Cajeras de supermercados, los otros valientes en la 'primera línea' de la pandemia

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Cajeras de supermercados, los otros valientes en la 'primera línea' de la pandemia

Mayo 10, 2020 - 09:40 a. m. Por:
Santiago Cruz Hoyos

Desde las cajas de los supermercados, las cajeras hacen pedagogía en tiempos de pandemia. A los clientes les recuerdan las medidas de seguridad para cuidarse del coronavirus. Y, como el personal de salud, siguen estrictos protocolos de higiene.

Foto: Bernardo Peña - El País

En días de coronavirus los cajeros de los supermercados y las rapitiendas de Cali lucen como jardineros. Casi todos llevan las caretas de protección que se utilizan para cortar el césped con guadaña. También se ponen tapabocas, guantes, y, sin excepción, tienen a la mano un tarro a tope de alcohol o gel antibacterial que oprimen como por instinto de supervivencia cada que terminan de atender a un cliente. Enseguida pasan un trapo por la caja, en completo silencio.

A lo mejor apenas sea una impresión, pero durante la pandemia se han vuelto más callados. Es entendible. Nadie quiere hablar con alguien que se encuentre a menos de un metro. Además, en días en los que solo se puede entrar a los supermercados según el último dígito de la cédula, y de a máximo cinco o diez, a las afueras se forman filas como culebras mientras se soporta un sol inclemente, por lo que ningún cajero se puede dar el lujo de conversar así sea mientras registra los productos.

Daniela Díaz, la cajera de la rapitienda de mi barrio, Mercadiario, apuntó mejor su celular en el recibo de dos plátanos, dos tomates y un manojo de cilantro para hacer la entrevista por teléfono, y en la noche, cuando no estuviera de turno.

En la línea me aclara que aunque nació en Cali, se crió en Táchira, Venezuela, cerca de la frontera con Colombia, lo que explica su acento extranjero. Allá vivía en una casa propia, estudiaba informática en la universidad, pero desde que empezaron a escasear los alimentos decidió regresar donde su familia junto con su hijo, Sebastián, que tiene 4 años.

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Hace apenas dos meses trabajaba vendiendo ropa en un almacén de Unicentro. Justo a tiempo por el coronavirus, una amiga la recomendó en la rapitienda y la contrataron de inmediato, a lo mejor por sus conocimientos en sistemas. Daniela dice con toda razón que es casi un privilegio tener trabajo en estos tiempos de gérmenes extraños, avispones asesinos.

– En la rapitienda a veces nos pagan un día antes de la fecha de la quincena. Los dueños son muy responsables. Y mi familia, más que estar asustada por el coronavirus, agradece el trabajo. Ellos saben que me cuido mucho, así que no se preocupan. Y eso hago todos los días cuando salgo a trabajar: cuidarme para no contagiarme.

Como vive en el norte de la ciudad, a una hora en MÍO de la rapitienda, hizo un trato con una compañera que tiene moto: Daniela se encarga del turno de la mañana, que va desde las 7:00 a.m. hasta las 4:00. Así puede abordar el MÍO cuando aún no va muy lleno y además no sale tan tarde, cuando el transporte es difícil. Su compañera hace el turno que inicia al mediodía y finaliza a las 8:00 de la noche.

"¿Cómo tratamos a las personas que nos garantizan los servicios esenciales? Siempre han sido imprescindibles, pero ahora esta realidad se vuelve más evidente y nos pone frente al espejo”, Josep Oliver, economista.

A ambas algunos clientes les han agradecido que en estos días cuando todo el mundo anda con los pelos de punta ellas estén ahí, al frente de la caja, con sus caretas para cortar el césped. Que la tienda del barrio siga abierta ayuda a la salud mental de todos; una grieta de normalidad. Además, ir a comprar la leche o un helado de arequipe es descansar así sea por unos preciosos minutos del confinamiento.

– Se siente bien el saber que todos los días le ayudo a la comunidad en esta situación - dice Daniela, quien una vez termine todo esto del coronavirus, anhela retomar sus estudios de sistemas.

Ingrid Geraldine Erazo estudia por su parte un técnico como auxiliar administrativa. Su meta es abrir una empresa de comidas rápidas una vez termine la pandemia. Ella por supuesto estará tras la caja. Siempre ha trabajado allí.

Empezó en una heladería, donde también era vendedora, impulsadora y coordinadora de punto. Después fue cajera en un supermercado del barrio San Fernando que permanece abierto 24 horas. Cuando salía tarde, la empresa le pagaba un vale de taxi para llevarla a su casa, por el Zoológico.

En el teléfono la escucho sonreír, y por la manera en que lo hace imagino que es de esas risas irónicas. A lo mejor se acuerda de alguien. La pandemia por el coronavirus, dice Ingrid, le está enseñando al mundo a valorar los oficios que antes no se valoraban como deberían. En varias ocasiones escuchó de boca de clientes soberbios una frase que le dolía: “esa simple cajera”.

