Cali
Monseñor Rodríguez: “Cali no puede perder la esperanza, ya hemos superado muchísimas realidades de dolor”
El Arzobispo de la ciudad lideró en la noche de viernes una velatón por todas las víctimas mortales y heridas del terremoto, así como los miles de damnificados.
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23 de ago de 2026, 05:26 p. m.
Actualizado el 23 de ago de 2026, 05:26 p. m.
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“Si perdemos la esperanza, no hay nada que hacer. Y Cali no puede perder la esperanza, ya hemos superado muchísimas realidades de dolor. Hace 70 años, el 7 de agosto de 1956, hubo una explosión: siete camiones cargados de dinamita explotaron buena parte de la ciudad, y salimos adelante”.
Con fe y una mirada histórica, el arzobispo de Cali, monseñor Luis Fernando Rodríguez Velásquez, alienta a los habitantes de la capital del Valle del Cauca a superar la tragedia que significó el terremoto que sacudió al occidente del país el pasado 10 de agosto.
El máximo jerarca de la Iglesia Católica en esta región habló con El País sobre la catástrofe que enluta al departamento, pero también de la esperanza que tiene de que “lo lograremos, si nos mantenemos unidos”.

Monseñor, en Cali las conversaciones en estos días siempre empiezan preguntando cómo le fue con el temblor...
Ese día estaba disponiéndome para salir a la Curia Arzobispal y fue muy asustador, pues uno no espera un remezón de la tierra de esa envergadura, sin dimensionar lo que íbamos a experimentar cuando ya veíamos la ciudad tan afectada, primero, anímicamente todos, pero luego también, porque es lo primero que se percibe, los daños materiales.
En esas primeras instancias no se saben cifras de heridos ni de muertos, solo se percibe la caída de edificios. Yo pensé que la Curia estaba muy afectada -sí se hicieron análisis de ingeniería y toda esa semana se cerró por prudencia-, pero, por gracia de Dios y teniendo en cuenta que al lado está la iglesia de la Merced, que colapsó y son edificios más o menos similares en el tiempo, pero no; ya nuestra Curia está puesta al servicio de la gente.
Pero luego ya se dio cuenta de la magnitud de la tragedia...
Ya empezamos a escuchar las noticias de los heridos, que es lo que más nos duele, y yo quiero, antes de abordar lo material, expresar mi solidaridad a las familias de las víctimas: es un primer abrazo que damos a los que perdieron seres queridos, amigos, vecinos. Es un dolor muy grande que así, en un instante, se pierdan en nuestra Cali más de 130 personas. Mi solidaridad con esas familias, para que se sientan fortalecidas por el Señor de la vida y que sepan que la vida sigue. Luego, mi oración por las víctimas, por los difuntos, que el Señor les conceda el descanso eterno, que puedan disfrutar de ese gozo de verlo a Él cara a cara. De verdad es un dolor inmenso, no solamente por los de Cali, sino los de una tercera parte del territorio colombiano, pues ya son más de 300 los difuntos víctimas del terremoto.

Además de los miles de damnificados aquí y en el resto del país...
También hay que orar por todos los damnificados, miles; un grupo de heridos, muchos, y se han identificado, como cifra parcial, más de diez mil residencias afectadas. Eso es demasiado, es una ciudad. Entonces, cómo ayudar a quienes lo han perdido todo, a quienes tenían una cierta estabilidad y quedaron en el aire, sin ni siquiera dónde vivir. Muchos, sus dineros, sus ahorros, los habían invertido en una casita, que es el sueño de todos, y la han perdido.
Pero quiero hacer un llamado también sobre tantas personas que en la ladera y la zona rural perdieron su casita. Sí, no hubo heridos ni muertos allá, porque son casas sencillas, de un piso, y tienen la posibilidad de evacuar más fácil, pero eso no quiere decir que no lo perdieron todo.
Eso sin contar los dramas que se viven en otros municipios, monseñor...
Nosotros tenemos cinco, estoy hablando de la Arquidiócesis de Cali, que son los datos que tengo, Yumbo, Jamundí, La Cumbre, Dagua y Cali, y en las veredas, particularmente de Dagua y La Cumbre, han perdido la mayoría de sus casitas. Es terrible. ¿Cómo acompañarles, cómo atender a estas personas que ni siquiera de comer tienen? Una tragedia humanitaria que va a requerir de todos solidaridad, persistencia. Quiero insistir mucho en eso: ya algunos han empezado a hablar porque, evidente, los recursos no son infinitos, las energías tampoco y a veces la voluntad también, por situaciones que van apareciendo, se desvía para otros lados.
Entonces, ¿cómo acompañar un proceso que va a ser no de una semana, no de dos meses, sino de años? Es un gran desafío para el Estado, para el Alto Gobierno, para la Gobernadora del Valle, para los alcaldes y alcaldesas de los municipios. Pensemos en el norte del Valle del Cauca, está muy afectado.
