Por: César A. Balbín Tamayo, obispo de Cartago.

Al hablar de llamadas, de vocación, no debemos fijarnos solo en los que son llamados y en la responsabilidad personal para asumir las tareas que Dios ha soñado para cada uno de nosotros. Deberíamos fijarnos en nosotros mismos como quienes tenemos la responsabilidad de llamar, haciendo eco de las llamadas del Señor.

Justo este domingo, el domingo de la Palabra, que nos llama a ser anunciadores, para que esa Palabra arraigue “la palabra de Cristo habite en vosotros” (Col 3,16). Volviendo sobre el mensaje de la Palabra de Dios, debemos recordar que tenemos la misión de orar al ‘dueño de la mies’, haciéndonos también ‘llamadores’ o ‘invitadores’, todos, y no solo a quienes ya estamos tratando de dar una respuesta al llamado.

La cuestión demográfica, la cultura, las ideologías y hasta las redes sociales, podemos considerar puntos en contra, obstáculos a vencer.

Y aunque no hay que hacer muchos esfuerzos o encuestas de que los jóvenes escasean en nuestras comunidades, hay que decirlo en voz alta, y sobre todo que pensemos en algo y reaccionemos, ya que ellos son el futuro. Aunque no hay que pensar solo en los jóvenes, claro, sino en todos los que no están, de toda edad y condición.

El Evangelio no ha quedado obsoleto, y el mensaje de Jesús es siempre actual. Ante las crisis, antes que buscar culpables, pues eso no resuelve nada, es necesario cuestionarnos y pensar qué hacemos nosotros, antes que lamentarnos.

Hoy no es fácil. No era más fácil en tiempos de Jesús. Cada época tiene sus propias dificultades. ¿A qué convocamos? ¿Cómo lo hacemos? ¿Quiénes convocan? ¿Qué ofrecemos? ¿Qué encuentran entre nosotros los jóvenes? ¿Qué hemos visto y qué anunciamos y cómo?

Jesús, al comienzo de su tarea, al convocar a sus primeros seguidores, ha hecho una llamada tajante: conviértanse. Se dirige a todo el pueblo judío, ese pueblo que tantas veces ha caminado «en tinieblas y en sombras de muerte». Se trata de una transformación a fondo de los creyentes... que permita que su mensaje evangélico sea buena noticia y cale y sea acogido y transforme la realidad.

La llamada vale también para nosotros, a nuestro modo de ser Iglesia, parroquia, comunidades creyentes. Escribió el Papa Francisco: necesitamos una Iglesia en movimiento, capaz de agrandar sus horizontes, midiéndolos no mediante la estrechez del cálculo humano, o con miedo a cometer errores, sino con la gran medida del corazón misericordioso de Dios. No puede haber una siembra fructuosa de vocaciones si permanecemos cerrados en el cómodo criterio pastoral del ‘siempre se ha hecho así’, sin ser audaces y creativos en esta tarea de repensar objetivos, estructuras, estilo y métodos evangelizadores de las propias comunidades (Ex. ap. Evangelii gaudium, 33).