La historia de la maestra que lo entregó todo por los niños de los Montes de María

Enero 03, 2022 - 12:00 a. m. 2022-01-03 Por:
Paola Villamarín / especial para El País
Luz Nellis, maestra de los Montes de María

Luz Nellis, con sus estudiantes del colegio. Dice que la pandemia fue de los momentos más duros que ha vivido como maestra: “Fue un trauma. Me enfermé. Es que Santa Fe de Icotea es mi felicidad”.

Foto: Paola Villamarín / Especial para El País

La profesora Luz Nellis Camacho Berrío caminó con sus cinco sentidos puestos en encontrar la tierra prometida. No era para ella, sino para una comunidad entera.

La buscaba todos los días, en los últimos meses de 2007, durante sus largos recorridos hacia el trabajo, de dos horas en trocha desde su casa, en el municipio de María La Baja, hasta la vereda Arroyo El Medio, en el departamento de Bolívar.

Se apoyaba en un bastón, con el que seguía el rastro de un terreno sin palma en las faldas de los Montes de María.

Estaba recién llegada a Arroyo El Medio, donde había sido nombrada profesora de primaria del colegio Santa Fe de Icotea. Era su primer trabajo como maestra. Tenía las ilusiones cifradas en cambiar vidas, pero el primer día de clase se encontró con una realidad incontestable: no llegaron los 160 estudiantes que esperaba, solo aparecieron 28.

Lo atribuyó al cambio de docente, a que a la comunidad quizá no le gustaba su llegada, pero poco después descubrió que las razones eran otras: el hostigamiento de grupos armados y la venta bajo presión de las tierras estaban provocando el desplazamiento de las familias.

La mayoría de la gente de Arroyo El Medio venía desplazada de una vereda de El Carmen de Bolívar llamada Santa Cruz de Mula, también de los Montes de María, donde –dice la profesora Eliana Gómez, que llegó antes que Luz Nellis al territorio– hubo una masacre y un asedio permanente de los violentos. De ahí, se desplazaron a una vereda a la que bautizaron Santa Fe de Icotea, donde surgió la necesidad de fundar una escuela, en 1996, a la que le dieron el mismo nombre. De nuevo, la comunidad se vio obligada a salir: enfrentamientos, reclutamiento infantil, acoso y señalamientos a la población, robo de animales y dos granadas dejadas en un salón de clase.

¿Qué futuro podrían tener estas familias campesinas que volvían a sufrir el desplazamiento? ¿Qué sería de las niñas, los niños y jóvenes del pueblo? ¿Debía quedarse en Arroyo El Medio y tratar de enfrentar el problema o ir a la Gobernación de Bolívar y decir que no había nada que hacer? Pensaba Luz Nellis en sus noches en duermevela.

Al poco tiempo de estar en Arroyo El Medio, Luz Nellis sintió el miedo y la estigmatización que sufría la comunidad. “Cuando la gente llegaba desplazada a esta zona, les decían guerrilleros, solo por venir de arriba. Tuvimos que crear un proyecto de convivencia y paz, que aún seguimos llevando”, narra ella, nacida en San Onofre (Sucre) hace 56 años, hija de campesinos, hermana de seis maestros y madre de dos hijos.

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Roberto José…

Entre lo más doloroso que recuerda de su llegada está la historia de Roberto José, un niño que nunca usaba zapatos. Como tantos que vinieron en brazos o en el vientre materno. Padecía una “timidez aguda” –como la define la maestra–, una dificultad de aprendizaje seria, un silencio que solo algunos lograron franquear cuando aprendieron a hablar a los 6 o 7 años.

“A Roberto, sin preguntarle, le llevé unas botas. Cuando se las entregué, me las tiró y salió corriendo. A los tres días, lo abracé y le pregunté por qué no le habían gustado y le dije que yo le podía traer unos zapatos más bonitos. Él no me decía nada. Callado, callado. De repente, empezó a llorar, me dijo: ‘Yo no quiero zapatos, porque el que usa zapatos mata’. Yo le respondí: ‘Mira, no es verdad, yo uso zapatos y papi también usa zapatos’. Pero no paraba de llorar. Hablé con su mamá y me dijo que cuando había enfrentamientos por las noches en Icotea, él se escondía debajo de la cama, veía pasar los zapatos y en la mañana aparecían los muertos.

“Empezamos un proceso de ayuda psicosocial no solo para él, sino para muchos otros. Pudimos salir con la ayuda de profesionales, porque, así queramos, hay cosas que solo desde la docencia no podemos lograr”.

