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Dramaturgo Diego Montoya le pide a Ospina diálogo con artistas en Cali, hace contundente llamado

Abril 20, 2021 - 12:00 a. m. 2021-04-20 Por:
Diego Fernando Montoya Serna / Escritor, dramaturgo y director teatral
Diego Fernando Montoya Serna

Diego Fernando Montoya Serna, escritor, dramaturgo y director teatral.

Especial para El País

No recuerdo haber visto a ningún alcalde de Cali, motu proprio, en una función teatral. Quizá alguna vez siguiendo a un ministro despistado en la inauguración de quién sabe qué. Es raro que vayan a inaugurar festivales de teatro. Suelen excusarse sin originalidad por motivos de última hora.

Pero ahora, señor alcalde, aunque no sea su escenario, lo invito al diálogo con artistas y gestores sobre la cultura en Cali. Le anticipo que el debate con el secretario de cultura es un sofisma, porque él es una figura sin trascendencia —aunque tenga buena voluntad— en el entramado político pueblerino. El secretario no tiene capacidad de negociación ni poder de decisión, solo de manera anecdótica. Y aquí no se trata de que nos citen a dar opiniones sobre decisiones que ya tomaron.

El tema de fondo no es la arbitraria convocatoria de estímulos, ni el reducido presupuesto para la cultura este año en Cali. Esto es importante y tendremos que resolverlo, pero la agenda debe ser sobre las políticas culturales (o más bien su ausencia) que han propiciado el desastre de administración cultural de la ciudad.

El debate es sobre la seguridad presupuestal del sector cultural. Sobre cuáles son las garantías para ejercer nuestro derecho a decidir en las políticas y los presupuestos, no como los convidados de piedra de siempre. Debatir, por ejemplo, sobre los méritos y perfiles que deben tener los funcionarios, para que no sean las figuras obsoletas de campaña o partido puestas en el último nicho de la administración. El tema es la relevancia de la cultura en las diversas estructuras de ciudad, desde lo político y lo social, hasta la identidad y el desarrollo de las comunidades, pasando por la objeción a políticas tan nefastas como la economía naranja y su incidencia negativa para ciertas expresiones culturales.

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En este contexto es bueno analizar las cifras. Le propongo algunas. El año pasado el presupuesto cultural de Cali giró en torno a $68.000.000.000 y la Alcaldía invirtió $11.336.000.000 en la Feria de Cali virtual —cerca del 20 % del presupuesto cultural de la ciudad—. La cifra más alta entregada por la alcaldía a la feria en los últimos cinco años. En el 2019, por ejemplo, la alcaldía invirtió menos presupuesto: $10.871.000.000. ¿Qué hizo Corfecali con el mayor presupuesto entregado por la Alcaldía a la feria? Si de lejos la Feria de Cali es el evento más importante en presupuesto para la cultura, ¿por qué es Corfecali y no el sector cultural (asociaciones de orquestas, bailarines, artistas escénicos, gestores…) quien tienen el manejo de esos recursos? ¿Por qué no licitan para que otras organizaciones culturales administren esos recursos con propuestas que impacten al sector? Allí hay algo que no cuadra y no son solo las cuentas.

Cali, que alguien en broma nombró distrito cultural, redujo el 35 % del presupuesto cultural en el 2020 y el 41 % en el 2021, pasando de $91.855.697.000 en 2019 a $48.299.417.000 este año. ¿No le parece inconcebible, señor alcalde, para un “distrito cultural”? ¿De qué cultura estamos hablando?

El presupuesto cultural de la ciudad había mostrado un crecimiento constante entre el 2014 y el 2019, con un promedio del 19,9 % anual, pasando de cerca de treinta mil a casi cien mil millones en este periodo. Pero en los dos últimos años la reducción fue de casi el 50 % (ni hablemos de eso en términos de inflación). A todas luces una política que está diezmando al sector, incluso más que cualquier virus.

