“Van a acabar con la educación”, me dijo angustiado al teléfono. Pronto me reuní con él. El Gobierno había presentado un proyecto de reforma constitucional que, si bien incluía aspectos necesarios, sometía a la educación básica y media ofrecida por el Estado a una desfinanciación crónica al desligar por siempre la participación de las regiones en los Ingresos Corrientes de la Nación (ICN), en contra del espíritu de la Constitución del 91.
Posesionado como Ministro, le dirigí una carta al Ministro de Hacienda y al Director de Planeación indicándole mi total desacuerdo con la iniciativa. La crisis fiscal de la Nación era alarmante, pero la solución era inaceptable. Acordamos una medida transitoria de siete años (lo que decían que tomaría las finanzas en estabilizarse) con incrementos por encima de la inflación, para retornar al modelo de participación en los ICN en el 2009.
Tenía razón Francisco Piedrahita. Los siguientes gobiernos no honraron lo acordado, ni tampoco los congresistas, prorrogando indefinidamente la medida, condenando a las regiones -incluido el sistema educativo oficial básico- a una desfinanciación estructural. Recuerdo este hecho por ser uno de tantos ejemplos de las luchas intestinales que dio. Cruzadas que dan cuenta de su dimensión como ser humano y de su amor a Colombia.
Seguramente no se hubiese necesitado del trágico accidente en el que murió uno de sus hijos, Gabriel, para que Pacho -como la mayoría le decían con cariño- decidiera darle a su vida un propósito distinto, para él superior. Era un ejecutivo exitoso, a pocos años, creería, de llegar a presidir el grupo empresarial más importante entonces en la región. Renunció y coincidió su decisión de vida con la búsqueda de nuevo rector para la Icesi.
Es conocida y aplaudida la transformación que lideró en 25 años de rectoría. Si bien era una institución enfocada en algunas disciplinas profesionales, Piedrahita la convirtió en una de las mejores universidades del país. Su preocupación -diría que obsesiva- por la calidad educativa y la equidad social e inclusión en el acceso a la educación superior no fue en vano, pues la Icesi es líder y ejemplo de estas a nivel nacional y latinoamericano.
Esa obsesión no respondía a un arranque temperamental. Era un convencido del rol de una educación incluyente y de excelencia -no cualquier educación- como medio de movilidad y de dignificación humana. Y la manera de lograrlo era con un liderazgo impaciente y obstinado. La procrastinación no era de su talante, ni las medias tintas. Lo que decía lo hacía, cumplía su palabra. Como lo dijo la exministra Paula Moreno, soñaba ejecutando.
Cuando pienso en mi tocayo -así nos saludábamos- siento rabia y tristeza, otra muerte inesperada. No estaba en sus planes ni en los de nadie su pronta partida. Pronta, pues, pese a superar los 80 años, decía necesitar 40 más para fotografiar todas las aves del planeta y todos confiábamos que así sería. Pienso en las lecciones que nos deja y, en especial, en darle un propósito superior a la vida y en perseverar sin tregua ni desmayo.
Tuve la fortuna de conocerlo y disfrutarlo también como miembro de familia. Un ser espectacular, cálido, inquieto, apasionado y riguroso, en todo. Como una gotera. Pienso en Claudia, su compañera de sueños y aventuras existenciales, en su hogar, sus hijos y su familia, que abrazo desde lo más recóndito del alma. Pienso de nuevo en Francisco y creo sinceramente que se nos fue uno de los imprescindibles, como lo diría Bertolt Brecht, pues fue de los que luchan toda la vida. Vuela alto, Pacho, en compañía de los miles de pájaros que abrazaron tu vida.