones y la marroquinería, entre otros.

“No olvidamos nuestros ancestros ni de dónde venimos, pero vivimos muy agradecidos de esta tierra que nos ha dado nuestros hijos y nuestra profesión”, señala Janeth Martínez, representante de la Colonia Nariñense, una organización distinta al asentamiento del Distrito de Aguablanca que lleva el mismo nombre.

Junto a Festicuy, los nariñenses, quienes generan numerosos empleos en Cali y han escalado en todas las esferas de poder, celebran también la festividad de la Virgen de Las Lajas y la de las Mercedes.

En la capital del Valle hay 20 colonias procedentes del Pacífico que están legalmente constituidas. Entre ellas las de Tumaco, Barbacoas, Magüí Payán, Guapi, Timbiquí y Nóvita, en el Chocó.

Diáspora del Bajo San Juan

Hasta 1930 no hubo un país en el mundo con mayor producción de platino que Colombia. Los elevados precios en el mercado internacional pusieron a trabajar a marchas forzadas la ‘Compañía Minera Chocó Pacífico’, el mayor empleador en la región sobre el río Condoto hasta que el precio se vino a pique.

Al finalizar la actividad extractivista la compañía extranjera se fue y a la región del bajo San Juan solo le quedó el daño ambiental, la pobreza y el desempleo. Vino entonces esa primera migración de chocoanos hacia la ciudad de Cali y que dio paso a la llamada diáspora de la supervivencia.

“Desde que tengo uso de razón he visto a la gente del Chocó llegando a Cali. Recuerdo que una de mis tías junto con otra gente que vivía en Andagoya llegaron y se radicaron en Cali ejerciendo, especialmente, labores de salud”, relata Emilia Valencia, integrante de la Colonia Chocoana.

Producto también de la solidaridad y la unión de quienes llegaron a la ciudad en busca de oportunidades, en los años 80 se conforma quizá la primera organización denominada Comité Prounión de la Familia Chocoana, conformada en su gran mayoría por jóvenes universitarios.

De lugares distantes como el San Juan, Condoto, Andagoya, Itsmina y Quibdó, se trasladaron a Cali no solo esperanzas y sueños sino las más coloridas representaciones artísticas y culturales del Chocó.

“Como colonia tenemos actualmente una festividad emblemática que es la Fiesta de San Pacho, en homenaje a San Francisco de Asís. Primero se hacia en Buenaventura y luego se trasladó luego a Cali, pero también tenemos el Día de la Chocoanidad”, agrega Clemencia, quien dirige una organización de mujeres peinadoras para el rescate una actividad ancestral.

La Colonia Chocoana ha escalado todos los estratos de la sociedad caleña, desde el trabajo no calificado hasta el que obtuvieron muchos de esos jóvenes que llegaron a realizar sus estudios y se han destacado en la medicina, el derecho, la Rama Judicial, la docencia universitaria y la política.

El Chocó, entonces, es otro departamento, que ha dejado huella en este país chiquito que es Cali.

La violencia ha traído también oleadas de habitantes del Pacífico que encontraron en Cali no solo un lugar más seguro sino una mayor oportunidad
de crecimiento junto a sus familiares.

Profesionales Santandereanos

Es quizá la única colonia de emigrantes residente en Cali que, como dice la sabiduría popular, “llegaron en coche”.

Y en realidad no llegaron, los trajeron. Porque esos primeros santandereanos y nortesantandereanos que aparecieron en los años 50 y 60 en la ciudad hicieron parte de un grupo de profesionales que contrataron para trabajar en plantas industriales.

Era el auge de la Universidad Industrial de Santander y como lo recuerda Armando Amaya Gómez, representante de la Colonia Santandereana en Cali, fueron en su mayoría ingenieros industriales y de petróleos solicitados por empresas como Icollantas, Good Year y Lloreda Grasas, entre muchas otras.

Eran otras épocas y eran otras las circunstancias. Cali sería la última ciudad del país a la que habrían llegado los santandereanos de escasos recursos en busca de empleo y de oportunidades cuando bastaba cruzar la frontera para ir tras el anhelado ‘sueño venezolano’.

“Otros como yo llegamos a buscar la forma de estudiar y progresar en una ciudad diferente. De esa manera fuimos creciendo y hoy creo que somos unos 1300 santandereanos residentes en Cali y ubicados muchos en el ámbito jurídico con la Fiscalía, la Procuraduría y la Contraloría”, dice Armando Amaya, sangileño y quien es además propietario de un restaurante santandereano en el sur de Cali.

