“Si Irán les dispara y mata violentamente a manifestantes pacíficos, como es su costumbre, Estados Unidos acudirá en su rescate. Estamos listos y preparados para actuar”. Esta sentencia, pronunciada este viernes por el jefe de la Casa Blanca, Donald Trump, después de conocerse que al menos siete personas han muerto en medio de los disturbios que casi completan una semana en el país asiático por el alto costo de vida, demuestra que el Mandatario de la primera potencia del mundo está decidido a seguir siendo en este 2026 el líder político con mayor influencia en el orbe.
En efecto, luego de que varios medios de comunicación internacionales lo declararan en el 2025 el Gobernante más influyente de la Tierra “para bien o para mal”, el Presidente estadounidense parece decidido a seguir imponiendo su punto de vista en distintos puntos del planeta, incluido Irán, con cuyo Gobierno ha mantenido serias diferencias, al punto que en junio del año pasado Washington lanzó ataques contra tres instalaciones nucleares de la nación asiática.
De igual forma, Trump terminó el año reuniéndose en Palm Beach, Florida, por más de tres horas con el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, luego de hablar por más de 60 minutos con su homólogo ruso, Vladimir Putin, tratando de avanzar, todavía sin mucho éxito, en su propósito de lograr la paz entre las dos naciones que en febrero próximo completarán cuatro años de guerra, tras la invasión de Moscú al territorio ucraniano.
Y es evidente todo el empeño que el Mandatario de los Estados Unidos ha puesto para mantener la frágil tregua pactada desde octubre entre Israel y Hamás en la Franja de Gaza, en otro de sus públicos esfuerzos por convertirse en un mediador imprescindible para conseguir la paz mundial. Solo que en ocasiones, o con algunos jefes de Estado, como Putin o el israelí Benjamin Netanyahu, suele mostrarse más conciliador, mientras que con otros jefes de gobierno u organizaciones es más duro. De hecho, le acaba de decir a Hamás que tendrá un “período muy corto” de tiempo para desarmarse completamente y que si no lo hace, “habrá un infierno que pagar”.
Pero capítulo aparte merece el papel de salvaguarda de la lucha contra el narcotráfico que el estadounidense está desempeñando desde septiembre del año pasado en los océanos Caribe y Pacífico, especialmente cerca de las costas venezolanas. “Hubo una gran explosión en el área del muelle donde cargan los barcos con drogas, así que atacamos todos los barcos, y ahora atacamos el área, y eso ya no existe”, dijo un orgulloso Trump también a comienzos de semana, después de meses de amenazas con ataques en tierra al Gobierno de Nicolás Maduro, tiempo durante el cual Washington ha destruido al menos 30 embarcaciones, produciendo la muerte de poco más de un centenar de personas.
Pero al inquilino de la Casa Blanca poco parece importarle que los organismos internacionales de Derechos Humanos sigan llamando la atención por la manera en la que se realizan dichas incursiones. Lo suyo respondería únicamente a su marcado deseo de convertirse en la voz más importante del planeta, no solo concentrando todo el poder de Estados Unidos en la Oficina Oval, sino estando convencido de ser el único con la autoridad suficiente para decir que está bien o que está mal más allá de sus fronteras, abarcando incluso a Colombia y su gobierno.