El crecimiento de la economía colombiana en 2025, de 2,6 %, merece una lectura equilibrada. No es una cifra despreciable en un contexto internacional complejo, con tensiones geopolíticas, volatilidad financiera y menor dinamismo global. Tampoco es, como algunos quisieran verlo, una señal de estancamiento inminente. Pero sí es un resultado que obliga a encender las alertas, cómo lo han advertido expertos.

Colombia creció. Y eso, en sí mismo, es positivo. Es un resultado mejor que el 2024, esto pese a que la política contractiva del Banco de la República se mantiene, al igual que la incertidumbre política. Mantener una expansión superior al 2 % habla de una economía que conserva capacidad de resistencia.

El consumo de los hogares creció 3 %, los servicios mostraron dinamismo y el gasto público sostuvo parte de la actividad en el tramo final del año. Hay sectores que han logrado adaptarse y mantener la rueda en movimiento.

Sin embargo, el detalle de las cifras revela fragilidades que no pueden ignorarse. La primera y más preocupante es la caída de la inversión. La formación bruta de capital fijo se contrajo 2,9 % en 2025, después de haber crecido más de 10 % el año anterior. Más grave aún es la tendencia estructural: la tasa de inversión ha caído del 21 % del PIB en 2019 al 16 % en 2025. Esa reducción no es un dato menor; es una señal de menor confianza, de postergación de proyectos productivos y de debilitamiento de la capacidad futura de crecimiento.

Una economía puede sostenerse un tiempo sobre el consumo, pero no puede desarrollarse sin inversión. Son las nuevas plantas, la maquinaria, la infraestructura y los proyectos empresariales los que determinan la productividad y el empleo de mediano plazo. Si la inversión privada retrocede mientras el gasto público gana peso, el modelo se vuelve más frágil y dependiente del presupuesto estatal.

La segunda alerta proviene precisamente del consumo de los hogares. Si bien creció 3,6 % en 2025 —impulsado incluso por una sorprendente expansión de bienes durables— ese motor podría perder fuerza en el primer semestre de 2026. El endurecimiento de las condiciones financieras y el posible aumento o mantenimiento de tasas de interés elevadas encarecen el crédito, enfrían la compra de vivienda y restringen el gasto financiado. Una economía apoyada en el consumo, pero enfrentada a tasas altas y menor liquidez, corre el riesgo de desacelerarse rápidamente.

A esto se suma el frente externo. Las exportaciones apenas crecieron 1,2 %, y la apreciación del peso frente al dólar podría restar competitividad a los bienes colombianos en el exterior. Un dólar más bajo abarata importaciones —lo que puede ayudar a contener inflación—, pero también reduce los ingresos de exportadores, especialmente en sectores como el agro y la industria. Si a esto se añade la volatilidad en precios de materias primas y la debilidad estructural de algunos sectores como minería y manufactura, el panorama se vuelve más desafiante.

El Gobierno no puede conformarse con el 2,6 %. Se requiere una estrategia integral que recupere la confianza inversionista, garantice seguridad jurídica, agilice trámites y envíe señales claras de disciplina fiscal. También es fundamental acelerar proyectos de infraestructura, impulsar asociaciones público-privadas y fortalecer la competitividad exportadora.

La economía colombiana demostró resiliencia en 2025. Pero hay alertas que el gobierno puede apagar o reducir. Sin inversión sólida, sin un sector externo vigoroso y con un consumo que podría enfriarse, el crecimiento corre el riesgo de perder tracción. El momento exige decisiones responsables y tal vez escuchar a quienes vienen pidiendo un plan de choque para reactivar los sectores quedados.