Se suma a ellos el grupo de destacados profesionales en el campo del derecho, la ingeniería y la salud que ejercen en la capital del Valle.
Muchos de ellos llegados, o descendientes de colonos que salieron de municipios como San Gil, Pamplona, Cúcuta, Ocaña, Convención, Bucaramanga, Socorro, Zapatoca, San Vicente y Barrancabermeja, entre otras localidades que ni se sabía que existían.

La idiosincrasia y la cultura les dio la oportunidad a los santandereanos de venir a trabajar en esta región y hoy en día hay varios de ellos en el sector de grandes industriales en el negocio del pollo, trailers para tractomulas, el calzado, la construcción, las manufacturas y el negocio de la salud.

“Yo podría decir que hay sinnúmero de cosas de las que nos sentimos orgullosos los santandereanos residentes en Cali, pero también tenemos que agradecerle mucho a esta ciudad por la forma en la que nos recibió y por todas las oportunidades que nos ha brindado”, reconoce el representante de la Colonia Santandereana, conformada hace 17 años, pero inscrita oficialmente hace nueve años.

El grueso de esos santandereanos residen en el sur de la ciudad y este año, si el coronavirus desacelera, se realizará por decimoquinta ocasión el Encuentro de la Colonia Santandereana Residente en el Valle del Cauca. Un evento al que han asistido en los últimos años entre 700 y 800 personas.

Al compás de presentaciones musicales, eventos culturales y delicias gastronómicas como un buen cabrito, tamales, mute, masato o carne oreada, entre otros, celebran su presencia en una tierra acogedora en la que nunca se han sentido extraños y con la que tienen fuertes lazos de hermandad.

El sonar del bunde tolimense

El polideportivo del barrio Los Almendros fue durante 18 años el escenario que acogió el Festival de San Juan y San Pedro en Cali.

Tras el antojo de los tamales, la avena, la lechona y los bizcochos de achira, y con el eslogan de ‘Péguese la Paradita’, la Colonia Tolimense les recuerda a los caleños cada año que llegaron en los años 30 y 40 con su grano de arena para contribuir a la formación de esta sociedad.

“Nosotros vivimos muy agradecidos con Cali porque es una ciudad pluriétnica y de esta forma nos han permitido contribuir en parte al desarrollo de la ciudad”, señala Édgar Cárdenas, representante de Colonia Tolimense, conformada en 1991.

Los estimativos señalan que la capital del Valle viven alrededor de quince mil tolimenses que llegaron en búsqueda de oportunidades laborales o por formación profesional.

Quizá el médico pediatra Ermilson Leal Cardozo es de los pocos que quedan de esas primeras generaciones que llegaron del Tolima Grande y que se caracterizaron por la hospitalidad con la que recibieron a muchos de sus paisanos, mano de obra muy apetecida en la ciudad.

“Aquí la mayoría de las personas que llegó del Tolima se estableció principalmente en los sectores populares. Muchos en la Comuna 6, la Comuna 5 y por el distrito de Aguablanca”, recuerda Édgar Cárdenas.
Fue tanto el auge que en 1997, en el Club Tequendama, se realizó la primer versión del Festival de San Juan y San Pedro en Cali que va, entre dificultades, por su edición No. 18 exponiendo también lo mejor de la música colombiana.

En principio la Colonia Tolimense se reunía entorno a un equipo de fútbol que organizaron en Ciudad Córdoba, con quienes emigraron desde municipios como El Espinal, Ibagué, Líbano y Armero.

“Los tolimenses están en todos los sectores de la economía. Desde la mano de obra en fabricas e industrias, hasta grandes empresarios como el señor Roberto Ortiz y muchos otros profesionales en el campo de la salud como el médico Mauricio Cuéllar y figuras reconocidas en el ámbito político como el doctor Fabio Cardozo o el periodista José Alberto Ortiz”, recuerda el representante de la colonia.

Docentes llegados desde Barbacoas

En torno a la misa de los domingos, por allá en los años 50 y 60, se reunían en Cali decenas de personas que llegaron procedentes de Barbacoas (Nariño).

