Si uno revisa las cifras de la economía mundial, descubre una verdad casi cómica: todos deben. Desde diminutas islas que acumulan unos cuantos miles de millones, hasta el coloso del norte que carga con 35 trillones (doce ceros) y ostenta el título de mayor deudor del planeta. Colombia, en comparación, ‘solo’ debe unos 205 billones —nueve ceros—. En proporción al tamaño de cada economía, la variación es igual de pintoresca: desde países con deudas cercanas al 2 % del PIB hasta Japón, que navega sin despeinarse con un 240 %. En medio, nosotros, con un ‘modesto’ 50 %.

La primera pregunta que cualquier economista doméstico se hace mientras paga el mercado es inevitable: si todos deben, ¿quién tiene la plata? La explicación técnica es enrevesada, llena de canales financieros, mercados secundarios y flujos cruzados. Pero la respuesta de fondo es simple: la tiene la gente. Los ciudadanos del mundo. Somos nosotros —con pensiones, ahorros, CDT, fondos y bonos— quienes le prestamos a los gobiernos. A veces al propio, como en Japón; otras, al que inspire más confianza.

Porque ese es el punto clave: la confianza. Medida por complejos modelos y vigilada por agencias calificadoras que no perdonan una coma. En el fondo, miden el temor a perder recursos duramente ganados. Entonces surge otra pregunta lógica, la de quién paga sus cuotas mensuales: ¿Cuándo van a pagar los gobiernos? Respuesta corta: nunca.

Y si alguien intentara exigirlo, habría un cataclismo financiero. El sistema no está diseñado para pagar la deuda, sino para sostenerla. Lo importante es cumplir los intereses. Mientras un país lo haga, seguirá recibiendo crédito. Así llegó Japón al 240 % sin colapsar. Su economía funciona porque la deuda es una medida de confianza, no una señal de quiebra.

Se cumple así la vieja regla: no viva de plata prestada, salvo que sea para producir más. Lo mismo vale para los países. Si la deuda financia infraestructura y producción, genera riqueza. Si financia repartos, favores y populismo, genera estancamiento y pobreza crónica.

La macroeconomía global es compleja, sí, pero al final funciona con los mismos principios de la economía del hogar. Por eso, a quienes han hecho carrera viviendo de parasitar al Estado —y que jamás han producido un peso propio— les resulta imposible entender, y menos aún planear, la economía de un país.