Cali
Personas en albergues de Cali tras el terremoto piden no ser olvidados; llegada de ayudas ha disminuido
Familias de Chiminangos, Altos de Santa Elena y otros sectores de Cali permanecen en carpas y albergues mientras esperan que se determine si sus viviendas son seguras. Siguen necesitando ayudas.
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23 de ago de 2026, 02:55 p. m.
Actualizado el 23 de ago de 2026, 03:01 p. m.
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La voz de Luis Alberto Valencia se quiebra cuando habla de Armenia. Tiene 82 años y todavía le cuesta recordar aquel enero de 1999, en el que un terremoto destruyó parte de la ciudad donde vivía, lo dejó sin empleo y sin sus pertenencias, y lo obligó a comenzar de nuevo.
Han pasado 27 años desde entonces y ahora, en Cali, vuelve a dormir fuera de su casa por cuenta de otro sismo.
“Para mí, volver a vivir algo así, después de haber pasado por el terremoto de Armenia, es muy duro. Eso me quiebra mucho. No quiero recordar el de Armenia. Fue muy duro”, dice Luis Alberto, quien desafortunadamente no cuenta con una pensión porque le hicieron falta unas semanas para lograr la meta y hoy permanece refugiado en un parque en el barrio Chiminangos, sobre la Calle 62.
Su apartamento, en la torre B de ese sector, no quedó afectado al punto de impedir su habitabilidad. Sin embargo, las torres A, D y E, que están a su alrededor, sí presentan afectaciones y algunas tienen restringido el paso. El riesgo de las estructuras vecinas hizo que Luis Alberto y otras familias tuvieran que salir de sus hogares y buscar refugio en las zonas dispuestas para los evacuados.
“Yo vivo en la torre B, pero la torre A está muy afectada, al igual que las torres D y E”, explica el hombre, quien lleva varios días durmiendo en el albergue junto a otras familias.
La historia de Luis Alberto resume una situación que se repite en distintos sectores de Cali: personas que todavía tienen una vivienda, pero no pueden regresar a ella hasta conocer con certeza si es seguro hacerlo.

En algunos casos, además, la incertidumbre no solo tiene que ver con el estado de su casa, sino con las condiciones de las edificaciones que la rodean. En Chiminangos, Catherine Varela Valencia lleva días viviendo en una carpa junto con su familia y mascotas. Ella reside desde hace una década en el barrio y desde hace cuatro años ocupaba el apartamento del que tuvo que salir después del sismo del 10 de agosto.
Su torre, la F, es una de las afectadas y por ahora el riesgo de colapso impide que los residentes puedan ingresar para recuperar sus pertenencias.
“Nuestra torre es la que está enseguida de donde falleció la señora en las escaleras. Creo que de las unidades más afectadas fue la de nosotros y no podemos ingresar a los apartamentos porque hay riesgo de colapso”, dice.
Desde el 10 de agosto, ella y otras personas permanecen en carpas. Durante los primeros días recibieron alimentos, elementos de aseo y otras ayudas de ciudadanos que llegaron hasta el lugar para colaborar.

Sin embargo, mientras buena parte de la urbe intenta retomar su rutina, las donaciones han empezado a disminuir y las familias evacuadas continúan sin una fecha clara para regresar a sus hogares.
“La verdad es que los primeros días mucha gente venía y es entendible, pero ya ahorita han bajado mucho y nosotros seguimos aquí. No sabemos hasta cuándo vamos a poder estar aquí”, anota Catherine antes de añadir: “Tampoco sabemos todavía si vamos a poder sacar nuestras cosas de los apartamentos o si definitivamente se van a perder allí, porque, con el riesgo de colapso que hay, no podemos hacer nada al respecto por ahora”.
En medio de esa espera, la propia comunidad ha tenido que organizar parte de su supervivencia. Catherine, quien dice estar vestida de pies a cabeza con prendas donadas, destacó la ayuda de personas que llegaron al sector para instalar vallas, cubrir las carpas y colaborar con la logística.
“A pesar de que las ayudas han bajado un poco, sí hemos sentido el corazón caleño y colombiano aquí con nosotros”, asegura.
En el mismo sector está Jenny Maritza, quien permanece refugiada junto con su esposo y sus hijos. Su familia, además, llegó a Cali en condición de desplazamiento desde Arauca y enfrenta ahora una nueva situación de vulnerabilidad.
Entre sus necesidades está recibir colchonetas, ropa para los niños y “no tenemos recursos para buscar dónde habitar mejor con los niños. Esa es la necesidad más grande”, manifiesta Jenny Maritza.

