La salida en julio del primer cargamento de café colombiano por Puerto Antioquia, en el Urabá antioqueño, debería ser una señal de alerta para Buenaventura y para todo el Valle del Cauca. No porque unas pocas toneladas de café representen hoy una amenaza seria para el principal puerto del Pacífico colombiano, sino porque muestra que los exportadores ya cuentan con nuevas alternativas y que la competencia portuaria aumenta.

Durante décadas, Buenaventura ha sido la principal puerta de salida del café colombiano hacia los mercados internacionales. Cerca del 71 % de las exportaciones del grano salen por este puerto. Su ubicación frente a la cuenca del Pacífico y su cercanía con importantes regiones productoras le han dado una ventaja natural que difícilmente puede desconocerse.

Pero ninguna ventaja es eterna si no está acompañada de eficiencia. El primer embarque de café desde Puerto Antioquia puede ser pequeño, pero tiene un enorme valor simbólico.

Es una advertencia de lo que puede ocurrir en el futuro si otros puertos ofrecen menores costos, mejores tiempos de transporte, mayor seguridad y operaciones más confiables.

Por eso sería un error mirar este episodio, que seguramente irá aumentando, con tranquilidad y concluir que Buenaventura no tiene nada de qué preocuparse. Al contrario, es el momento de actuar.

El Valle del Cauca y Buenaventura necesitan una estrategia conjunta para enfrentar los cuellos de botella que encarecen y dificultan el comercio exterior. No basta con tener un puerto estratégicamente ubicado si llegar hasta él implica enfrentar problemas recurrentes en las carreteras, interrupciones en el transporte de carga, dificultades de acceso o condiciones de seguridad que terminan elevando los costos para los empresarios.

La culminación de la doble calzada Buga-Buenaventura es imperativo, aunque faltan pocos kilómetros, estos son claves para aminorar los costos y los tiempos. También es indispensable garantizar que el transporte de carga pueda movilizarse de manera permanente, segura y eficiente, sin que los bloqueos o las dificultades en las vías terminen afectando los compromisos de los exportadores.

A esto se suma la necesidad de seguir mejorando las condiciones de operación del puerto y avanzar en las obras que permitan recibir embarcaciones de mayor calado. La competencia no se gana únicamente con ubicación geográfica. Se gana con infraestructura moderna, conectividad, seguridad, tecnología y costos razonables.

Las autoridades locales, departamentales y nacionales tienen aquí una responsabilidad que no pueden eludir. El futuro de Buenaventura no es solamente un asunto de esa ciudad: está directamente relacionado con la economía del Valle del Cauca y con la capacidad de Colombia para competir en los mercados internacionales.

Miles de empresas dependen de que sus productos puedan entrar y salir del país de manera eficiente. Si exportar desde el Valle resulta cada vez más costoso frente a otras regiones, las consecuencias terminarán afectando la inversión, el empleo y el crecimiento económico.

Puerto Antioquia no debe verse como la gran competencia, es claro que esta puede ser saludable y obliga a mejorar a todos los terminales marítimos del país, pero su entrada en operación sí debe servir para reaccionar.

Buenaventura tiene ventajas enormes. Lo que no puede permitirse es perderlas por falta de decisión, infraestructura o coordinación.