No hace falta invocar al diablo para vender el alma. Basta con engañar mediante falsas posturas y renunciar a lo que se es por quedar bien. Basta con creer que el camino será más fácil si hacemos pensar a los demás que somos lo que buscan. Basta con vestirse de Prada o de mendigo, según la ocasión, para cautivar otras almas ávidas de alguien a quien adorar o en quien creer.

Lo vemos a diario en las pantallas y en la cotidianidad: personas que se maquillan y se atavían con trajes ajenos a su propia cultura y terminan convertidas en caricatura, en meme. Gente que sube al púlpito y llora, cuando otrora se proclamaba atea. Gente que se identifica como parte de una minoría cuando, en realidad, lo que busca es su propio bienestar, arrebatándoles el derecho legítimo a quienes todo les cuesta mucho más.

Quizá sea en la política donde resulta más evidente aquello que en realidad no se es. Pero no parece importarnos, porque al final terminamos siendo partícipes de la repartición de los panes entre quienes menos los necesitan. En un año electoral como el nuestro ya vamos viendo de todo, y esto apenas comienza. Los antecedentes no son buenos: hay quienes pasan de militar en la extrema derecha a proclamarse defensores y voceros de la izquierda sin siquiera enrojecerse. Otros se articulan en partidos solo porque allí les abren las puertas para triunfar. No importa si se ha hecho algo por esas causas; lo relevante es sumar conciencias.

Vender el alma al diablo es una idea que viene de tiempos milenarios. La frase se remonta siglos atrás y tiene una de sus versiones literarias más memorables en la figura del joven erudito Fausto, del poeta alemán Johann Wolfgang von Goethe, inspirada en obras como La trágica historia del doctor Fausto, de Christopher Marlowe. En esa leyenda, Fausto, insatisfecho con su vida, hace un pacto con el demonio, a través de Mefistófeles, y entrega su alma a cambio de conocimiento y placeres. El trato, por atractivo que parezca, siempre termina costando caro, porque lo que se obtiene es efímero y lo que se entrega es irreemplazable.

Mucho antes de Fausto, en el medioevo, según la leyenda, el clérigo Teófilo de Adana habría vendido su alma por poder y fortuna. Esa historia resonó hasta convertirse en una metáfora universal de la traición moral, aunque hoy pocas personas crean que las esté esperando el hervor infernal por venderse al mejor postor.

Se vende el alma por votos, por un cargo, por pertenecer a un grupo social. Se vende por likes, por relevancia, por agradar a una audiencia. Se desecha la esencia por la apariencia, la convicción por la adulación, la verdad por una falsa simpatía. Se venden los valores sin escrúpulos, como si fueran artículos de bazar, traicionando lo que somos, lo que nos edificó y nos hizo únicos. Parece que eso ya no valiera nada, o no valiera de nada, en una sociedad que rara vez premia lo auténtico.

Frente a tanto artificio y tantas almas en liquidación, quizá valga la pena aferrarse a un romanticismo pasado de moda: el de tener convicciones y sostenerlas incluso cuando no dan likes, votos ni saludos rimbombantes. Siempre será más digno aplaudir a quienes permanecen fieles a lo que creen, porque sus ideales no se negocian. Larga vida a quienes entendieron que el alma no se vende y que, por simple coherencia, tampoco se entrega a quien ya la puso en oferta. @pagope