Más de 15.000 civiles muertos, al menos 40.600 heridos en territorio ucraniano y cerca de 6 millones de habitantes de ese país refugiados en el extranjero. Esas son las cifras que la Organización de Naciones Unidas había contabilizado hasta el 2025 sobre la guerra que inició cuatro años atrás, cuando Rusia sobrepuso su apetito expansionista sobre una historia compartida entre poblaciones hermanas.
En efecto, han pasado 1463 días desde que ese deseo de dominio se unió a la ‘necesidad’ del Gobierno de Vladimir Putin de impedir el ingreso de Ucrania a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, Otan, precisamente para garantizar que las potencias europeas no se vean obligadas a hacerse parte en sus diferencias geopolíticas con Kiev.
Y lo cierto es que Moscú no solo ha logrado impedir que el presidente Volodymyr Zelensky alcance su meta de sumar su país a ese ente supranacional, que básicamente tiene un acento militar, sino que también ha sido exitoso en su propósito de que la comunidad mundial no se muestre firme ni unida en su rechazo a la invasión que inició el 24 de febrero de 2022.
De hecho, ante la pasividad del Viejo Continente, al llegar al poder el mandatario estadounidense, Donald Trump, dio a entender que pasaría a la posteridad porque acabaría la guerra en Ucrania de un plumazo, lo cual no ha ocurrido más de un año después de habitar en la Casa Blanca y tras varios acercamientos y lejanías con Putin.
Por esas razones, pero también, hay que decirlo, porque las tropas de Kiev no han resultado tan fáciles de derrotar como lo imaginó el Kremlin al decretar la invasión, lamentablemente no se visualiza un pronto cese de ese conflicto armado, pese a que las cifras de los caídos en combate igualmente suman rusos. Así lo ratifica el Centro estadounidense de Estudios Estratégicos e Internacionales (Csis), que habla de hasta 325.000 soldados de ese país fallecidos y de entre 100.000 y 140.000 militares ucranianos asesinados.
Es como si la ambición por el poder político y bélico menospreciara la evidente realidad de que detrás de cada una de esas personas muertas había una historia, una familia y un proyecto de vida que ningún gobierno extranjero tenía el derecho de destruir con un bombardeo o una invasión armada. Pero también como si la comunidad internacional, empezando por Naciones Unidas, se creyera sin el suficiente peso para impedir que la milicia tenga que pelear una guerra que no es de ella y que los ataques inmisericordes eliminen civiles inocentes.
Por todo ello el pesimismo impera cuando se intenta vislumbrar el final de la invasión, ya que el conflicto se ha transformado en un enfrentamiento de avances lentos y costosos, mientras Moscú se rehúsa a salir del 20 % del territorio ucraniano que domina desde antes de 2022 y Kiev sigue amparado en los 234.000 millones de dólares que ha recibido de Europa para contraatacar.
Y tampoco genera expectativa que la Asamblea General de Naciones Unidas haya expedido una resolución en la que 107 países reiteran el “firme apego a la soberanía, la independencia, la unidad y la integridad territorial de Ucrania dentro de sus fronteras internacionalmente reconocidas”, puesto que ni en la víspera de la triste conmemoración de este 24 de febrero se detuvieron las acciones de Moscú: este lunes murieron otras tres personas a causa de ataques con drones en el territorio invadido, lo que significa que la guerra simplemente continúa.