Y también hay cosas que quienes entregan su vida a la enseñanza deben enfrentar cuando trabajan en zonas de guerra. Una tarde de clase, su teléfono sonó insistentemente. Era un padre de familia. “ ‘¿Dónde están, seño?’. ‘En clase’, le respondí. ‘Bajen inmediatamente’, me dijo. ‘¡Vamos, vamos!’, les dije a mis estudiantes. No hacía 5 minutos que me habían llamado, cuando oímos el helicóptero. Disparaban y disparaban. Era un sonido parecido al de un taladro que rompe el piso. Las niñas y los niños corrían y gritaban ‘quítense las camisas y muévanlas’. Me agarraban, ‘seño, no se desvíe’ ”. Habían aprendido a actuar así gracias a sus padres.

Esta es una versión del texto original publicado dentro del especial ‘Historias de Mujeres que construyen paz en los territorios’, elaborado en distintas regiones para Consejo de Redacción.

“Corrimos sin parar hasta María La Baja, con el barro más arriba de la cintura. Después de que los papás los recogieron, me fui a mi casa y arranqué a llorar”, recuerda. Esa jornada de miedo y zozobra –la tiene muy presente– fue el día de la muerte de ‘Martín Caballero’, comandante del frente 37 de las Farc y azote de los Montes de María.

El contexto de violencia en Arroyo El Medio, sumado a que “cada parcelero que vendía una finca dejaba a una familia sin tierra dónde trabajar”, hizo que Luz Nellis convirtiera a 70 familias en una causa personal.

‘Aquí va a ser el colegio’

En diciembre de 2007 vio algo que le pareció un terreno sin palma. Se subió a un frondoso árbol de mango desde donde pudo ver un terreno despejado y deshabitado. “Aquí va a quedar el colegio”, pensó emocionada. Se quitó los zapatos y puso sus pies sobre la tierra. “Quita, quita las sandalias de tus pies, porque la tierra que pisas santa es”, pronunció.

Averiguó quién era el dueño. Se llamaba Melanio Parra. Lo convenció de venderle el terreno del colegio. Negociaron 800 metros por 700.000 pesos, los cuales pagaron entre ella y otra maestra con grandes esfuerzos. Hicieron un acta en un cuaderno y se dieron la mano. “Esa noche no dormí de pura felicidad”, rememora con su voz cálida y sus ojos brillantes. Pero ¿qué sería de un colegio sin comunidad? Venía algo aún más complejo.

“Aquí arrancamos las clases”, dice Luz Nellis, bajo la sombra del icónico árbol de mango del nuevo colegio de Santa Fe de Icotea, a 4 kilómetros del anterior. Verde brillante y de ramas generosas, en 2008 albergó los grados segundo, tercero y cuarto de primaria. Los otros grados, quinto, sexto y séptimo, se organizaron en “una ranchita”, como la llama la profesora, en el portón actual del colegio.

“Este árbol es muy diferente a los otros. Tiene espacio del lado de la carretera, pero siempre crece para el lado del colegio; en la mañana, cuando ocurren la mayoría de las clases, nos cubre con su sombra en distintas actividades”, narra la profesora, ayudada de sus manos largas y expresivas, que a ratos se entrelazan y a ratos tocan delicadamente la punta de su nariz.

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Al tiempo que gestionaba la infraestructura para Santa Fe de Icotea, Luz Nellis caminaba de la mano de padres y madres con el fin de conseguir el terreno de la comunidad. “Vamos a luchar por esto juntos. Yo sola no puedo”, les dijo. Siete familias se apuntaron a trabajar con ella.

Un día cualquiera, Luz Nellis pasó por la vereda Pava, en el municipio de Mahates, y se encontró con la sede principal de la Corporación de Desarrollo Solidario Campesino, institución de la que nunca había escuchado. Le dieron el celular del director: Pedro Nel Luna. Se citaron.

“Él vino y nos dijo: ‘Yo no tengo plata, pero trabajo con organizaciones a las que les voy a mandar el proyecto a ver qué sucede’ ”. Y sucedió. Entre marzo y junio de 2008, les ayudaron a comprarle a Melanio Parra tres hectáreas y media para la vereda, a pocos metros del colegio.

Luz Nellis, maestra de los Montes de María

Obra realizada en el colegio Santa Fe de Icotea por la comunidad de Paso El Medio, que viene desplazada, en su mayoría, de la vereda Santa Cruz de Mula, en El Carmen de Bolívar.

Foto: Paola Villamarín, Especiales para El País

Pero se presentó un problema inesperado. “En esta zona tiraban a todos los muertos. La gente decía: ‘Yo, por allá no voy’ ”, recuerda. Luz Nellis no se iba a dejar vencer. Convenció a una familia de irse para el pueblo.

