La escena transcurre en un carro. El hijo le advierte a su mamá que va a ponerle un tema, pero que no se ponga brava. Luego le dice por quién va a votar. Ella, enfurecida, le responde tajante y grosera, y cierra con una frase contundente: “¡Vote por fulano y se va de la casa!”.

El video, superviral, aparentemente jocoso, es un reflejo cotidiano y reconocible de nuestra realidad: relaciones muy cercanas atravesando momentos de altísima tensión por tener opiniones diametralmente distintas sobre la política y la vida.

Falta un mes para las elecciones presidenciales del 31 de mayo en Colombia y el debate está al rojo vivo, tanto en la vida pública como en la privada. Es un tema casi inevitable en todos los espacios y, a pesar de las advertencias sobre no discutir de política, fútbol o religión, siempre volvemos a caer: amistades en aprietos, discusiones en el chat de la familia y, en los casos más extremos, enfrentamientos que terminan en rupturas definitivas.

Vivimos en un país donde la polarización se cuela en todos los escenarios. Según la Encuesta Nacional sobre Polarización 2025 de Valiente es Dialogar y el Centro Nacional de Consultoría, el 84 % de los colombianos percibe que el país está polarizado, el 75 % siente esa división en su municipio y el 40 % la vive dentro de su propia familia.

Además, dos de cada cinco personas han tenido conflictos familiares por política y cerca del 20 % ha perdido amistades por esa razón. ¿Les ha pasado? ¿Se han distanciado de amigos entrañables por pensar distinto? ¿Han abandonado chats o dejado de ir a reuniones porque alguien va a votar por X o Y? ¿Han llegado al punto de creer que quien piensa diferente no merece ni el saludo? O peor: ¿descalificarlo o estigmatizarlo por no coincidir con sus creencias?

Pasa y lo sabemos. Distinto es tomar distancia de quienes no pueden sostener una conversación sin insultar o de quienes, en lugar de dar ideas, prefieren la descalificación y lanzan etiquetas como “tibia”, “borrego”, “adoctrinada”, “privilegiado”, “comunista”, “facha”. Ahí no hay diálogo posible, y poner límites también es cuidar.

Se vale discutir, exponer ideas, cuestionar otras, siempre y cuando haya respeto y disposición a escuchar. Se vale, también, alejarse de personas tóxicas que te roban la paz mental. Lo que no aporta es creer que se tiene la única verdad; partir de que los demás están equivocados y responder desde la rabia, en lugar de hacerlo desde la reflexión.

Por eso, en este mes, más que ganar discusiones, vale la pena sostener lo importante. Un decálogo sencillo de supervivencia electoral puede ayudarnos:

1. No respondas en caliente.

2. Baja el tono antes que subir el argumento.

3. Pregunta más, afirma menos.

4. Evita generalizaciones: “ustedes siempre, ustedes nunca, etc”.

5. Cambia de tema a tiempo.

6. Pon límites sin pelear: “mejor no hablemos de esto ahora”.

7. No conviertas una opinión en un ataque personal.

8. Recuerda quién es la persona, más allá de lo que piensa hoy.

9. Elige la relación sobre la discusión.

10. No busques ganar, busca entender.

Quizás la enseñanza más valiosa y profunda llegue el día después de las elecciones, tras haber priorizado los vínculos que realmente importan por encima del ego y la polarización.

Porque un país se decide en las urnas, pero se sostiene, o se fractura, en la forma en que cuidamos a quienes tenemos cerca.

@pagope