La historia está llena de momentos críticos donde las personas y las instituciones se ponen a prueba. Se prueba su funcionamiento, su resiliencia, sus cimientos y sus principios. Es en el fuego donde los materiales se comprueban. El fuego consume y poco escapa a su ardor, pero cuando el material es fuerte, queda en pie. Todos hemos atravesado estos momentos en la vida personal, con nuestras parejas, con los seres queridos, en el trabajo. Las democracias también los atraviesan, y los ejemplos abundan.
Chile, 1988. Un dictador que llevaba quince años en el poder sometió su continuidad a un plebiscito, perdió y aceptó el resultado. Esa noche los cimientos resistieron, y la transición chilena se convirtió en referencia mundial.
Estados Unidos, 2000. La presidencia se decidió por 537 votos en la Florida, tras semanas de recuentos y un fallo de la Corte Suprema. Al Gore, que había ganado el voto popular, concedió la derrota apelando a la unidad del país. Perdió un hombre; ganó un sistema.
España, 1981. Un teniente coronel entró al Congreso disparando al techo, con la Constitución apenas estrenada. Las instituciones aguantaron, y la democracia española salió del susto más fuerte de lo que entró.
Colombia tiene sus propias pruebas. Después de La Violencia, el país escogió las urnas sobre las balas. En 2022, una segunda vuelta estrechísima terminó con un reconocimiento de la derrota esa misma noche. Cada una de estas pruebas dejó cicatrices, pero también dejó temple.
El próximo 21 de junio, la democracia colombiana vuelve al fuego. Con el alto nivel de polarización entre las opciones electorales, el desenvolvimiento de la jornada y la aceptación del resultado, sea cual fuere, constituirán la prueba más relevante en una generación.
Conviene precisar qué es exactamente lo que se prueba, porque no son los candidatos. Se prueba la Registraduría y su capacidad de entregar resultados confiables y oportunos. Se prueba la ciudadanía frente a la desinformación (el registrador Penagos ya advirtió esta semana que es una amenaza directa para la jornada). Se prueban los tribunales, que en estos mismos días resolvieron por la vía institucional, y no por la de los gritos, una disputa sobre el tarjetón. Y se prueba, sobre todo, la disposición de quien pierda a reconocer a quien gane. Las democracias no fracasan cuando eligen al candidato que a uno no le gusta. Fracasan cuando los resultados dejan de aceptarse.
Por eso las preguntas que importan esta semana no son las de las encuestas. ¿Se comprometerán ambas campañas, públicamente y antes del domingo, a aceptar el resultado oficial? ¿Qué haremos cada uno de nosotros la noche del 21 si gana la opción por la que no votamos? ¿Compartiremos el video indignante sin verificarlo, o esperaremos el boletín de la autoridad electoral? La prueba de fuego no es solo de las instituciones. Es de todos los que vivimos bajo su techo.
El fuego no destruye el material fuerte; lo templa. El acero más resistente es el que pasó por el horno. Este país ha pasado por hornos peores y sigue en pie. El lunes 22 de junio sabremos algo más sobre el material del que está hecha la democracia colombiana. Mi apuesta, y el compromiso de este periódico, es que el material aguanta. Pero las apuestas no bastan: hay que cuidar el horno.