La conversación la escuché en la sala de espera de una clínica. Dos hombres comentaban la noticia que sacudió a Colombia esta semana: los reconocidos periodistas Jorge Alfredo Vargas y Ricardo Orrego salieron de Caracol Televisión tras denuncias de presunto acoso sexual.
Mientras uno le explicaba al otro la decisión del canal, este respondió con genuina sorpresa: “Pero si las que trabajan en esos noticieros son tan bonitas, están tan buenas… ¿qué tiene de malo que las quieran ‘conquistar’?”. Como si la belleza implicara una condena implícita al acoso.
Desde que, como reportero, he estudiado la violencia de género, he llegado a una conclusión: detrás de muchos de estos hechos hay una profunda ignorancia afectiva. No nos enseñaron a amar.
Se cree —y se canta— que la pareja es una propiedad. El “mi esposa”, el “mi novia”, el “mi marido” lleva a muchos a suponer que pueden decidir sobre el otro, controlar al otro. De esa lógica nace una de las frases más aterradoras que siguen circulando en nuestra sociedad: “Si no está conmigo, no está con nadie”. De ahí también tantos feminicidios que aún se intentan explicar como crímenes pasionales.
Los mensajes que reciben los niños muchas veces refuerzan, sin que lo notemos, esa cultura del acoso. Es común que a las niñas se les advierta en broma que podrán tener novio “cuando tengan 30… o mejor que se vuelvan monjas”, mientras a los niños se les pregunta con complicidad cuántas novias tienen en el colegio.
Padres y tíos lanzan comentarios sobre el cuerpo de las mujeres delante de ellos, incluso los incitan a repetir esas conductas, que luego son celebradas como travesuras.
El machismo también enseña que ser “conquistador” es sinónimo de éxito. Esa idea se traslada al mundo laboral: además del cargo alto, el buen sueldo o el reconocimiento público, algunos hombres sienten que deben demostrar que son “infalibles” con las mujeres, como si eso hiciera parte del paquete del ganador. Como si diera estatus.
Todo empieza en la formación. No nos enseñaron a amar. Incluso muchos acosadores no perciben que estén haciendo algo incorrecto —mucho menos un delito— porque crecieron en una cultura donde esa insistencia se romantiza y la incomodidad que sienten las mujeres se minimiza. Por eso se sorprenden cuando son denunciados. Por eso tantas denuncias durante años quedaron solo en eso.
Seguimos sin entender la línea evidente que separa el cortejo del acoso sexual. Son realidades completamente distintas. La diferencia está en el consentimiento, la reciprocidad y el respeto por los límites. El acoso invade, incomoda, reduce al otro a un objeto. El cortejo, en cambio, es un acercamiento mutuo, libre y deseado.
Cuando además existe una relación de poder —un jefe, un profesor, un periodista reconocido frente a una practicante— la situación deja de ser una interacción entre iguales. Una persona puede decir que sí por miedo, por cansancio, por confusión o por la brecha que la separa de quien tiene autoridad o prestigio. Eso no convierte la situación en una relación libre. Ceder no es consentir.
El reciente escándalo en Caracol Televisión no debería leerse entonces como un episodio aislado dentro del mundo de los medios de comunicación. Es el reflejo de una forma de entender las relaciones entre hombres y mujeres que sigue profundamente arraigada en nuestra sociedad.
Cambiarla implica algo más que sanciones o titulares. Implica educación emocional y valentía para escuchar a las víctimas, entender por fin las consecuencias que implica el acoso, y entender por fin que amar no es poseer. No es insistir hasta que el otro ceda. No es aprovechar la ventaja que da el poder o la plata.
Amar es reconocer al otro como un igual. Como alguien cuya libertad está por encima de nuestro deseo.