Las noticias sobre un acuerdo de paz entre Estados Unidos, Irán y posiblemente Israel generan gran expectativa internacional y una esperanza de que se acaben las tensiones que tienen desde hace varios meses al mundo en vilo, tanto por lo que representan en pérdida de vidas humanas como por los efectos directos que tienen para la economía global.
Por ello hay que celebrar los avances entre Washington y Teherán, que, según las declaraciones del presidente Donald Trump, abren la puerta a una nueva etapa de negociaciones que va a durar varios meses. El acuerdo debe ser recibido con esperanza, pero también con prudencia.
Hoy existe una oportunidad que no puede desperdiciarse. Por encima de las diferencias ideológicas, religiosas o geopolíticas que separan a estas naciones, hay un principio que debería predominar sobre cualquier cálculo estratégico: la vida humana.
El mundo conoce demasiado bien los efectos de los conflictos en esta región. Cada enfrentamiento tiene repercusiones que van mucho más allá de las fronteras de Irán, Israel o Estados Unidos. La inestabilidad en Oriente Medio afecta los mercados energéticos, altera las rutas comerciales, aumenta los desplazamientos humanos y alimenta nuevos ciclos de radicalización y violencia. En un mundo profundamente conectado, una guerra regional nunca es un problema exclusivamente local.
Por ello, el eventual acuerdo no debe ser entendido como una simple pausa en los combates ni como un documento firmado para satisfacer necesidades políticas inmediatas. El reto verdadero comienza después de la fotografía de la firma. La segunda fase de negociaciones anunciada, que abordará asuntos especialmente sensibles como el programa nuclear iraní, el enriquecimiento de uranio y el levantamiento de sanciones, será la prueba definitiva de la voluntad de las partes para construir un entendimiento duradero.
Los intentos anteriores de acercamiento entre Washington y Teherán terminaron erosionados por la falta de confianza mutua, las diferencias sobre los mecanismos de verificación y los cambios en la política interna de los países involucrados. Esta vez tiene que ser diferente; un acuerdo de esta magnitud requiere instituciones de seguimiento, compromisos verificables y garantías internacionales que eviten que cualquier crisis futura vuelva a llevar a la región al borde del abismo.
Pero el camino hacia una paz estable no depende únicamente de Estados Unidos e Irán. Israel es un actor determinante en este complejo tablero geopolítico, y ya es hora de que el primer ministro, Benjamín Netanyahu, mire más allá y atienda los reclamos mundiales que claman porque cesen las agresiones a sus vecinos.
La seguridad es una preocupación legítima, especialmente frente al debate sobre el desarrollo de capacidades nucleares en la región y la existencia de grupos armados respaldados por Teherán. Sin embargo, no puede convertirse en un obstáculo para una salida diplomática.
El gobierno de Benjamín Netanyahu tiene ante sí una responsabilidad histórica: actuar con visión de largo plazo y comprender que la seguridad de Israel no se garantizará únicamente mediante la superioridad militar, sino también mediante la construcción de un entorno regional más estable. Incluso desde Washington se han enviado mensajes en favor de una mayor moderación israelí frente a otros escenarios del conflicto, como la situación en Líbano, en un momento en el que cualquier acción puede poner en riesgo los avances alcanzados.
El mundo necesita que prevalezca la sensatez, por ello es muy importante que Estados Unidos mantenga la vía del diálogo; Irán debe demostrar con hechos que sus compromisos serán cumplidos, particularmente en materia nuclear; e Israel debe entender que una paz imperfecta siempre será preferible a una guerra interminable.