La reunión entre Gustavo Petro y Donald Trump confirma una ley permanente de la política internacional: la diplomacia sigue siendo el mecanismo más eficaz para gestionar conflictos entre Estados. En un entorno global saturado de retórica, gestos simbólicos y política de audiencias, la diplomacia representa el espacio donde los intereses se procesan con racionalidad, precedentes y cálculo estratégico. Su esencia es simple pero exigente: alcanzar objetivos de política exterior sin recurrir a la fuerza, mediante canales institucionales, negociación técnica y manejo profesional de las tensiones.
Las fricciones recientes entre Bogotá y Washington pusieron esa premisa a prueba. Amenazas comerciales, choques discursivos y decisiones políticas que escalaron la tensión mostraron cuán rápido una relación estratégica puede entrar en zona de riesgo. Sin embargo, mientras el ruido político dominaba la superficie, el trabajo diplomático operó en otro nivel. La Cancillería colombiana y su cuerpo profesional mantuvieron abiertos canales de comunicación, buscaron puntos de convergencia y evitaron que los episodios coyunturales se transformaran en una ruptura estructural. En ese proceso fue determinante el papel del embajador en Washington, Daniel García Peña, cuya gestión ayudó a preservar una relación que trasciende gobiernos y estilos presidenciales.
La razón de fondo es estratégica, no personal. Estados Unidos es el principal socio comercial de Colombia, una fuente crítica de inversión y un actor central en temas de seguridad, migración y crimen transnacional. Solo en el 2025, el 30 % de las exportaciones de Colombia fueron a Estados Unidos y, en el tercer trimestre del año, Washington representó el 37 % de la inversión extranjera directa. Además, ambos países tienen incentivos para actualizar su cooperación en la lucha contra el narcotráfico —una suerte de ‘Plan Colombia 2.0’— y para coordinar posiciones frente a desafíos regionales como el crimen transnacional y el restablecimiento de la democracia en Venezuela. A esto se suma la oportunidad geoeconómica: Colombia puede posicionarse en dinámicas de nearshoring y friend-shoring que interesan a Washington en su competencia con China. Es decir, la relación bilateral no es retórica: es infraestructura económica, seguridad compartida y arquitectura de poder hemisférico.
La diplomacia no elimina las diferencias ideológicas; las canaliza. Permite que desacuerdos se tramiten sin destruir la cooperación donde los intereses convergen. Eso fue lo que demostró este episodio: más allá de los choques discursivos, prevaleció la lógica estratégica. La lección es clara para Colombia: una diplomacia profesional, técnica y constante no es un lujo protocolario, sino un instrumento de poder nacional. Cuando funciona, protege mercados, estabiliza entornos y amplía el margen de maniobra geopolítico del país.
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