Hace un tiempo una red social prohibió un corto en el que aparecía Nilbio Torres, el indígena amazónico que protagonizó ‘El abrazo de la serpiente’, por considerar ‘obscenas’ sus nalgas, de acuerdo a una norma que prohíbe en estos canales ‘demasiada exposición de piel’ o situaciones que puedan sugerir, de manera subliminal o explícita, ‘escenas de contenido sexual’.
No obstante, la impudicia campea en las redes, con la reproducción diaria de sexo explícito, decapitaciones, sangre, sudor y lágrimas, y parece no existir ningún control en esa marabunta a la que está expuesta la inocencia de los niños.
Censurar el cuerpo desnudo de un indígena es pensar que frutas como el banano y la papaya son ‘obscenas’. Pienso en la visita del presidente iraní, Hasan Rohani, a Roma, cuando, en un acto de obsecuencia, el Gobierno italiano decidió cubrir las estatuas desnudas ‘para no ofender al invitado’. Así, Praxíteles se vio de pronto metido en un cubo de madera, y en el salón Esedra del Gobierno italiano debieron esconder rápidamente al caballo de Marco Aurelio, cuyos testículos pesan, cada uno, 150 kilogramos.
Italia negó así siglos de cultura, todo el trasfondo histórico que tiene aceptar la desnudez como un triunfo de la civilización, sin que ella ofenda el pensamiento o transmute la naturalidad en el falso pudor de los bárbaros.
Me preguntaba si en ese momento el primer ministro italiano, Matteo Renzi, en visita oficial a Irán podría aceptar ver a su mujer enchumbada en un traje negro que solo deja ver sus ojos. La homogenización de la cultura, el patrón único, permite pensar muchas veces que nuestras ideas deben ser aceptadas en todo el universo; la gracia real está en entender, de manera tolerante y compasiva, cuán diversos somos.
Juzgar libidinosas a las indígenas Waunanas del Bajo San Juan porque van por el mundo con sus senos al aire haría parte también de esa nueva cartilla moralista que resurge ahora entre el caos de la carne y sus martirios.
El dinero compra conciencias e insufla soberbia a los timoratos. Italia era una de las naciones de la familia europea con mayor deterioro económico, al igual que Grecia y España, e inversores iraníes trajeron para sus maltrechas finanzas la bobadita de 17.000 millones de euros, una suma que alivió en parte la crisis pero que al final no resolvió los graves problemas que se padecen ahí. Por el contrario, en la memoria del mundo quedará el tántalo de las estatuas avergonzadas delante de Rohani, representante de un país donde todavía apedrean a las mujeres acusadas de adulterio, ahorcan a los homosexuales en circos públicos y persiguen a los poetas que no acatan el Islam.
No es la primera vez que Italia se arrodilla ante un déspota; otro día lo hizo delante de Muhamar Kadhafy, quien puso oro para salvar a la Fiat de la quiebra. También Roma dispuso fastos para este lobazo que no aceptaba hoteles sino tiendas beduinas.
Mario Vargas Llosa recogió el artículo de Michel Serra en La República, donde se preguntaba si “valía la pena, por no ofender al Presidente de Irán, ofendernos a nosotros mismos”. Y concluyó el Nobel: “Si la percepción de las bellas nalgas y pechos de las Venus o de los muslos, falos y testículos de los Adonis y equinos pueden herir la susceptibilidad de un ilustre invitado, que el protocolo diseñe una trayectoria que no haga discurrir a este entre estatuas y caballos, y que nadie cometa la imprudencia de servirle una copa de champagne”.
Me hubiera gustado muchísimo que la película de nuestro compatriota Ciro Guerra hubiera ganado el Oscar, para que nuestros ancestros amazónicos pudieran mostrarle el rabo a los mojigatos, para entender que parte de la verdadera cultura nace en la selva, en los ríos indomables, en las raíces venenosas de árboles milenarios.