1 salario mínimo es el sueldo promedio de los cajeros en Cali, aunque varía de acuerdo a las empresas donde laboren.

También escuchó lo mismo de otros oficios: “ese simple recolector de basura”; “ese simple panadero”; “ese simple conductor”; “ese simple portero”. Ahora, en cambio, continúa, son esas personas que algunos miraban con desdén las que sostienen al mundo en el confinamiento.
En un artículo publicado en el diario La Vanguardia, el economista Josep Oliver se pregunta a propósito: “¿cómo tratamos a las personas que nos garantizan los servicios esenciales? Siempre han sido imprescindibles, pero ahora esta realidad se vuelve más evidente y nos pone frente al espejo”.

Paula Andrea Montero Maya, quien empezó como cajera en el supermercado Mercaunión del barrio El Diamante, al oriente de la ciudad, y ahora es supervisora, está segura de que la pandemia ubicó a cada quien en el lugar que le corresponde y encima nos enseñó a ser más humildes. Ojalá sea cierto.

En el supermercado ella se encarga de supervisar que en las cajas, en la sección de carnes y en general en el almacén todo marche bien. También se cerciora de hacer cumplir los controles sanitarios. Desde desinfectar las manijas de los carros de mercar hasta los productos empaquetados, así como que los clientes cumplan su parte por la seguridad de todos.

Los supermercados de hecho son como cerraduras desde donde se puede observar los comportamientos de los ciudadanos en días de pandemia. Paula dice que aún “hay mucha gente que no se monta en la película de lo que está pasando”. Como los que en días en los que pueden comprar según el último dígito de la cédula, van hasta tres veces al supermercado para adquirir cualquier cosa, un bon bon bum, con tal de salir de la casa.

– Nosotros hacemos un trabajo de educación y persuasión. Hablamos con las personas sobre las normas para protegernos del coronavirus. La mayoría entiende, pero en casos extremos acudimos a la Policía, que en este punto hace presencia permanente.

Como el personal de la salud, cajeros y supervisores de supermercados siguen un riguroso protocolo de seguridad. Paula procura por ejemplo hacer turnos seguidos, y no partidos durante el día, para no tener que ir varias veces a la casa.

Una vez llega, se quita la ropa sin tener contacto con su mamá, que es hipertensa, y con su hijo de 4 años. Se dirige directamente al baño, donde se da una lucha larga con mucho jabón.

"Cuando veo que un cliente de más de 60 años se acerca con su mercado, desinfecto la caja de nuevo así ya lo haya hecho. Es otra manera de ayudar. También les recuerdo las medidas de seguridad, como el distanciamiento social", Fernanda Restrepo, cajera de Comfandi

– No me gustaría ver ni a mi mamá ni a mi hijo contagiados. Ese es el temor de quienes debemos salir a la calle a trabajar todos los días.
Fernanda Restrepo hace lo mismo. Cuando llega a su casa se quita el uniforme de los supermercados Comfandi – donde trabaja como cajera – y entra directo al baño. Cuidarse ella y a los demás es una de las tareas fundamentales del oficio del cajero, explica.

Como por lo regular ha estado atrás de la caja de cafeterías y restaurantes, adquirió hábitos que no le son extraños en la pandemia: lavarse las manos con frecuencia, desinfectar la caja con frecuencia, hacer pedagogía con los clientes de confianza sobre las recomendaciones a seguir.

– Un buen cajero no se limita a registrar los productos – dice Fernanda como en una clase magistral, y agrega que a aquellos clientes de más de 60 años que los ve con frecuencia en el supermercado comprando un aguacate o una libra de azúcar les recuerda que es mejor adquirir lo necesario para no salir de la casa tantas veces y en lo posible, que envíen a hacer las compras a personas que no hagan parte de la población en riesgo por el coronavirus, aunque en este punto de la pandemia todos los seamos.

A veces Fernanda también se dirige a la cabina donde está el micrófono de Comfandi El Prado y además de impulsar productos nuevos, recuerda las medidas de seguridad que debemos seguir para no enfermarnos de Covid – 19. No es que tenga una voz de locutora, aclara riéndose, pero lo que pasa es que un cajero debe darlo todo para ayudar en estos tiempos de incertidumbre.

Contra el Covid

Los supermercados y rapitiendas siguen tomando medidas contra el coronavirus.

En Comfandi, por ejemplo, los pasamanos de los carros de los mercados se limpian y se desinfectan permanentemente, y se han extremado las medidas de aseo con desinfectantes y químicos para hacer la limpieza correspondiente.

Los cajeros cuentan con guantes, tapabocas y gel para higiene.
Además se permite el ingreso de a diez clientes para que hagan sus compras, y de esta manera garantizar al distanciamiento social.
Por cierto: las frutas y las verduras se les compra directamente a los campesinos.

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