Rafael Moreno y Ludis Vega, en ese entonces con seis hijos, se convirtieron en los primeros habitantes de Paso El Medio. El ejemplo sirvió para que, poco a poco, las familias se asentaran.

“Tan lindo fue que hasta hubo un sorteo para la ubicación de las casas. Celebramos juntos la primera Navidad, en 2008”, dice Luz Nellis, que cada tanto llora de la emoción, porque narrando se hace consciente de lo difícil y maravilloso que ha sido el camino.

Su nuevo sueño

De lunes a viernes, Luz Nellis enfunda su pelo rizado en un casco rojo y se sube a su moto escarlata para ir al colegio Santa Fe de Icotea –del cual siempre quiso conservar el nombre original–. De su casa, en María La Baja, a la vereda Paso El Medio hay 10 kilómetros, que se ralentizan en el último tramo, cuando llega a un camino terroso, lleno de altibajos, de surcos que son trampas para las motos. A lado y lado del recorrido, la rodea una imagen que se repite allí y, en general, en los Montes de María: el monocultivo de palma.

Luz Nellis parquea su moto cerca del portón del colegio. Subiendo una pequeña colina, se encuentra su querido árbol de mango. A la derecha, a unos diez pasos, su sueño inconcluso por la pandemia: una biblioteca bocetada en dos vigas solitarias, cuatro paredes de ladrillo y cemento, sin techo, y el hueco de una ventana.

“Siempre he querido hacer un quiosco lector. Será el lugar más hermoso del colegio. Quiero que tenga aire acondicionado, mesas para quienes están en primaria y para grandes, y que las paredes estén llenas de libros para elegir y enamorarse”. Y confiesa que, como le pasó con sus anteriores metas, el quiosco lector se le aparece constantemente en los sueños.

Un poco más arriba, se levantan en línea cuatro aulas generosas pintadas de azul y blanco, con grandes ventanales, que la profesora fue gestionando poco a poco con la Gobernación, y en una explanada separada de los salones está el restaurante, que Luz Nellis consiguió cuando conoció a la entonces ministra de Educación, Cecilia María Vélez, en una de sus visitas a la región, y la convenció de que fuera al colegio para que viera, con sus propios ojos, todo lo que se había logrado.

Santa Fe de Icotea tiene hoy cinco profesores (cada uno con dos cursos al tiempo) y 143 estudiantes, 90 hombres y 53 mujeres, pero por la pandemia, asegura el rector Ever Smit Banquez Caro, solo van 50, lo que los ha obligado a reducir la jornada solo a la mañana y a enviarles guías a quienes no van, y a hacerles seguimiento telefónico porque, para conseguir internet, los estudiantes deben caminar largamente hasta Matuya y pagar 2.000 pesos.

“Gracias a la ‘seño’ estamos más unidos. Andábamos como pluma en el aire en tierra ajena. De aquí quizá ya no nos boten”, dice Álvaro Vega, originario de Santa Cruz de Mula, con cierta inseguridad después de 13 años de creada la vereda.

Pero Luz Nellis es optimista. Quiere que cuando ya no esté, jóvenes como Éider o Adrianis, que ella formó en el colegio de Santa Fe de Icotea, asuman la batuta. “Éider y Adrianis han tenido una forma de llevar esta situación que me llena de orgullo. Mis pelaítos salen al resto del país a expresar qué es su comunidad. Han aprendido mucho”.

Ambos jóvenes hablan de sus temores. “Nos da miedo que nos tiren más palma encima”, dice Éider, sentado bajo la enramada donde Luis Alberto Ramos corta una carne de cerdo, en el límite de un terreno sembrado con palma.

“Nos da miedo volver a sufrir la violencia de antes; hemos vuelto a escuchar que hay grupos”, comentaba previamente Adrianis, auxiliar de la profesora Luz Nellis en el colegio, en uno de los salones de clase de Santa Fe de Icotea.

En la estufa de leña de la casa de Torres Vega, las orejas de un marrano se están preparando en sopa. El sol brilla. La tierra prometida ya está aquí, pero hay que seguir luchando. La comunidad está unida. Y la maestra, como madre que es, la sigue arropando.

Esta es una versión del texto original publicado dentro del especial ‘Historias de Mujeres que construyen paz en los territorios’, elaborado en distintas regiones para Consejo de Redacción: https://consejoderedaccion.org/sello-cdr/investigacion/la-maestra-que-encontro-la-tierra-prometida-en-los-montes-de-maria

Esta producción fue coordinada por Consejo de Redacción en alianza con la International Media Support. Las opiniones presentadas en esta publicación no reflejan la postura de ninguna de las organizaciones.

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