Muchos síntomas físicos y psicológicos están asociados a situaciones de estrés que cursan en silencio y que ni el sistema médico ni las personas que los sufren identifican. Razón por la cual se trata el síntoma y se ignora su causa.

El estrés aparece como consecuencia de una multitud de circunstancias negativas que se van acumulando con el tiempo y que la persona va tolerando sin poder controlar. También ocurren después de vivir o presenciar un evento que se percibió como amenaza para la vida o la integridad. En este último caso, pasado el momento inicial del evento traumático y habiendo enfrentado la realidad de la pérdida de vidas y los daños materiales, a los pocos días, de manera silenciosa, se instala el estrés con todas sus manifestaciones en distintos sistemas del organismo.

Los eventos estresantes no afectan de igual manera a todas las personas, pues la manera como cada cual se comporta ante el estrés es muy personal y depende de variadísimas circunstancias. Pero lo que no tiene duda es que nadie escapa a sus efectos tanto físicos como emocionales, así algunos sean más visibles que otros.

Los efectos físicos más comunes y visibles del estrés incluyen:

* La tensión muscular responsable de las contracturas en distintos grupos musculares. Más comúnmente en hombros, espalda, nuca, mandíbula y músculos del cráneo. Estos últimos suelen ser los responsables de las cefaleas.

* Síntomas del tracto digestivo como acidez estomacal, reflujo o colon irritable.

* Las palpitaciones, dolor en el tórax, sensación de opresión en el pecho, dificultad para respirar y aumento de la tensión arterial.

* Fatiga constante.

* Mareo, visión borrosa o cuadros francos de vértigo.

* Disminución de las defensas inmunitarias, susceptibilidad mayor a sufrir resfríos y brotes de herpes labial, entre muchas otras.

Los efectos en el campo psicológico y psicosomático son más frecuentes y suelen pasar desapercibidos por mucho más tiempo. Además de un largo etcétera, se pueden mencionar la ansiedad, la depresión con sus innumerables manifestaciones, el decaimiento y el insomnio.

La sintomatología debe ser atendida y tratada, sin perder de vista que el factor que la ha precipitado es el estrés.

No se puede olvidar que tales manifestaciones toman por sorpresa a las personas, quienes con dificultad establecen el nexo entre el evento traumático y los síntomas.

Las circunstancias anteriores llevan al paciente al médico, quien con frecuencia ignora, desconoce o minimiza el papel que ha jugado el estrés como importantísimo factor asociado y procede a tratar el síntoma.

Al paciente le hubiera correspondido exponer sus circunstancias, pero la falta de tiempo en el contacto médico-paciente no da espacio para hablar, y es despachado con la frustrante sensación que ni lo entendieron, ni lo atendieron bien. Al llegar a su casa, inicia el tratamiento formulado, pero su mejoría es parcial porque no se ha identificado el problema de fondo y concluye en solitario que algo grave le está ocurriendo.

En resumen, siempre que se presenten síntomas somáticos o emocionales desconcertantes o inexplicables, hay que revisar si se ha estado sometido a situaciones de estrés a las cuales no se les había dado el valor que correspondía.