Les voy a contar mi llegada al periódico El Tiempo porque mis columnas allí le gustaron a Rodrigo Lloreda y a Gerardo Bedoya, que personalmente me invitaron a una cena en casa de Lilia Scarpeta a ser columnista de El País.

Buenas, buenas: esta semana cumplo 40 años escribiendo columnas en El Tiempo; suman dos mil ochenta las coles publicadas. Me felicito por ser disciplinado; no fallé jamás, nunca llamé a la dirección a decir: “Qué pena, Luis Noé Ochoa, no llegará mi cole porque tengo fiebres”.

Llegué a El Tiempo por invitación telefónica del director don Hernando Santos Castillo, y con estas palabras en página editorial hace 40 años, él me dio la bienvenida: “Poncho Rentería no tiene nada de ‘tulueño’”, aunque nació en Tuluá. El director de El Tiempo se dejó seducir por su columna en la revista Hoy por Hoy y lo trae a colaborar semanalmente en este periódico. Cuando así decidió, en su familia unos lo calificaron de loco; otros no. Los lectores decidirán quién tiene la razón cuando lean los agradables comentarios, irreverentes, picarescos y graciosos, de ‘Poncho Rentería’.

Con esa cordialísima presentación tocaba empezar. En mi primerísima columna escribí: “Estoy invitado a ser columnista de El Tiempo, pero no aceptaré porque me tocaría estar al lado de lucidos veteranos como Don Espinosa Valderrama, Alfonso López Michelsen y Enrique Santos Calderón”.

Además, ser columnista exige responsabilidad escribiendo y ser cumplido, exóticas exigencias para un tipo algo caótico como yo.

Pero se me vino un problemón porque en esta columna y en radio, televisión una mañana, en que estaba malhumorado denuncié que un hermano mío, ocho años menor, andaba en negocios de narcotráfico y, como era fanfarrón y fantoche, no lo escondía; él era feliz mostrando autos lujosos y todo lo feo del ‘nuevo-riquísimo’.

Esa denuncia me trajo problemas casi peligrosos; quedé como acusetas y soplón, pero de carambola firmé contratos con Caracol Televisión, revista ALO y El País de Cali.

No es fácil ser columnista; toca revisar bien para no quedar en ridículo, y nunca caer en difamación y mala uva opinando. Son 40 años que han sido muy interesantes porque he jugado limpio con mis lectores y colegas. Buenas, buenas y colorín colorado.