Las elecciones no son la democracia. No hay nada más fácil para un gobierno autoritario que manipular unas elecciones. Las hacen para darle un cariz democrático a un abuso de autoridad. En nuestros tiempos, ante la mayor veeduría internacional, el mecanismo se ha sofisticado de modo que en apariencia cumple todos los requisitos de una elección democrática. El caso más patético y cercano es el de Venezuela: una dictadura asentada en un riguroso proceso electoral, con fondo ficticio. Unas elecciones utilizadas para destruir la democracia.
Que esas cosas pasen no quiere decir que la mecánica electoral no sea esencial para garantizar la democracia. Pero no sólo las normas que rigen las elecciones generales, sino y de modo muy importante las que rigen las organizaciones partidistas. Sin elecciones transparentes no hay democracia, pero sin partidos políticos organizados tampoco.
El análisis del actual proceso electoral colombiano puede llevar al suicidio a un politólogo.
Los partidos políticos más organizados, el Partido Liberal, el Conservador, La U, Cambio Radical, el Verde, más o menos el 60 %, del Congreso no tienen candidato presidencial, que es la razón de ser de un partido político para llegar al poder; hubo más de cien candidatos a la presidencia, la inmensa mayoría al margen de los partidos políticos; los grupos significativos de ciudadanos, (cualquier cosa que eso quiera decir) fueron muchos más que los partidos políticos; tres candidatos con intención de voto registrada en las encuestas, Abelardo De la Espriella, Sergio Fajardo y Claudia López, tiene una mínima participación en el Congreso; y sólo dos partidos, el Pacto Histórico y el Centro Democrático tuvieron mecanismos internos de selección de candidatos, lo cual quizás explique por qué son los más opcionados para ganar las elecciones.
La médula de ese desorden es la incapacidad de la dirigencia política colombiana de establecer una estructura democrática partidista, como existe en los regímenes parlamentarios, o aun en Estados Unidos, el único régimen bipartidista, lleno de inequidades y abusos, que sobrevive, donde es a través de los partidos como se establecen los liderazgos. Naufragando en el multipartidismo, nuestro mundo político se ha concentrado en construir feudos podridos en el Congreso de la República, como una manera fácil de obtener poder sin el desgaste de participar en una elección presidencial. El resultado es un presidente elegido poco más o menos al margen del Congreso, forzado a negociar con él, en un proceso de toma y dame que es el origen de toda la ingobernabilidad que nos asola.
Curiosamente, dos dirigentes caudillistas alrededor de los cuales gira el mundo político colombiano, quienes han ejercido su liderazgo con mano de hierro, Álvaro Uribe y Gustavo Petro, han sido los únicos que han logrado formar partidos políticos organizados, marcando distancias de los partidos tradicionales, con sólidas estructuras internas, con liderazgos formados en su interior a través de mecanismos democráticos, con participación en el reparto regional del poder. Y todavía hay gente que se pregunta cómo es que ambos han llegado a la Presidencia de la República y siguen marcando el destino de la política nacional. O sea, la democracia es tanto el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, como los partidos políticos organizados, la mecánica electoral, tan vilipendiada.