La vida cotidiana tampoco se parece a la que tenían antes del sismo. Los menores han recibido algunas prendas, recreación y regalos, pero las condiciones de permanencia siguen siendo precarias. “Para nosotros el día se pasa estando sentados afuera”, cuenta la mamá.
A varios kilómetros de Chiminangos, en Altos de Santa Elena, en el barrio Meléndez, otra comunidad intenta resolver por sus propios medios las necesidades de las familias evacuadas.
Allí, Jennifer, una de las líderes del sector, recibe y organiza las donaciones en un centro de acopio levantado por habitantes y voluntarios.
Son ocho torres las que pemanecen deshabitadas mientras avanzan las verificaciones sobre el estado de sus condiciones.
“Estoy recibiendo ayudas para este sector, donde hay ocho torres afectadas, de la 83 a la 90, que están para demolición y ninguna es habitable”, explica Jennifer, quien calcula que entre 150 y 200 personas reciben apoyo a través de este punto de acopio.
El lugar funciona prácticamente como una pequeña central de distribución comunitaria. Allí se organizan alimentos, elementos de aseo, pañales, pañitos, agua, jugos, dulces y comida para perros y gatos.
Las ayudas que llegan durante el día son distribuidas posteriormente entre los residentes de las ocho torres, mediante los líderes que conocen a las familias de cada edificio.
“Los mercados traen alimentos para preparar, como fríjoles, lentejas y aceite”, cuenta Jennifer, quien señala que tienen neveras en la calle, conectadas con extensiones desde los apartamentos, para mantener refrigerados algunos productos y bebidas destinadas especialmente a los niños.
Pero una de las principales preocupaciones en ese sector de Altos de Santa Elena es la alimentación. la comunidad recibe algunos desayunos y almuerzos preparados, pero no siempre llegan en cantidad suficiente.
Por eso, Jennifer busca elementos para poner en funcionamiento un comedor comunitario que permita preparar los alimentos directamente en el lugar y distribuirlos entre las familias.
“Hoy, por ejemplo, no nos entraron desayunos. Estamos con pancito y unos cafecitos que nos llegaron. Almuerzos tampoco nos han llegado casi. Entonces, queremos dejar de depender de que la gente nos traiga los almuerzos y poder prepararlos nosotros mismos para distribuirlos entre las personas que tenemos acá”, dice la líder.
La lluvia también se convirtió en otro problema. Las familias duermen en carpas y las precipitaciones de los últimos días han mojado cobijas, colchonetas y pertenencias.
Algunas carpas tuvieron que ser reparadas o cubiertas nuevamente para evitar que el agua terminara afectando las pocas cosas que los evacuados lograron conservar.
Entre quienes permanecen allí también están las mascotas. Una de las habitantes pidió ayuda especialmente para los perros, pues el sol, la lluvia y los cambios de clima también los afectan.
La misma situación se observa en el sector de la Calle 9 con Carrera 42, donde Mauricio Arenas permanece junto a otros residentes del edificio Multifamiliar Los Cerezos.

Allí, algunos vecinos tuvieron que instalarse en carpas, mientras otros han debido pagar arriendo o trasladarse temporalmente a otros lugares, a la espera de poder definir qué ocurrirá con sus viviendas y con las pertenencias que quedaron dentro, puesto que, a pesar de que el edificio quedó en pie, es casi que imposible su acceso por las graves afectaciones.
“La verdad, es muy triste, porque muchas personas tenían sus cosas, todas sus pertenencias, y han quedado muy mal económicamente”, cuenta.
En ese punto, la solidaridad también se convirtió en una forma de sostener la vida cotidiana: un vecino, cuyo apartamento no resultó afectado, les permite utilizar su baño, mientras las ayudas de alimentación y agua han llegado desde diferentes lugares.
La magnitud de la tragedia ocasionada por el terremoto del pasado 10 de agosto también se refleja en uno de los albergues dispuestos en las Canchas Panamericanas, hasta donde también llegó El País.
Allí, el pasado jueves permanecían 23 familias, integradas por 65 personas. De ellas, 32 eran adultos entre los 18 y los 59 años, 5 eran adultos mayores y 28 eran niñas, niños o adolescentes.
Entre las personas que seguían en ese albergue también había 2 en situación de discapacidad, 11 extranjeras y 30 eran víctimas del conflicto armado que se registra en Colombia.
Son cifras que muestran que los refugios no solo están recibiendo a familias que tuvieron daños materiales, sino también a personas con condiciones particulares que requieren atención durante el tiempo que permanezcan fuera de sus hogares.
Además, le confirmaron a este periódico que, en la noche del miércoles, 87 personas que estaban en el albergue fueron enviadas a hoteles.
Lo que se está haciendo
Mientras tanto, la Administración Distrital asegura que continúa acompañando a las comunidades y articulando la atención en los diferentes sectores afectados.
Según un boletín divulgado el pasado jueves, en Chiminangos II funcionarios de la Secretaría de Paz y Cultura Ciudadana acompañan a las familias durante la verificación de las condiciones de infraestructura de viviendas y negocios, en articulación con ingenieros de la Secretaría de Vivienda Social y Hábitat y de la Unidad Administrativa Especial de Gestión del Riesgo de Desastres.
La Alcaldía señaló, además, que se está facilitando el diálogo entre los equipos técnicos y las familias para brindar información sobre el estado de las edificaciones y orientar las rutas de atención.
También se verifica que quienes solicitan apoyos económicos y en especie sean habitantes de la zona y se articulan posibles alternativas de alojamiento, entre ellas hoteles y albergues gestionados con diferentes dependencias y agremiaciones.
En la Comuna 19, de acuerdo con esa información oficial, equipos de la Subsecretaría de Prevención y Cultura Ciudadana apoyan la recolección de datos durante las jornadas del Censo Nacional de Riesgos.
Esa información busca identificar las afectaciones en viviendas y locales comerciales y facilitar la toma de decisiones, así como el acceso a subsidios y apoyos del Estado.
Pero mientras se completan esos procesos, hay familias que siguen esperando en carpas, canchas y albergues. Algunas no saben cuándo podrán volver a entrar a sus apartamentos; otras ni siquiera saben si podrán recuperar las pertenencias que dejaron atrás. Y en medio de esa espera, las necesidades más básicas siguen marcando el día a día.
Comunicador social y periodista de la Universidad Autónoma de Occidente. Especialista en comunicación y periodismo digital. Periodista del Diario El País desde el 2017 y docente universitario.