Muchos de ellos se vinieron con los médicos y abogados que viajaban a ese rincón del Pacífico para prestar sus servicios. Las mujeres del campo se ocuparon en labores domésticas y los hombres en los cultivos de caña.
Esos primeros viajeros se ubicaron en los barrios El Porvenir, Villanueva y Unión de Vivienda Popular, donde después de la liturgia se juntaban alrededor de sus costumbres.

“Es lo mismo que cuando llega una persona a Estados Unidos o Europa; lo primero que busca es al paisano y ese grupo fue creciendo hasta que vio la necesidad de organizarse”, explica Freddy Cabezas, quien presidió la Colonia de Barbacoas y hoy dirige la Confederación de Colonias del Pacífico.

Con ellos llegó su impronta cultural no solo con la celebración de la virgen de Atocha, surgida de la nostalgia que les generaba la fecha lejos de su tierra, sino su arte y su gastronomía.

Poco después llegaron varios barbacoanos que se formaron en colegios salesianos como tecnólogos en mecánica de motores para trabajar en Cartón Colombia. Lejos de las temperaturas que ofrecía Pasto, la capital nariñense, el clima en Cali era una invitación para que muchos jóvenes optaran por seguir aquí sus estudios.

En Cali sentaron raíces y aunque no tienen presencia en la gran industria, sí hay muchos en la pequeña y mediana empresa aportando al empleo y el desarrollo de la ciudad.

Su aporte más significativo, no obstante, lo han tenido en el campo profesional en sectores de la salud, el derecho y la docencia, gracias a la educación normalista que se fomentó durante el gobierno de Rojas Pinilla.

Todo el sabor de los Marinillos

Para entender lo que ha pasado en Cali con los marinillos, hay que tener claro que la filosofía de los antioqueños, negociantes por tradición, es esa de que: ‘hay que hacer lo que más se vende’.

Y seguramente en los años 50, cuando nacía el diario El País, el auge en la capital del Valle era el olor del pan caliente para que muchos de esos campesinos llegados de Marinilla con azadón en mano, en busca de oportunidades, terminaran de la noche a la mañana amasando harina.

“Oí decir que de los primeros que llegó fue un señor Jesús Serna, pero después llegaron los tíos míos, Leucadio, Jesús Antonio y Eduardo Serna. De ahí empezamos a descender los sobrinos y los primos y se desencadenó esa ‘pandemia’ de panaderos marinillos alrededor del mundo”, cuenta Jairo de Jesús Ramírez Serna, quien fundó junto a uno de sus hermanos la cadena de panaderías Kuty, representante de la Colonia Marinilla.

“Los hogares antioqueños daban para todo; en la familia de mi papá fueron once hijos y en la de mi mamá eran otros doce y con tantas personas, en el primer chaparrón salía gente a volar para todas partes porque eran demasiados para sostenerse en una sola finca o un solo sitio”, agrega.

Sin una cultura panadera en su pueblo natal, donde solo había tres panaderías, Cali terminó siendo, sin proponérselo, el epicentro de este oficio, al punto que en esa época La Novena se convirtió en una especie de ‘universidad del pan’.

“Cuando yo llegué aquí por primera vez, mi tío Antonio ya tenía esa panadería y ahí hicimos todos la pasantía. Cuando salíamos de vacaciones del colegio nos veníamos a trabajar ahí y todos fuimos aprendiendo; tíos, sobrinos, primos, y eso se fue regando. De la escuela de mi tío hay por lo menos 5000 o 6000 panaderías en Colombia, Chile, Perú, Ecuador, Panamá, Venezuela y Costa Rica, pero el epicentro ha sido Cali, no Marinilla”, cuenta Jairo Ramírez, quien dice sentirse tan caleño como la panadería Kuty, que cumple 35 años siendo la decana del pan.

El estimativo es que en la capital del Valle del Cauca hay entre 3000 y 4000 marinillos raizales y es indeterminada la cifra de hijos y nietos de la generación que ha nacido en esta ciudad. Tampoco se han establecido en un lugar determinado y están dispersos por cada una de las comunas.

“Yo no tengo sino agradecimiento con esta tierra y con el caleño y le damos trabajo a mucha gente porque nos han acogido muy bien y no aspiro sino a morirme aquí”, dice el propietario de la Kuty, que con once establecimientos en Cali genera más de 450 empleos, además de seis panaderías en Bogotá con 160 empleados como una suerte de franquicia familiar con la que trasladaron el sabor de la almojábana y la avena a otras latitudes.

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