Como Iglesia, decirles que los abrazamos, que estamos poniendo todo lo que a nuestro alcance se encuentra para ayudarles, darles una voz de consuelo. Nosotros no tenemos, como dicen Pedro y Juan, al paralítico de la puerta en el templo de Jerusalén, ni oro ni plata, te damos lo que tenemos: a Jesús, que es la fuente de la esperanza. Cali tiene futuro, y lo lograremos si nos unimos. Ese es nuestro propósito.

Como jerarca de la Iglesia Católica, ¿cómo entender una tragedia como estas desde la fe?
Hay unas tendencias que inclusive en la Sagrada Escritura aparecen cuando se interpreta la enfermedad, la lepra, la parálisis, una catástrofe, como un castigo divino. Y no lo es. De hecho, el Señor Jesús clarifica eso a los apóstoles: ‘ustedes pensaron que cuando se cayó la torre de Siloé era porque los habitantes habían cometido pecado, no, no es así’.
Hay que entender que hay unas realidades de la naturaleza, recordemos cómo la Tierra era un solo bloque, luego se fractura y nacen los continentes, y sigue evolucionando, algunas veces se acelera, porque nosotros hemos contribuido con la contaminación ambiental y el no cuidado de la Casa Común, hablamos de la crisis climática. Pero también hay que entender que hay una transformación evolutiva de la Tierra y nos tocó a nosotros vivirla. Por el contrario, Él está ahí con nosotros, diciendo: ‘ánimo, no tengan miedo’; ‘yo estoy con ustedes siempre para salvarlos, para liberarlos, para que no claudiquen ante la adversidad’.
Entonces, ¿cuál es el regalo del Señor en estos días?: fortalece tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. La fe, que nos permite mirar esta realidad con los pies en la tierra y creer en Dios, pero también tenemos que creer en nosotros. Eso es clave para que, creyendo en las capacidades que el Señor nos ha dado, las pongamos en servicio. Con una fe robusta, vamos a tener esperanza de que vamos a salir adelante. Y esa esperanza viva se vuelve caridad eficaz, que es el amor.
Eso que estamos experimentando en el país, esa explosión de la caridad eficaz, es un ejemplo maravilloso para Colombia y el mundo entero. Jóvenes, personas de todas las edades y condiciones sociales: el que tiene dinero, aporta; el que tiene bienes, los ofrece y el que no tiene nada, da sus manos, su tiempo.
Los voluntariados han sido una cosa estupenda. Esa es la caridad eficaz que, Dios lo permita y nosotros también, debe continuar en el tiempo.
Pero la Iglesia también está sumando a ese ‘todos ponen’. ¿Qué están haciendo?
Primero, en el gran problema del hambre. A través de los 28 bancos de alimentos, más las 188 parroquias, que están haciendo campañas bellísimas, hacemos llegar alimentos y bienes a las parroquias y a las personas más necesitadas. Hemos distribuido, del Banco de Alimentos de Cali, cerca de 300 toneladas, que no solo han sido para la zona urbana: aquí hay un sector muy doloroso, que es la ladera. Hay que acompañar a Altos de Santa Elena y Polvorines, la gente está en la calle y hay que llevarles comida. Hemos mandado tractomulas a Pereira, Buenaventura, Palmira y a Quibdó, que han sido tan afectados y esperamos, si Dios lo permite, crear un banco de materiales, porque la gente también está con el deseo de aportarnos para ello.
El segundo, el tema espiritual: vino un grupo de 80 sacerdotes de Bogotá al Valle del Cauca, 12 para Cali y un obispo, para ayudarnos en las visitas a los lugares donde hay calamidad, porque esa depresión, la tristeza por lo que se ha perdido, espiritualmente puede sanarse desde la fe y la escucha. Así, el cardenal Luis José Rueda estuvo un día en Buga y miércoles, jueves y viernes en Buenaventura, de manera que es un testimonio de que la Iglesia nos arropa.
¿También están brindando apoyo psicológico?
Conformamos un equipo con sacerdotes que han estudiado psicología y con laicos y laicas preparados en esos temas, que hacen parte de movimientos apostólicos, Emaús, Lazos de Amor Mariano, Camino Neocatecumenal y demás, y alzaron la mano y dijeron: ‘aquí estamos’. Con ellos estamos acompañando a las personas que lo necesitan, porque es un trauma muy profundo.
Tenemos grandes problemas, sobre todo con la niñez. En nuestra Arquidiócesis tenemos 29.000 estudiantes que no han podido empezar su normalidad académica. Algunos tienen miedo de regresar al aula y ese es un acompañamiento que, con los psicólogos de los colegios, tenemos que hacerlo. Es un requerimiento que nos ha hecho la Secretaría de Educación.
Espiritualmente, comparto que ayer tuvimos, en la Iglesia San Juan Pablo II, un encuentro espiritual, de carácter ecuménico, arropando y orando por los damnificados. Tuvimos un judío, varios hermanos cristianos separados, no católicos y estuve yo acompañando, pero fue muy bonito, porque las víctimas son más allá de que seamos católicos, hay que orar por todos y creo que es un signo de comunión que está dando también Cali: reunirnos todos, pensamientos ideológicos diferentes, pensamientos religiosos diversos, todos somos un solo pueblo en la adversidad, como debiera ser también en la alegría.
