El tema de la educación superior ha sido y será una preocupación recurrente en esta columna, pero conviene retomarlo ahora, en la recta final hacia la segunda vuelta, porque las dos campañas llevan semanas prometiendo exactamente lo mismo: más cupos, más acceso, más universidad, una de ellas con un acento que apunta menos a la formación que a la reserva de un proyecto político. Lo curioso no es que lo prometan. Es que nadie les esté preguntando en serio si eso funciona.
Los números del caso colombiano merecen leerse con calma. Según el Dane, la tasa de desempleo juvenil se ubicó en 15 % en el trimestre mayo-julio de 2025, una mejora frente al año anterior, pero que sigue siendo casi el doble de la tasa general del país, y más del 54 % de los jóvenes que trabajan lo hacen en el sector informal. La cifra baja, sí, pero el piso sigue siendo estructuralmente alto, y ninguna campaña está explicando por qué.
Lo que tampoco circula en el debate es lo que reveló el informe Panorama de la Educación 2025 de la Ocde: en Colombia, un adulto joven con título universitario enfrenta una tasa de desempleo del 11,2 %, por encima del 10,3 % de quienes no terminaron el bachillerato. En el promedio de los países miembros ocurre lo contrario, con tasas que bajan hasta el 4,9 % para quienes tienen estudios superiores. Colombia es uno de los pocos casos donde esa lógica se invierte, y lo hace en un momento en que la inteligencia artificial está erosionando precisamente el valor de las credenciales técnicas que la universidad promete entregar.
¿Hace sentido seguir apostando por la educación universitaria? La respuesta corta es sí, pero no de la misma manera que hace 20 años. La pregunta correcta ya no es “¿vale la pena estudiar una carrera universitaria?”. La pregunta correcta es “¿qué tipo de formación genera capacidades que el mercado realmente valorará durante los próximos 10 o 20 años?” Son cuestiones distintas.
Una apuesta por la universidad pública sin una agenda clara de pertinencia, sin vinculación real con el aparato productivo territorial y sin rendición de cuentas sobre empleabilidad, no es necesariamente una política educativa. Puede ser otra cosa: un proyecto donde el relato sustituye al criterio y la identidad política reemplaza a la competencia técnica. No sería la primera vez que eso ocurre con recursos públicos, y tampoco sería la primera vez que se le llama transformación.
Mientras se debate cómo meter más jóvenes a la universidad, más de 4,7 millones de colombianos ya viven fuera del país, según la Cancillería, y solo entre 2022 y 2023 emigraron cerca de un millón de personas. El 37 % de los colombianos en Estados Unidos ha completado estudios universitarios o de posgrado, frente al 14 % de quienes se quedaron. El país está exportando precisamente a quienes más invirtió en formar. ¡Vaya paradoja! Ninguna campaña la nombra porque hacerlo significaría admitir que el sistema político lleva décadas prometiendo educación como solución mientras construye las condiciones perfectas para que el talento se vaya.
Irlanda e Israel enfrentaron algo parecido hace apenas tres décadas y no se quedaron lamentando la emigración, sino que la convirtieron en política, en redes institucionales, en programas de retorno con incentivos reales, en mecanismos para que el talento afuera siguiera siendo talento propio. Colombia tiene los elementos para ese giro: una diáspora numerosa y cualificada, territorios con identidades productivas propias y margen para diseñar una política de formación que no termine en el diploma, sino en la conexión estratégica con el mundo.
Un país que forma más de lo que puede absorber, que ve partir a sus mejores egresados y que sigue prometiendo más de lo mismo, no tiene un problema de cobertura educativa. Tiene un problema de liderazgo.
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Claridades:
1) La pregunta que sigue pendiente es quién le dice a un joven de 17 años qué estudiar cuando la mitad de los empleos que existirán en 2035 todavía no tienen nombre.
2) Colombia tiene 47 universidades públicas. Corea del Sur construyó su milagro económico decidiendo qué iba a producir antes de decidir qué iba a estudiar.
*Consultor internacional