Mientras la campaña de Paloma Valencia crece en intención de voto y la de Abelardo de la Espriella parece perder potenciales votantes, Iván Cepeda sigue ocupando el primer lugar en todas las mediciones. Pero lejos de crecer, Cepeda suma casi un mes sin moverse del 30-35 % de intención de voto.

Al mismo tiempo, la discusión pública sobre el futuro del país se agita cada vez más, en la medida en que el día de la primera vuelta deja de ser tan lejano. Desde distintos escenarios del debate público, los defensores de la candidatura de Iván Cepeda, el dirigente que propone mantener el legado del presidente Petro, insisten en repetir varias tesis cargadas de incoherencia para hacer ver que el suyo es el único candidato moralmente viable. Tenemos que hablar de todas las falacias que contienen esos argumentos que escucharemos con creciente frecuencia en la temporada electoral.

En primer lugar, desde ya empiezan a repetir que los colombianos deben votar por Cepeda para ‘proteger el acuerdo de paz de 2016’. Lejos de ser cierto, si alguien ha hecho un inmenso daño a ese acuerdo es precisamente el candidato Cepeda, en equipo con el gobierno Petro. Mientras escribo esta columna, el país conoce con consternación que el asesinato de Miguel Uribe fue ordenado por disidencias de las Farc mientras negociaban con el gobierno y gozaban de todos los privilegios de la Paz Total, una política de paz y seguridad sin rumbo y sin método alguno.

Esta es la mayor prueba del enorme fracaso de esos diálogos y de lo indefendibles que son. Los grupos ilegales aprovecharon todos los beneficios para fortalecer su poderío y el gobierno no exigió nada a cambio. Los procesos de paz entregan condiciones a cambio de resultados, pero en este caso la dupla Petro-Cepeda entregó beneficios jurídicos desde etapas muy tempranas a decenas de integrantes de grupos armados que no mostraron compromiso alguno. Ahora no tienen ningún resultado para mostrar con la Paz Total, y en cambio dejan la seguridad en uno de los peores momentos de las épocas recientes.

El país depositó en Petro y Cepeda su esperanza de paz y los resultados han sido nulos. Que no nos digan ahora que hay que votar por Cepeda para ‘proteger la paz’, cuando fue el arquitecto de la política que devolvió los beneficios a las disidencias y premió su incumplimiento al acuerdo. Pocas personas han desprotegido tanto el acuerdo de 2016 como quienes impulsaron la llamada ‘Paz total’ y beneficiaron a quienes regresaron a las armas desde el incumplimiento absoluto.

Pero los argumentos para inclinar a los electores a votar por Cepeda como si fuera la única opción moralmente aceptable no se quedan ahí. Miren ustedes esta inmensa incongruencia: desde hace cuatro años, desde el petrismo le han repetido al país que era necesario gobernar con todos los sectores de la política tradicional que buscaran acercarse al petrismo. Bajo ese argumento construyeron una coalición en el Congreso con el Partido Conservador y La U, y también bajo esa promesa invitaron a cargos en el Ejecutivo a figuras como Benedetti, Lizcano y Roy Barreras. También, bajo esa premisa invitaron a José Félix Lafaurie a ser negociador de paz con el ELN: se trataba de ‘pactos’, como repiten desde hace cuatro años en el petrismo. Sin embargo, ahora que Oviedo y Paloma Valencia se pusieron de acuerdo y dejaron a un lado sus diferencias para impulsar una candidatura que pone a temblar al petrismo, los defensores del presidente repiten hacia todas las direcciones que es imposible e inaceptable hacer acuerdos con quienes se tienen diferencias de fondo en temas fundamentales. ¿Qué pasó entonces con la importancia de construir esos ‘pactos’?

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Posdata: Luego de que el presidente Petro irresponsablemente hablara de fraudes electorales en contra suya entre el preconteo y el escrutinio, la MOE ha mostrado que la diferencia de los dos resultados fue del 0,2 %. El populismo es una gran mentira y su daño a la credibilidad institucional es inmenso.