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La confianza se vota

Si algo he aprendido desde la experiencia, es que la confianza no es solo parte de una teoría económica; es quizás la emoción humana que más decisiones determina.

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Hermann Stangl
Hermann Stangl | Foto: El País

16 de jun de 2026, 01:10 a. m.

Actualizado el 16 de jun de 2026, 01:10 a. m.

Más allá de las ideologías, de los discursos y de las narrativas políticas que dominan el debate público, la mayor parte de la riqueza mundial continúa siendo generada por países que promueven la inversión, protegen la propiedad privada, incentivan el emprendimiento y reconocen el papel fundamental que desempeña la empresa en la construcción de prosperidad y bienestar.

La mayoría del PIB global se concentra en naciones que mantienen economías abiertas, instituciones sólidas y una visión favorable a la iniciativa privada. La experiencia económica de las últimas décadas demuestra que las sociedades que han alcanzado mayores niveles de desarrollo, innovación, generación de empleo y calidad de vida son aquellas que comprendieron que la riqueza primero debe crearse, para después poder distribuirse.

Durante más de treinta años he tenido el privilegio de sentarme frente a cientos de familias empresarias que comenzaron en un pequeño local y lograron forjar importantes organizaciones. He visto empresas crecer, transformarse y también desaparecer. Y si algo he aprendido desde la experiencia, es que la confianza no es solo parte de una teoría económica; es quizás la emoción humana que más decisiones determina.

Lamentablemente en este gobierno, se ha consolidado una narrativa que presenta a los empresarios como parte del problema y no como parte de la solución. En repetidas ocasiones hemos escuchado calificativos que alimentan la división entre sectores sociales y que terminan asociando la actividad empresarial con privilegios, élites y clases sociales propias de otras épocas.

Como empresario y consultor, he aprendido que el valor de una organización depende en mayor medida de las expectativas sobre el futuro. Cuando un inversionista valora una empresa, en realidad está valorando la confianza que tiene sobre los años que vienen. Cuando una nación pierde confianza, pierde inversión, y pierde crecimiento, afectando negativamente a las mismas familias que dice querer proteger.

La verdadera discusión ahora consiste en definir si queremos un país que premie la inversión o que la castigue; un país que incentive la generación de riqueza o que termine administrando la escasez; un país que atraiga capital, talento y oportunidades o un país donde cada vez más personas y empresas busquen construir su futuro en otra parte.

Las próximas elecciones son una verdadera decisión sobre el modelo de país que queremos construir para los próximos años. Definirán la confianza de los inversionistas, las oportunidades de nuestros jóvenes, la capacidad de crecimiento de nuestras empresas y el entorno económico en el que vivirán millones de familias colombianas.

El voto no es solamente un derecho democrático, es también una decisión económica, social y generacional. Cada colombiano tiene hoy en sus manos la posibilidad de contribuir o no, a la construcción de un país donde la inversión sea bienvenida, donde el emprendimiento sea valorado y donde las empresas puedan crecer y generar más oportunidades para todos.

Cuando una empresa crece, no ganan solamente sus propietarios. Ganan sus trabajadores, ganan sus proveedores, ganan sus clientes y gana la sociedad en su conjunto. Las empresas fuertes construyen familias más fuertes, comunidades más fuertes y países más fuertes.

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