En política, pocas cosas son tan destructivas como la duda, y en la jerga colombiana existe una palabra para la suspicacia, la desconfianza y la malicia electoral: chocorazo. Este término no figura en los diccionarios de ciencia política, pero forma parte del vocabulario colombiano popularizado a mediados del Siglo XX. El chocorazo no requiere fraude comprobado; basta con convencer a una parte del electorado para corroer la democracia.
Por eso no sorprende que el presidente, el candidato permanente, hoy derrotado, desconozca un resultado inesperado. Abelardo de la Espriella terminó la primera vuelta con más del 43 % de los votos frente al 41 % de Iván Cepeda, candidato del oficialismo. Petro, al desconocer los resultados y desacreditar sin pruebas las instituciones encargadas de garantizar la democracia, no debilita a sus adversarios, sino que erosiona aún más la confianza en su presidencia.
No le gustan al presidente las cifras electorales claras y contundentes del Valle del Cauca. Cepeda obtuvo el 53,17 % de los votos, un porcentaje prácticamente idéntico al 53,43 % que Petro alcanzó en la primera vuelta de 2022. Más revelador aún es el desempeño de la oposición en el bastión electoral del petrismo. De la Espriella alcanzó el 33,75 % de la votación departamental, consolidando un bloque mucho más competitivo que el de las elecciones del 2022.
En Cali, frente a la votación obtenida en 2022 y pese a ocupar la Presidencia y contar con toda la maquinaria política del gobierno, el petrismo apenas creció un 0,92 %. Quizá la explicación más certera esté en el cansancio que muchos ciudadanos sienten ante las promesas incumplidas. La ciudadanía parece rechazar la forma de activismo radical que confundió movilización con desorden y que convirtió las paredes y las calles en escenarios permanentes de confrontación pintarrajeada y desaseo panfletario.
No le ayuda al petrismo que, después de años de alimentar la polarización, líderes como el representante Mondragón y el senador Arias aparezcan hablando de atraer al centro. El electorado tiene memoria, por eso resulta difícil tomar en serio la conversión a moderados de quienes construyeron su capital político y económico desde la confrontación y el asedio a los opositores.
El discurso de ciertos empresarios petristas también sacude la credibilidad de la campaña cepedista. Hoy, como si descubrieran que el agua moja, culpan al modelo económico de la pobreza nacional. Su acerada indignación omite que el Índice de Pobreza Multidimensional se redujo a la tercera parte en quince años, del 29,7 % en 2010 al 9,9 % en 2025, y que sus fortunas crecieron en los últimos cuatro años bajo la protección del capitalismo estatal y sus decretos arancelarios a la medida. No es indignación lo que expresan, sino el cinismo del populismo que los amamanta por votos.
La verdadera derrota de Petro no está en los porcentajes. Está en algo más difícil de revertir: la posibilidad de que una parte de la sociedad colombiana, como parece haberlo hecho Cali, haya tomado conciencia. Conciencia de que la destrucción del espacio público, la parálisis económica y la polarización no son el precio del cambio, sino el resultado de una forma de hacer política. Al petrismo se le olvidó que las sociedades votan con sus recuerdos. Y las urnas ante la amenaza de paro, al final, también tienen memoria. Ese es el castigo que el petrismo nunca anticipó. Y por eso el presidente quiere darle un chocorazo a la democracia colombiana.