Es cada vez más común que en el escenario de nuestras democracias ingresen candidatos que bien podrían denominarse Outsiders, un vocablo inglés con el que usualmente nos referimos a todos aquellos aspirantes a cargos de elección que quieren llegar a la administración pública desde otros mundos: desde el mundo empresarial, desde el mundo del entretenimiento, desde el mundo del periodismo. Su proliferación en nuestras democracias es palpable. La receta ha funcionado tan bien y ha arrojado tan buenos resultados, que hay una propagación pasmosa de estas figuras. Trump en Estados Unidos; Bukele en El Salvador; Milei en Argentina. Las elecciones colombianas son, ya, el anfiteatro en el que estos personajes, con sus guiones y su parafernalia, nacen y se desenvuelven: De la Espriella, el abogado o Vicky Dávila, la periodista.

Entre otras cosas, los outsiders se enorgullecen de su inexperiencia política y de su falta de experticia administrativa. Han utilizado su inexistente trayectoria y su impericia para catapultarse al poder. Convencidos de que su experiencia como empresarios o periodistas basta para salvar a un país, han aprovechado el agotamiento de unas democracias y de un electorado pesimista para alimentar su megalomanía y germinar su vanidad. Ensalzan su propio desconocimiento. Insolentes, sienten un desprecio por el oficio de gobernar, al convencerse a sí mismos y al pretender convencer a los demás, de que ellos, al carecer de una trayectoria política y al tener una nula experiencia administrando, pueden gobernar un país. Mejor que nadie.

Parte del trabajo de nuestros outsiders, de los outsiders colombianos, ha sido ese: imitar a otros, emular estrategias ajenas y actuar en correspondencia. Las piezas que los constituyen y los elementos que los componen ya están definidos. Sus técnicas de campaña han sido probadas y el rumbo de sus acciones no son el resultado genuino de sus intuiciones políticas sino de las indicaciones de un manual, que alguien más ya probó, que alguien más ya puso a prueba y a quien alguien más ya le funcionó. Su autenticidad es de cartón. Su originalidad es calcada.

Gracias a los resultados que podría arrojar su estrategia, concluyen irreflexivamente que la receta funciona: vanagloriar la inexperiencia, simplificar los problemas, reproducir el populismo. Deciden no inscribirse a un partido tradicional y, paralelamente, desarrollan su candidatura por YouTube, invirtiendo parte de sus agitadas jornadas a producir toda una colección de vídeos para Instagram o contenido para sus redes.

Lo cierto es que, por tentar de las mismas formas, por calcarse unos a otros, han creado ya una secta paralela, muy parecida, por lo demás, a esa que ellos tanto denuncian y a la que tanto dicen despreciar: los políticos tradicionales. No obstante, y aunque su popularidad sigue intacta, desde hace ya varias campañas electorales y jornadas de votación, sus estrategias dejaron de ser novedosas. Su autenticidad ya se ha consumido. La novedad que les caracterizó en un principio fue deteriorada rápidamente, producto de la repetición y de su nula creatividad.