Un episodio inédito sucedió hace pocos días en la Casa Blanca cuando se reunieron en persona los embajadores de Israel y Líbano a tratar diversos temas de interés común, desde la seguridad fronteriza, el desarme de Hezbollah, hasta el posible establecimiento de relaciones normales entre estos dos Estados vecinos que técnicamente permanecen en estado de guerra desde 1948.

Un primer acuerdo extiende el actual y frágil cese al fuego hasta mediados de mayo. Lo paradójico es que los ceses al fuego firmados por el gobierno libanés, que no está en guerra con Israel, no comprometen a la milicia chiita Hezbollah, que es la que está en guerra con Israel por órdenes de Teherán.

Valga la aclaración de que Líbano tiene hoy gobierno, tras más de dos años de vacío por la parálisis institucional a la que la organización Hezbollah había sometido al Estado libanés, escenario que comenzó a revertirse tras el duro golpe militar que Israel le asestó en 2024, incluida la muerte de su líder histórico Hassan Nasrallah, lo que destrabó al parlamento libanés para elegir presidente y primer ministro del país.

Líbano e Israel comparten diversas características que sientan las bases para una relación mutuamente beneficiosa. Son los dos únicos países de mayoría no musulmana en el Medio Oriente, ambos con fuertes lazos históricos con Occidente y joyas turísticas. Son vecinos que gozan de una extensa costa en el Mediterráneo, y en cuyas zonas económicas exclusivas existen grandes yacimientos de gas. El exilio libanés y la diáspora judía les otorgan a ambos Estados presencia importante e influencia en países de Europa, Norteamérica y Latinoamérica.

Los dos países lograron en 2022, gracias a la mediación americana, un entendimiento para la explotación del yacimiento Qana de gas, a pesar de la oposición de Hezbollah, que sostiene que Israel debe ser destruida.

Hezbollah constituye un verdadero Estado dentro del Estado, mantiene un poder militar mucho mayor que el limitado ejército nacional del Líbano a pesar de dos resoluciones del Consejo de Seguridad, 1559 y 1701, que ordenan su desarme. Hezbollah milicia chiita entrenada, armada y financiada por Irán, se ha convertido en la principal calamidad responsable principal, no único, de los estragos que le han acaecido al Estado libanés y aunque se presenta como representante de la población shiita en el Líbano, un tercio del total responde a los dictados de Teherán con absoluto desdén por la población libanesa. Ya en 2006 Hezbollah cumpliendo órdenes de la República Islámica, inició una cruenta guerra contra Israel, país con el que Líbano no mantiene diferendo fronterizo alguno ni de ningún otro tipo.

En estos tiempos recios que se ciernen sobre el Medio Oriente y cumpliendo, como es habitual, con los designios del fenecido régimen iraní de destruir al Estado judío, Hezbollah inició, sin provocación alguna, desde el 7 de octubre de 2023, dos guerras contra Israel, arrastrando al Líbano a una confrontación que no es la suya. La primera, tras la masacre de Hamás en Israel que terminó debilitando seriamente a la organización, y la segunda, coincidente con los enfrentamientos actuales entre Irán e Israel y Estados Unidos.

La mera existencia de negociaciones directas entre Líbano e Israel es demostración de que Hezbollah está disminuido y de que la población libanesa no quiere más una situación de conflicto con Israel en la que sólo ha perdido. La posibilidad de que se logre un gran acuerdo de paz es incierta, pero existe y hay que explotarla, pues, de darse, sería complementario al cambio épico que se ha iniciadoen la región con la caída del régimen de Bashar al Assad en Siria a finales de 2024, facilitada entre otras, por Israel.