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Una vicepresidencia para tender puentes

Una democracia madura exige algo más difícil y valioso: capacidad para complementarse, dialogar y gobernar. Una fórmula no se construye para la comodidad ideológica de los comentaristas, sino para responder a las necesidades reales del país.

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Canciller Claudia Blum
Columnista, Claudia Blum. | Foto: Cancilleria

22 de mar de 2026, 12:34 a. m.

Actualizado el 22 de mar de 2026, 12:34 a. m.

La controversia por la escogencia de Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial de Paloma Valencia resulta difícil de entender. En lugar de discutir con serenidad qué puede aportar al país una fórmula que combine liderazgo político con solvencia técnica, parte del debate se ha instalado en etiquetas, prejuicios y lecturas apresuradas. Y así, una conversación que debería elevarse ha terminado reducida al ruido. El cubrimiento se ha concentrado en sus diferencias ideológicas, en posturas distintas sobre ciertos temas de valores y en críticas de sectores de centro que ven la alianza como una contradicción. Haríamos mejor en escuchar y entender los argumentos antes que apresurarnos a juzgar.

Hay quienes ven una distancia entre una candidata de derecha y un hombre de centro. Otros subrayan diferencias en temas sensibles y algunos han querido convertir esas diferencias en incompatibilidad. Pero una democracia madura no exige uniformidad entre quienes integran una fórmula presidencial. Exige algo más difícil y valioso: capacidad para complementarse, dialogar y gobernar. Una fórmula no se construye para la comodidad ideológica de los comentaristas, sino para responder a las necesidades reales del país.

Colombia lleva años atrapada en la lógica de los extremos, en la política de la trinchera, en la sospecha frente a todo lo que no encaja en bloques cerrados. Sin embargo, lo que millones de ciudadanos quieren hoy es no más radicalismo ni más estridencia. Quieren sensatez, estabilidad, resultados y la posibilidad de que sectores distintos sean capaces de dialogar para llegar a consensos, construir en vez de anularse. En ese contexto, una fórmula que tienda puentes entre la derecha democrática y sectores de centro no es una debilidad, por el contrario, es una señal de lectura política acertada.

Y aquí hay un punto que no debería pasar desapercibido: esta no es solo una decisión sobre Oviedo, es una decisión sobre Paloma. Escoger a una persona con un perfil distinto, con matices propios y con capacidad de interlocución más allá de su base política, no es lo fácil. Es lo responsable. Es la decisión de quien entiende que el país que hay que gobernar hoy es más amplio, más complejo y exigente que cualquier identidad política cerrada.

Por supuesto, Oviedo aporta. Su paso por el Dane lo posicionó como un funcionario serio, riguroso y competente, con credibilidad técnica y disciplina en la gestión pública. En un país cansado de la improvisación, ese perfil suma. Pero lo verdaderamente relevante es que su presencia no se limita a lo técnico: incluso le permite a la fórmula hablarle a sectores moderados, independientes y de centro que hoy resultan decisivos. La capacidad de escuchar propuestas e incorporarlas en las decisiones es lo que realmente fortalece.

También conviene decir algo elemental: que Oviedo sea gay no puede convertirse ni en una descalificación ni en una rareza política. Su orientación sexual no disminuye su capacidad ni su legitimidad pública. Por el contrario, el hecho de que una candidata como Paloma Valencia lo escoja envía un mensaje claro: la inclusión no se proclama, se practica cuando se reconoce el mérito sin prejuicios. Convertir eso en sospecha empobrece el debate.

Pero el argumento más importante no es simbólico. Es institucional. En Colombia, la Vicepresidencia no depende de la afinidad total entre sus integrantes. La Constitución permite que el presidente le asigne funciones concretas, misiones estratégicas e incluso responsabilidades dentro del Ejecutivo. Eso significa que su valor real no está en la coincidencia ideológica, sino en la capacidad de aportar donde el país más lo necesita.

La pregunta de fondo, entonces, no es si Paloma y Juan Daniel coinciden en todo. La pregunta es si un eventual gobierno sabría convertir esa complementariedad en una fortaleza para el país. Y precisamente ahí está el valor de esta decisión: en haber entendido que Colombia necesita menos coincidencias perfectas y más equipos capaces de sumar competencias distintas para producir resultados.

En un país que necesita reconstrucción, la política tiene que dejar de valorar más las etiquetas que la capacidad de gobernar y debe empezar a exigir resultados. Colombia no necesita fórmulas cómodas. Necesita equipos incluyentes que sepan escuchar, que piensen en grande, que salgan de los extremos y que sean capaces de tender puentes reales entre la derecha democrática y el centro. Porque al final, gobernar no es reafirmarse en lo propio: es tener la inteligencia y el carácter para construir con otros y asumir, de verdad, la responsabilidad de sacar al país adelante.

Psicóloga de la Universidad del Valle con Maestría en Ciencia Política de la Universidad Javeriana, Estudios en Negociación de Conflictos, Mediación y Asuntos Internacionales. Columnista, concejal de Cali durante 2 períodos y senadora de la República durante 16 años. Presidenta del Congreso de la República, Ex embajadora de Colombia ante las Naciones Unidas, Ex ministra de Relaciones Exteriores.

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