Por: Édgar de Jesús García Gil, obispo emérito de Palmira.

Con esta solemnidad del Bautismo de Jesús que celebramos hoy en la Iglesia católica termina el hermoso y sugestivo tiempo de Navidad.

El amor de Dios decidió que su Hijo, el Unigénito, se hiciera hombre y, para sorpresa de nosotros, nació de María, la virgen madre, acompañada de su esposo San José, en una pesebrera de los campos de Belén.

Jesús creció en edad, sabiduría y gracia como niño, adolescente, joven y adulto. Y cuando comenzó su misión evangelizadora, a los 30 años de vida, dejó su casa, su pueblo de Nazareth, su familia y se hizo peregrino de la esperanza.

Para iniciar esta propuesta misionera buscó a su primo Juan el bautista, que predicaba en el desierto y bautizaba a todos los que daban señales de conversión, bañándolos en las aguas del Jordán.

Esta iniciativa nos sorprende a todos porque Jesús no era pecador. Pero lo hizo para solidarizarse con todos los pecadores y para demostrarnos su obediencia al Padre, en comunión con el Espíritu Santo.

Esta escena es también la presentación oficial del Padre Dios de su Hijo Jesús como Cristo, el Ungido, el Salvador.

“Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” Mateo 3,13-17.

Este gesto de solidaridad de Jesús con todos los pecadores me recuerda las palabras de nuestro querido Papa Francisco en su carta encíclica ‘Fratelli tutti’.

Fratelli tutti, ‘Todos hermanos’ escribía san Francisco de Asís para dirigirse a todos los hermanos y las hermanas, y proponerles una forma de vida con sabor a Evangelio.

De esos consejos quiero destacar uno donde invita a un amor que va más allá de las barreras de la geografía y del espacio.

Allí declara feliz a quien ame al otro “tanto a su hermano cuando está lejos de él como cuando está junto a él”.

Con estas pocas y sencillas palabras expresó lo esencial de una fraternidad abierta, que permite reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite.

Jesús ha venido para toda la humanidad.