Mientras en el 2021 Bogotá tiene un presupuesto de $403.213.759.000 para el sector cultura, de los cuales destina para inversión $335.652.000.000 (solo la Orquesta Filarmónica de Bogotá con $59.767.510.000, tiene más presupuesto que Cali para cultura), y el presupuesto base de la Secretaría de Cultura de Medellín es de $90.275.588.857 (además de un presupuesto participativo para cultura de $15.125.000.000). La ciudad de Cali tiene en el 2021 una partida para cultura de $48.299.417.654. Cerca del 12 % de Bogotá y menos del 50 % de Medellín (con casi la misma población).

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Medellín destinará para su programa de salas teatrales $2.299.735.075, mientras que Cali entrega $470.000.000 (y una promesa incierta de aumento). Mientras tanto las salas, que tuvieron un año para olvidar, no terminan de abrir cuando ya están de nuevo cerradas.

El portafolio de estímulos de Medellín 2021 —sin el presupuesto para salas— es de $2.578.487.000 primera fase y $457.476.000 segunda fase, para un total de $3.035.963.000, aparte de una bolsa de $1.200.000.000 para economía creativa. El programa de estímulos de Bogotá tiene un portafolio por $12.800.000.000 para premios, becas, pasantías y residencias de creación, circulación, formación e interdisciplinar, repartidos entre la Secretaría de Cultura, la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, el Idartes, el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural y la Orquesta Filarmónica.

La Secretaría de Cultura de Cali lanzó un insulso programa de estímulos por $489.000.000 y, después de la marcha de los artistas, el secretario anunció una segunda fase por otra cifra todavía insuficiente, para ribetear la miseria, y un aplazamiento de la convocatoria. Amanecerá y veremos.

En el 2021 Cali invertirá en cultura unos $19,137 al año por habitante, mientras Medellín invertirá $40.552 y Bogotá alrededor de $53.000.

Pero lo más importante es analizar estos presupuestos desde lo cualitativo, para entender el imaginario que tiene la alcaldía sobre la cultura y rastrear sus prioridades e intereses que, sin un diálogo profundo con el sector, ha configurado o impuesto en programas, planes y actividades.

Cali ha sido asociada de manera negativa a una visión muy restringida de cultura, una imagen de escenario masivo, de recinto ferial, que se consolida como eje de la gestión cultural pública, con sustento estadístico y cuyo impacto se mide cuantitativamente. Una ciudad de eventos que son solo la punta del iceberg de actividades menos visibles, pero más relevantes. En nombre de una cuestionable movilidad y activación económica del sector, se descuidan procesos que generan arraigo y desarrollo de lenguaje artístico. Los eventos son una pluralidad que no puede existir sin la singularidad de artistas y gestores. Tenemos, por ejemplo, un festival internacional de teatro, pero no hay una política que estimule la creación, la investigación y la circulación escénica, aparte de unos estímulos ridículos y un raquítico programa de salas que por años ha sido el más atrasado del país. El programa más relevante para las artes escénicas en los últimos años es la LEP, una iniciativa nacional, gestionada por los artistas escénicos, aunque la secretaría quiera ganar indulgencias con camándula ajena.

Cabe preguntarse si los artistas y gestores tienen las garantías permanentes para crear y subsistir. Cabe preguntar si antes y después del Petronio, del festival de salsa o de cine o de poesía, de la feria del libro, también hay artistas, o si estos son como momias que se sacan una vez al año para orearse al sol. O mejor: ¿Será que todos nos pasamos el año entero esperando a que llegue la Feria de Cali? Usted que declaró hace unos meses, señor alcalde: “Quiero decir a los caleños que la salsa, la alegría y el baile es la identidad, la memoria y la historia nuestra”. ¿Sugiere entonces que esperemos la feria y nos pongamos a bailar? A qué baile tan caro nos invita. Qué va, pero si usted ni siquiera nos invita, somos del baile de los que sobran.

Más allá de los presupuestos, Cali es una ciudad con un desastroso proyecto público cultural, parcializado, improvisado, mal copiado de otras administraciones, desfinanciado siempre. Nos corresponde una revisión estructural, a partir de un diálogo de todos los sectores. Pero este diálogo, señor alcalde, debe empezar con un reconocimiento de la importancia de los artistas y gestores, más que de los eventos, y debe acompañarse de voluntad política, consolidarse en compromisos inmediatos, respaldarse con presupuestos dignos y garantizarse con políticas a largo plazo.

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