Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,como en las noches lúgubres el llanto del pinar. El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,y acaso ni Dios mismo nos puede consolar.

La Canción de la vida profunda, de Porfirio Barba Jacob, nos calza en el alma de esta ciudad que ha vivido una de las semanas más duras de su existencia. Porque hay días en que somos esperanza, solidaridad y resiliencia, pero también tristeza, dolor y ausencia. Porque hay días en que todo se rompe de repente y otros en los que necesitamos llorar. Porque hay tanta humanidad en esta Cali que abriga y rescata, y que también está de duelo.

Se nos han ido más de cien de los nuestros y más de 70 permanecen bajo los escombros. Se nos fueron Jairo Saavedra y Vicky Caicedo y dos de sus tres hijas, las trillizas Sofía e Isabella, mientras Ana María permanece en una clínica. También Diego, el hermano de Vicky. Una noche antes del terremoto de 7,4, registrado a las 7:34 de la mañana del 10 de agosto, Jairo y Vicky habían estado en el agüelulo de la Caldera del Diablo. Allí, Jairo le pidió a DJ Prilla que le pusiera Siempre Alegre, porque, como dice la canción, después que uno se muere, ¿de qué vale?

Una familia conocida y amada por muchos, a la que hasta la tarde del jueves se buscó entre los escombros de un edificio de Cuarto de Legua, cuando Isabella, la tercera de las hermanas, fue hallada sin vida. Hay decenas de personas con historias de ellas, cientos de mensajes, desde el primer día de la tragedia.

Ese mismo jueves, en la tarde, se daba el último adiós a la abogada Lenny Ruiz Fernández, cuyos videos cantando y alabando a Jesús rondan por las redes que nos cuentan, minuto a minuto, lo que pasa en nuestra tierra. A Lenny se le recordará también por haber protegido a Salomón, su perro, hallado con vida entre las ruinas del edificio Ana Pilar. Él la acompañó hasta el último momento, incluso en su despedida, donde permaneció junto a la fotografía de quien lo amó, protegió y salvó.

Unas horas antes, el colega y amigo Carlos Andrés Aponte confirmaba a los micrófonos que los cuerpos de su padre, Carlos Arturo, y de su sobrina, Ileana, habían sido rescatados en el conjunto Torres del Limonar, en Ciudad Capri, mientras aguardaba por el de su madre, a quien llama cariñosamente ‘doña Estela’. A don Carlos lo conocimos jovial, amante del karaoke y de la buena música. Cuando Carlos Andrés comenzó a trabajar como corresponsal de Noticias Caracol, le pedía a su padre que le hiciera el nudo de la corbata, en homenaje al hombre al que tantas veces vio salir a trabajar de corbata. Junto a ellos también quedaron sus perros Juanita y Thor Emilio: “Gracias por acompañar al cielo a mi familia”, escribió Carlos Andrés.

Allí mismo, un día antes, el también periodista y presentador José Fernando Patiño agradecía la solidaridad expresada por cientos de personas que aguardaban por noticias de su padre, Darío Patiño, a quien evoca en sus historias, con guitarra en mano.

En otro punto de la ciudad, cerca de Palmetto, Jorge Isaac Tobón perdió a su esposa, Ana Ludivia Bernal, con quien minutos antes del terremoto se despidió en el gimnasio. Fue ella quien le dijo que terminara su rutina mientras se adelantaba de regreso a su apartamento. “Dios decidió llevarte a trabajar en el cielo y yo me quedo trabajando en la tierra”, escribió Jorge, al confirmar su partida.

Y así hay decenas de historias por las que hoy se vale llorar. Porque los míos están bien, pero muchos de los nuestros, en esta Cali amada, se han ido. Por la niña Violeta Guerrero y su abuela, Amparo Jaramillo; por el joven atleta Juan José Vivas, su madre, Yelitza González, y su padre, Juan Vivas, oriundos de Barinas, Venezuela, quienes vivían en el edificio Vanessa; por el artista del tatuaje Kevin Cadavid, su esposa, Jazmín Montoya, y su pequeño hijo de un año, Damián, en el edificio Ariguaní; por Jaime Martínez y Erika Carrúa, y por Xiomara Ágredo, en Torres del Limonar.

Por tantas y tantas víctimas que quedan en la memoria de esta Cali, que ha respondido con creces frente a la tragedia. Por tantos que sobrevivieron, pero lo perdieron todo y hoy se albergan donde sus familias y amigos, sumando una incontable lista de damnificados que no se ven, pero que están ahí. Como el padre de Daniela Troncoso, sobreviviente rescatada, quien contó entre silencios y frases cortas que ya no tenía su hogar para llevar a su hija cuando salga del hospital. Esa es la otra tragedia que empieza a contarse.

Sí, se vale abrazarnos por lo que hemos sido como ciudad frente al desastre, pero también permitirnos el dolor. Porque la resiliencia también tiene un lugar para el duelo.

Porque hay días en que somos esperanza y otros en que somos tristeza. Hay días en que abrazamos y también necesitamos que nos abracen. Y hay días, como hoy, en que se vale llorar. @pagope