Algo semejante sucedió en España cuando al fin se logró salir de la larga dictadura y el fascismo en que la sumió el general Francisco Franco. Cuando es tan grande el daño causado a un país y graves las amenazas a la vida y a las libertades, llega un momento en que los procesos políticos y la presión popular se tornan imparable y justificada para detener ese mal. Es lo que pasó allá, y ahora acontece en Colombia.

En las elecciones del pasado 31 de mayo, un importante caudal de votos mostró un fuertísimo rechazo a la continuidad del irracional y peligroso modelo de Gobierno instalado por Gustavo Petro, considerando sus nefastas consecuencias. La ciudadanía opositora envió un mensaje contundente en el sentido de que Iván Cepeda, su heredero, no pasará por su caduca ideología y su manifiesta decisión de proseguir la gestión de su camarada presidente que le marca sus pasos y le allana el camino.

A tal punto fue significativa la jornada, que podría considerarse un plebiscito sobre el tipo de sociedad y de sistema político que queremos. Esta elección no se entiende solo en términos de derechas e izquierdas, sino de necesidades vitales de la gente y su profundo temor al comunismo, a la pérdida de la democracia y a la violencia que asola al país de mano de grupos ilegales armados que campean, al amparo y gabelas de la llamada Paz Total.

A las fuerzas ilegales les fue fácil constreñir a los pobladores, ampliando su radio de acción, porque Petro y Cepeda las auparon, encumbrando a bandidos que les merecieron pactos, ceses de fuego, adelgazamiento del ejército, beneficios, y entre otros, el ‘tarimazo’ en Medellín el año pasado, un 21 de junio. No es coincidencia las mayores votaciones del candidato en regiones donde opera la criminalidad y economías del narcotráfico.

Es natural el temor, y legítima la defensa, de una ciudadanía agotada de presenciar un gobierno disparando odio, mentiras, ataques a la institucionalidad, al periodismo, a la ley, a la economía y a la seguridad. Ponen en duda incluso el sistema electoral, porque cuando algo no sirve a sus intereses, patean el tablero y preparan el terreno para la anarquía, instigando a sus huestes y primeras líneas para amenazar. Las mismas que ya se activaron en Cali, con la imagen de Cepeda y banderas del M19.

Con alevosía, el Presidente asumió la jefatura de la campaña de su sucesor, sin disimulo, violando la ley, deporte suyo, sin que pase nada, pero pasará por cuenta de la elección popular, a falta de otro mecanismo legal que opere. Cepeda se beneficia de los ingredientes incorporados por aquel para propiciar votación a su favor, a costa del presupuesto nacional. De ahí que temporice con las actuaciones de su jefe y calle, deje pasar y evada debatir temas, si acaso expone generalidades sin fórmulas de solución. Su ideología de corte estatista y totalitaria no armoniza con los pilares de nuestro sistema democrático de separación de poderes, y aunque aduzca que no es prioridad, le serviría la constituyente que impulsa.

Es caso a juzgar el hecho de que un gobierno desafíe a las propias autoridades, a las instituciones y a la ciudadanía, exponiéndoles a confrontaciones y detonadores de violencia, sin medir riesgos. Es un abuso de poder que raya en una dictadura, definida como “un estado en que todos temen a uno y uno a todos”, según frase atribuida al escritor Alberto Moravia.