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Hacia el Bicentenario de Beethoven: una nueva escucha

El hombre que más hizo por expandir nuestra capacidad de escucha fue un músico que habitó el silencio.

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Rodrigo Obonaga Pineda.
Rodrigo Obonaga Pineda. | Foto: El País.

4 de feb de 2026, 02:28 a. m.

Actualizado el 4 de feb de 2026, 02:28 a. m.

Cuando se aproxima una gran conmemoración, no basta con recordar fechas: es necesario volver a escuchar. En este 2026, situados ya en las vísperas del bicentenario de la muerte de Ludwig van Beethoven (1827–2027), su obra se presenta no como un vestigio del pasado, sino como un corpus vivo que continúa interrogando a la cultura contemporánea. Resulta una de las paradojas más profundas de la historia, que el hombre que más hizo por expandir nuestra capacidad de escucha fuera un músico que habitó el silencio. Beethoven no solo transformó las reglas del sonido; nos abrió los oídos del espíritu para comprender la condición humana de una forma que nadie había logrado antes.

Su viaje comenzó dominando el lenguaje de sus maestros, pero pronto sintió la necesidad de ensanchar las formas heredadas para dar cabida a una densidad expresiva inédita. Con la Sinfonía No. 3, ‘Eroica’, Beethoven generó una verdadera disrupción de la modernidad, rompiendo definitivamente con el equilibrio del pasado. Un gesto técnico revolucionario simboliza este cambio: la inclusión de un tercer corno, que expandió la paleta sonora y permitió una riqueza armónica y heroica desconocida hasta entonces. Aquí, la tensión interna deja de ser un recurso para transformarse en el fundamento mismo de la creación, demostrando que el conflicto es el motor del crecimiento humano. Beethoven no describe solo su propio destino; ofrece una lectura profunda de lo que somos y de por qué somos como somos.

El ciclo sinfónico de Beethoven es un viaje completo por la experiencia humana. La Cuarta Sinfonía, con su misterioso comienzo que da paso a una fiesta de la alegría, muestra una modernidad sorprendente. La Quinta Sinfonía es la perfección absoluta de contestación sonora, el paradigma de la lucha y la victoria. En contraste, la Sexta, ‘Pastoral’, ofrece una contemplación de la naturaleza y un reposo para el alma. La Séptima Sinfonía, descrita por Héctor Berlioz como la ‘apoteosis de la danza’, es un torbellino rítmico de energía imparable. La Octava brilla por su chispeante alegría y la precisión rítmica del metrónomo, culminando en la Novena Sinfonía, el manifiesto definitivo de universalidad donde Beethoven entrega un beso al mundo, una invitación vibrante a la alegría, la fraternidad y la unidad.

Esta maestría orquestal se entrelaza con sus cinco conciertos para piano. El Tercer Concierto en Do menor es el perfecto heredero del clasicismo, pero es en su Largo donde Beethoven rompe el tiempo exigiendo una lentitud metronómica extrema que suspende el pulso vital. El Cuarto Concierto es el más lírico y perfecto, poseedor de una belleza prístina, mientras que el Quinto Concierto, ‘Emperador’, se alza con una imponencia monumental.

Esta evolución hacia la vanguardia alcanza su mayor esplendor en sus 32 sonatas para piano, monumentos del arte sonoro. En este catálogo, la Sonata ‘Hammerklavier’ se erige como un hito inalcanzable; considerada una ‘sonata monstruo’, es catalogada como la cima de cimas del repertorio. Su Adagio, el poema de la miseria humana, explora el peso del dolor.

Esta audacia llega a su límite en las 32 Variaciones Diabelli (Op. 120), donde descompone la materia musical átomo por átomo: la Variación I (Alla Marcia) transforma el vals ligero en una marcha imponente de ‘Estado musical’; la Variación IX construye un universo rítmico desde una partícula mínima; la Variación XIII nos obliga a escuchar el vacío mediante silencios magistrales; y la Variación XX, corazón místico de la obra, es una entrada al abismo de armonías futuras. Tras la ironía de la Variación XXII —donde cita a Mozart— y la pureza espiritual de su Fughetta (Var. XXIV), el ciclo estalla en la monumental Variación XXXII, una fuga de energía intelectual que finalmente se rinde ante la paz de un minueto final (Var. XXXIII).

Su genio se expande a la música de cámara con las sonatas para violín y piano, destacando la luminosidad de ‘La Primavera’ y la intensidad de la Sonata ‘Kreutzer’. Asimismo, sus sonatas para violonchelo representan un testamento y homenaje al instrumento, cuya madurez brilla en el Triple Concierto Op. 56, una perfección de tres instrumentos que conversan en un gran elemento orquestal. En la escena dramática, su ópera Fidelio retrata la libertad a través de la heroína Leonor, ideal que también impregna la música incidental para Egmont.

Sin embargo, es en sus cuartetos donde Beethoven alcanza todas las perfecciones del arte cuartetista. En los del Opus 18 revela una melancolía elegante; en los del Opus 59 y Opus 74 la forma madura. Pero en sus últimos cuartetos reside su grandeza radical: la Gran Fuga (Op. 133) es, según Igor Stravinski, un adelanto absoluto al Siglo XX, una pieza “eternamente contemporánea”. Esta búsqueda de lo absoluto se eleva en la Missa Solemnis, con su místico Benedictus y un Agnus Dei donde las invocaciones a la paz son interrumpidas por timbales, recordándonos la urgencia de la reflexión ante la guerra.

Beethoven encarna la paradoja del genio silente que expandió los horizontes de la percepción humana, revelando la belleza más profunda de su alma como un despertar a nuestra propia capacidad de trascendencia. Su legado es el triunfo de la resiliencia absoluta: un hombre que, lejos de amilanarse ante la adversidad, decidió —según sus propias palabras en la carta a su amigo Wegeler de 1801—: “¡Me apoderaré del destino agarrándolo por el cuello! No me dominará!” demostrando que la voluntad creativa es capaz de doblegar cualquier fatalidad.

Hoy entendemos que Beethoven poseía un espíritu soberano; una fuerza que no se dejó disminuir por la tragedia de su pérdida auditiva, precisamente cuando un músico alcanza la plenitud de su madurez creativa. En lugar de sucumbir al silencio, Beethoven demostró una inconmensurable capacidad de resiliencia, transmutando su limitación en una nueva dimensión de la conciencia musical. Doscientos años después, Beethoven sigue vivo; escúchalo.

Docente pedagogo y especialista en Filosofía y Letras, con experiencia en relaciones humanas, ética empresarial y gestión cultural. Divulgador de la música culta, integra rigor académico y sensibilidad artística. Su labor impulsa la formación cultural del país.

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