Otra vez elegimos Congreso y las mujeres quedamos relegadas. No porque no participemos, sino porque el sistema político sigue diseñado para dejarnos por fuera. Más de 1300 mujeres se lanzaron a la contienda, pero apenas 80 lograron una curul. Un 6,5 %. Una cifra vergonzosa para un país que se dice democrático. El problema no es la falta de liderazgo femenino. Es la falta de poder real. Falta dinero, falta respaldo de los partidos y sobra hipocresía. Solo el Pacto Histórico, con lista cerrada y cremallera, demostró que cuando hay reglas claras, las mujeres llegan. Trece senadoras electas no son casualidad: son el resultado de una decisión política. Y, casualmente, fue también la lista más votada. ¿Qué más pruebas se necesitan?
En contraste, partidos como el Centro Democrático con Paloma Valencia de candidata a la presidencia, hablan de mujeres, promueven candidatas, pero no les dan espacios reales en las listas. Así funciona la política tradicional: usa a las mujeres como símbolo, pero no comparte el poder. Y cuando se intenta cambiar las reglas, el sistema reacciona. La propuesta de listas cerradas con alternancia de género, impulsada por María José Pizarro, fue hundida sin pudor. No fue un accidente: fue una decisión. Los hombres que dominan el Congreso no están dispuestos a ceder espacios.
Mientras tanto, las mujeres siguen poniendo los muertos. En 2025, hubo cerca de 900 feminicidios. Novecientas vidas arrebatadas en un país donde la justicia sigue siendo débil y complaciente. Sí, existen leyes como la de Rosa Elvira Cely, pero la realidad demuestra que no basta con legislar. Los feminicidas siguen encontrando grietas, excusas y, muchas veces, complicidades para evadir castigos ejemplarizantes.
Hay avances, como la reforma pensional, pero en los espacios donde se toman decisiones el panorama no cambia. La Ley 581 de 2000, que exige un mínimo del 30 % de mujeres en los niveles decisorios se incumple sistemáticamente. ¿Y qué pasa? Nada. No hay sanciones reales. No hay consecuencias. La ley existe, pero no se respeta.
Sin embargo, donde las mujeres gobiernan, los resultados aparecen. El Valle del Cauca es prueba de ello: alta participación femenina, políticas centradas en el cuidado. Otra forma de gobernar sí es posible, pero sigue siendo la excepción, no la regla.
El gobierno de Gustavo Petro empezó con un gabinete que prometía equidad, pero con el tiempo esa intención se diluyó. Cambios constantes, retrocesos y un Ministerio de la Igualdad que nació débil, sin presupuesto y sin poder real. Otra oportunidad perdida.
En el 2026, aparecen nombres de mujeres candidatas: Claudia López, Paloma Valencia, Clara López. Sondra Macollins. Diferentes visiones, sí, pero un mismo reto: romper un sistema que históricamente las ha excluido.
La pregunta ya no es si hay mujeres capaces. La pregunta es si el país está dispuesto a dejar de bloquearlas. Porque mientras la política siga siendo excluyente, la democracia seguirá incompleta.
No se trata de representación simbólica. Se trata de poder. Y ese poder, hoy, sigue estando en manos de los mismos de siempre.
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