Bordar: de una labor doméstica a grito de liberación femenina

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Bordar: de una labor doméstica a grito de liberación femenina

Mayo 13, 2019 - 11:30 p.m. Por:
Valentina Valencia Bernal, reportera de El País
Bordados

Este es el bordado favorito de Jennifer Rojas, con él participó en una convocatoria que se hizo a través de redes sociales para rechazar la represión que a principios de año sufrieron los indígenas mapuches de México. Ella ha logrado a través de esta técnica explorar otras formas de las artes plásticas.

Wirman Ríos / El País

Eran otros tiempos cuando bordar significaba únicamente una práctica doméstica. Desde hace varios años en ciudades como Cali, Bogotá y Medellín, bordar se ha convertido en un acto político.

Mujeres de todas las edades se unen alrededor de la aguja, el tambor y los hilos para hablar de sus derechos, anhelos, tristezas y alegrías. ‘La autonomía es la vida, la sumisión es la muerte’, se lee en uno de los bordados de Jennifer Rojas, diseñadora gráfica y bordadora. La técnica del bordado ha irrumpido.

Para ella el bordado “es una herramienta política fuerte para que las mujeres, que hemos estado mucho tiempo reducidas a lo doméstico, podamos decir lo que pensamos de la manera más sincera”.

Creció viendo bordar a su abuela, una mujer, dice ella, bastante estricta con la técnica y que aprendió este oficio “porque no había otra posibilidad por esos días de lucir ropa que le gustara”. Pero no sucedía nada más allá de eso: o cosía para ella o para las clientas de su modistería.

Bordados

Beatriz Moreno (izquierda), Jennifer Rojas (centro) y Diana Castaño (derecha) están convocando a diferentes mujeres a su proyecto de costurero.

Wirman Ríos / El País

En el bordado comenzó muy tímidamente en el 2011, cuando bordó a algunas mujeres emberas que veía en condición de vulnerabilidad en las calles con sus hijos. Arrancó poco a poco de una “manera muy intuitiva”, dice, y bordó siempre de acuerdo a su estado de ánimo: “Empecé bordando unas diablas, pensando un poco en lo que no nos está permitido a las mujeres, y es lo de no perder la compostura”.

En el mundo occidental, por lo menos, se comenzó a hablar del bordado como acto político en la década de los 80, cuando Rozsika Parker, historiadora de arte y fundadora del movimiento ‘The Feminist Art History Collective’ publicó ‘La puntada subversiva: el bordado y la construcción de lo femenino’, en el que desmonta el estereotipo de que las mujeres bordan porque son “femeninas por naturaleza”.

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En el caso de Diana Castaño, historiadora y bordadora en ‘Borda la pena’, su proyecto creció viendo bordar no a su madre o a su abuela sino a su papá. Diana vivió en Chile un par de años y allá volvió a tener cercanía con los hilos, pero no fue hasta que volvió al país cuando decidió canalizar una pérdida amorosa a través del bordado. Un día, harta de enseñar historia en algunos colegios de la ciudad, decidió dedicar todos sus ánimos a sacar adelante su emprendimiento, con el cual dicta talleres de bordado.

‘Borda la pena’, cuenta Diana, ha sido una posibilidad para que diversas mujeres se encuentren en sus talleres y logren hacer red porque, explica, “no solo es hacer bordado para vender sino para crear comunidad”. Y eso, dice, es lo más poderoso de su trabajo.

“El bordado tiene dos líneas para mí fundamentales: una es la que tiene que ver con lo femenino, lo público y lo privado, los diálogos del feminismo y la reivindicación, pero por otro lado es que todos estamos con lo visual, ahora ahora nada se toca, nada se siente”.

‘El club del bordado’

Los costureros poco a poco se han ido organizando. En el caso de Bogotá se creó el ‘Club del bordado’, que une a varias mujeres bordadores y ha logrado ser una plataforma para dar a conocer su arte.

En Cali, comenta Diana, la movida del bordado es aún bastante tímida, pues “las mujeres que bordan aún están en espacios demasiado privados. Hay gente que sabe, pero siento que he sido la que he ido abriendo espacios de encuentro con otras mujeres con el bordado como excusa”.

Para Diana el bordado, además de ser una técnica que le permite de alguna manera la expresión de su feminismo, es también “un método para manejar la ansiedad, que honestamente no se quita. Pero ayuda a sostenerla. Produzco bordados muy rápido por eso mismo. Cada quien encuentra su puntada y canaliza muchas cosas a través de ella”.

Para Beatriz Moreno, quien fue alumna de Diana y ahora vierte sus posiciones políticas ante la vida en sus bordados, el hilo y la aguja le permitieron reinventarse: “No soy la misma Beatriz que llegó a los 23 años a Argentina y que hace dos años volvió a Cali con sus dos hijas y un hijo”.

Con su proyecto ‘La Morazca’ bordó la pañoleta simbólica de las Madres de la Plaza de Mayo, de Argentina, el pasado 24 de marzo para conmemorar el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia de ese país.

Más allá de la puntada cadeneta, sartén, punto francés, puntada relleno, Beatriz dice que para ella el bordado es su forma de expresión, “no siempre bordo cosas feministas, pero sí todo siempre tiene un porqué. En el bordado todo cuenta: cuántos hilos usas e incluso la puntada que utilizas. Mis bordados muestran esa intencionalidad. Siempre quiero dejar un mensaje con mi trabajo”.

Las tres, que son amigas y ahora tienen la intención de crear un costurero que les permita convocar a otras mujeres para crear red, concluyen en que el bordado como siempre se ha enseñado, desde la técnica del punto de cruz, no permite el error o la experimentación y es más la frustración que provoca en aquellos que recién inician en el mundo del bordado.

Cualquier puntada es legítima si lo que se quiere es contar de alguna manera el mundo que las circunda, comentan. En esa nueva forma de concebir el bordado importan muy poco la pulcritud de las puntadas, lo realmente importante es que ahora las mujeres no llegan al bordado necesariamente por una imposición del género, sino todo lo contrario: porque en él han encontrado un espacio de encuentro y una forma de resistencia.

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