Cali
Cali tembló, pero la comunidad convirtió las grietas en solidaridad; estas son algunas de esas historias
En medio del temor que dejó el terremoto del 10 de agosto, muchos caleños respondieron con sus manos para ayudar.
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23 de ago de 2026, 09:51 p. m.
Actualizado el 23 de ago de 2026, 09:53 p. m.
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La incertidumbre que se cernió sobre Cali poco a poco ha empezado a ser removida por su gente. Unas manos que no han dudado en sostener a quienes cayeron y que convirtieron la solidaridad en el motor más fuerte en medio de la tragedia.
Médicos, cocineros, animalistas y gente del común se reunieron en torno a un solo propósito: ver resurgir a la capital del Valle de entre los escombros.
En efecto, luego del terremoto cientos de profesionales de la salud pusieron sus conocimientos al servicio de sus coterráneos, pasando largas jornadas con la esperanza de hallar vida entre los edificios caídos.
Ese es el caso del médico Pablo Gómez. Motivado por obtener información sobre el estado de la familia Saavedra, caso que fue muy conocido y del que solo salió con vida Ana María, una de las trillizas, inició labores como médico voluntario junto a otros profesionales que adecuaron un puesto de atención cerca del edificio María Elvira, en el barrio Cuarto de Legua.
“Al principio uno está muy perdido, no sabía si quedarme en el puesto, ayudar a remover escombros, transportar alimentos o repartir agua. Entonces ayudé en todo un poco”, cuenta.
Pablo y sus compañeros prestaban atención en salud primaria a rescatistas, voluntarios y población que sufrían algún daño mientras prestaban ayuda.

El médico recuerda que al día podían atender hasta cien caso y “algo muy particular es que las personas estaban tan concentradas en ayudar, que así tuvieran lesiones, esperaban los descansos grupales para acercarse y hacer la consulta”.
Señala que durante las jornadas su cuerpo generaba una clase de bloqueo emocional, pero cuando abandonaba el lugar de la emergencia y se dirigía a su vivienda, sentía el impacto de lo que estaba presenciando.
“El martes 11 de agosto, muy tarde en la noche, estaba con algunos profesores y uno me dijo: ‘Pablo, si estamos acá es por algo y tenemos que sacar a la mayor cantidad de personas con vida’. En un momento incluso se hizo un pasillo médico porque se tenía la esperanza de sacar a más personas vivas, pero queda uno con la impotencia de no haberlo hecho”, lamenta.
De fogones a un refugio
Otra de las historias de solidaridad nace en los fogones de una cocina que ha centrado sus esfuerzos en ofrecer comida y dignidad a damnificados, voluntarios y equipos de rescate, entre ellos, los ‘Topos Aztecas’, de México.
Especializados en comida gourmet, los hermanos Andrés y Fernando, dueños de ‘Cocina Siete’, han estado repartiendo sus preparaciones entre más de mil personas al día.
Su cocina oculta sobrevivió al sismo del pasado 10 de agosto y con recursos propios alimentaron en un primer momento a 1800 personas con raciones balanceadas preparadas al horno y empacadas en recipientes amigables con el medio ambiente, respetando la identidad de su empresa, compuesta por 20 colaboradores.
“El primer día de la emergencia no pudimos trabajar porque nos quitaron los servicios públicos, pero esa misma noche empezamos a pensar qué íbamos a hacer al día siguiente, buscando una forma de utilizar las instalaciones de la cocina para enviar comida a las diferentes zonas afectadas de la ciudad y haciendo una estimación de acuerdo a nuestra capacidad de producción”, dice Andrés.