Entonces doy gracias a Dios por ese acto que tuvimos, una velatón muy hermosa, donde cada uno tuvo un signo de oración invocando la protección de Dios y su bendición para salir adelante de esta encrucijada.

Hablando de damnificados, varios templos de la ciudad y de otros municipios también se vieron afectados por el terremoto...
Si bien es cierto el Estado acompañará lo que es la reconstrucción de las ciudades en todos los daños, las más de diez mil casas de las que hablábamos ahora, también centenares de instituciones y la Arquidiócesis se vieron afectadas y esperamos que el Estado, hago aquí un clamor desde ya, nos tenga en cuenta. Además, nuestros edificios son de servicio comunitario.
Tengo 62 iglesias afectadas en solo Cali. No tengo el dato de los demás municipios, pero en total creo que podemos estar en torno de los 100 templos y capillas que han tenido una afectación. De Cali, de esas 62, unas 16 vamos a tener que demoler, es muy duro, muy doloroso, pero hay que hacer una iglesia nueva.
Estoy pensando en el templo principal de La Cumbre, que se cayó; los dos templos de Dagua, que también hay que demolerlos. En el templo de Colseguros, y en La Merced, pero de una manera muy especial en nuestra Catedral San Pedro Apóstol, que se afectó de una manera grave. Tenemos que hacer unos trabajos que nos durarán por ahí unos tres años, si logramos rescatar. Parecería que la infraestructura aguanta, pero hay que demoler todo lo que es la parte de techos y algunos muros laterales, o sea que hay que hacerla de nuevo. Estamos muy tristes, es un templo de más de 200 años, patrimonial.
En estos días vinieron del Ministerio de Cultura, que está haciendo el levantamiento de estos edificios emblemáticos en el país. Hicieron el recorrido desde Manizales hasta acá, estuvieron en el norte del Valle del Cauca, en Roldanillo, El Cairo y El Dobio, unas iglesias patrimoniales que se cayeron allí, y esta semana estuvieron en Cali haciendo el levantamiento y nos darán las instrucciones respectivas, confiando en Dios y en la buena voluntad del Estado que haya los recursos para reconstruir estos templos, que son también centros espirituales de las ciudades.
Monseñor, ¿le preocupa que no se reactive pronto la economía en Cali?
Yo diría que, precisamente porque hay mucho por hacer, la economía tiene que reactivarse. Pensemos en lo que es la mano de obra directa e indirecta para la construcción de una sola casa: es mucha la mano de obra que se necesita, y es lo que se había frenado un tanto, unos cualificados y la mayoría que no la necesitan tanto, que es la que necesita trabajar para poder llevar a sus casitas el pan diario.
Tengo la ilusión de que, aunque vamos a estar muy apretados, la economía empezará a tener su desarrollo positivo en cuanto que vamos a necesitar mucha gente trabajando. Y eso también genera serenidad y paz en un territorio. Si la gente está ocupada trabajando, vamos a tener paz y es lo que necesitamos.
Monseñor, su mensaje final para todos los vallecaucanos, sobre esa necesidad de que esta solidaridad no termine...
En primer lugar, agradecer a tanta gente que se ha vinculado a esta realidad. Pienso en los rescatistas: en una visita que hice al sector de Capri, un rescatista estaba llorando, se me acercó y me dice: ‘monseñor, ¿le puedo pedir una cosa?’, deme la bendición, la necesito’. Y los dos prácticamente nos pusimos a llorar. De verdad es muy impactante, lo hacen con tanta generosidad, con tanto amor, libremente, dando lo mejor de sí, incluso algunos afectándose en su salud psíquica y física. Agradecer a esos rescatistas, a los profesionales y a los voluntarios, al Estado mismo. Pienso en nuestro Alcalde, en su esposa, Taliana, en toda la estructura de la Alcaldía de Cali.
He estado hablando con cada uno de los alcaldes y alcaldesas que me corresponden, y están comprometidos, allí, junto al yunque. Agradecerles a los bomberos, a la Policía, a los medios de comunicación, que están conjugando la noticia real de lo que vivimos con ese llamado a la solidaridad y a que trabajemos juntos. En fin, es una gratitud a todos, que se une a la oración por las víctimas y damnificados.
Y mi reiterado llamado a que no bajemos la guardia en dos sentidos: Uno, con la esperanza. Si perdemos la esperanza, no hay nada que hacer. Y Cali no puede perder la esperanza, ya hemos superado muchísimas realidades de dolor. Hace 70 años, el 7 de agosto de 1956, hubo una explosión: siete camiones cargados de dinamita explotaron buena parte de la ciudad, y salimos adelante.
La historia nos motiva a ir para adelante. Como hemos recordado lo del 92, lo de Armenia, también eso nos tiene que motivar a salir adelante.
Y mi bendición para todos: que el Señor nos ilumine con su Santo Espíritu, para que, conjuntamente, encontremos las mejores vías para dar solución a este gran problema que nos ha tocado enfrentar, unidos en el amor.
Olga Lucía Criollo es comunicadora social y magister en sociología de la Universidad del Valle, con más de 30 años de experiencia en el periodismo y 10 en docencia.