Luego de dar a conocer en redes sociales sus esfuerzos por aportar a los damnificados, los hermanos empezaron a recibir donaciones de alimentos por parte de empresas y particulares, así como recipientes para repartir la comida.
Además, día a día llegan voluntarios a sus puertas para colaborar en la distribución y el empaque de las raciones.
En Instagram se han vuelto virales gracias a su admirable tarea y sus preparaciones han sido elogiadas hasta por los mismos Topos Aztecas.
“Nos motiva poder ayudar a las personas que están en las diferentes actividades de rescate y logística, para que puedan tener una labor más efectiva, porque la comida contribuye a que así sea y ese es nuestro propósito como empresa. Eso nos alimenta para seguir cocinando y así aportar ese granito de arena para sacar a la ciudad adelante”, sigue explicando Andrés.
En busca de los que no tienen voz
Con más de doce años de experiencia salvando vidas de animales, Wilson Escobar, conocido en redes sociales como El Gato Escobar, ha estado desde el día del terremoto removiendo escombros en busca de ladridos y maullidos.
Cumpliendo la promesa hecha a su fallecido compañero de vida Horus, de que ningún animal en su presencia pasaría necesidades, el domiciliario ha rescatado hasta el momento cinco perros y seis gatos durante esta tragedia que ha separado a las mascotas de su familia.
“Alimento en el día a más de 200 animalitos en estado de calle. Tengo 53 rescatados en mi casa, entre ellos 10 perros. Además, tengo una colonia de 65 gatos en el barrio El Pondaje, donde desayunan, almuerzan y cenan, y se les da toda la atención que necesiten, como ayuda veterinaria y esterilización”, indica.
El ‘Gato’ recuerda con tristeza cuando personas quemaron el lugar donde se encuentra la colonia de gatos, causándoles la muerte a varios de ellos.
Él también promueve la adopción de los animales que rescata y, con ayuda de la comunidad y de su trabajo, obtiene los recursos para alimentarlos.

El terremoto, de hecho, lo vivió mientras le daba de comer a su colonia: “De repente empezaron a salir gatos de debajo del puente y corrían despavoridos; a muchos ni siquiera los había visto, porque son ferales, y a los 30 segundos empezó a temblar. Ellos sintieron el terremoto antes de que se reflejara en la tierra”.
Por el momento, Escobar, así como otros rescatistas y veterinarios, continúa gestionando el rescate de animales que permanecen olvidados en los edificios que fueron desalojados debido a las alertas de colapso, arriesgando su vida.
“Los primeros que llegaron a los edificios colapsados fueron los caninos, para que ayudaran a detectar personas debajo de los escombros, pero en otros contextos ellos son rechazados y les prohíben su ingreso a muchos lugares. Ahora el rescate de animales no es prioridad para las autoridades, pero ellos sí son bienvenidos para rescatar a los seres humanos”, añade.
Todas las ayudas suman
El caso de Juliana Arias es tal vez el que más representa el sentir de la mayoría de caleños, quienes, sin importar a qué se dedican, entendieron que todos pueden ayudar y que cada apoyo es el más valioso.
Ella tiene 26 años y se desempeña en el área de mercadeo de una empresa; el terremoto no afectó su vivienda y desde el primer día del sismo fue en busca de quienes lo necesitaran.
Su primera parada fue en el Hospital Universitario del Valle, donde se estaban solicitando donaciones de sangre. Cuando llegó, fue el primer vistazo a la solidaridad caleña.
“Al mediodía ya había una fila impresionante de personas esperando para donar sangre. Ver a todo el mundo volcado a ayudar es una sensación muy positiva”, cuenta Juliana.
Luego, empezó a buscar de qué otra forma podía apoyar a las personas que estaban pasando un mal momento.

“Toda la primera semana empezamos a destinar ayudas de insumos y alimentos a diferentes personas en Cali, llevamos mercados a ancianatos, a una fundación de niños con cáncer que recibió a pacientes trasladados del HUV, y a zonas de acopio como Meléndez. Cuando supimos que necesitaban ayudas en el norte del Valle también las llevamos”, afirma.
Al llegar el fin de semana, también encontró que la Alcaldía estaba necesitando voluntarios que colaboraran con la recolección de escombros, tanto en los puntos más álgidos de la tragedia, como en otros sectores que no habían sido tan difundidos en las redes sociales.
En ese voluntariado llegaron a participar más de mil personas que se distribuyeron diferentes zonas de la ciudad. A Juliana le correspondió el norte; cuenta que es una labor muy desgastante porque debía recoger los escombros, limpiar y esperar a que pasara una volqueta donde debía montar el material recogido para que fuera trasladado a una de las zonas habilitadas como escombreras.
“Nos encontrábamos en un punto y empezábamos a recorrer la zona. Estuve en un local sobre la Avenida Sexta que era de una señora mayor a la que le había colapsado el techo. Yo hablé con ella y me decía que le dolía mucho la espalda y no era capaz de limpiar los escombros”, cuenta.
Sobre qué la conmovió más, Juliana recuerda: “Ver cómo los caleños se han apropiado de la comunidad ha sido muy bonito. Todos ayudan de la forma en que pueden; si no hay plata, entonces con tiempo, en voluntariados, y esa unión ha dejado de lado la división política de la ciudad, y eso es impactante”.

Comunicadora social y periodista egresada de la Universidad Santiago de Cali, con diplomado en Comunicación Política. Escribo sobre política local, nacional e internacional.









